sábado, 4 de febrero de 2017

El siglo de Europa (y II)

De ahí que las demás razas fuesen inferiores, porque representaban el estadio más primitivo de la evolución biológica o de la evolución sociocultural, o ambas cosas a la vez. Y su inferioridad quedaba demostrada porque, de hecho, la «raza superior» era superior según los criterios de su propia sociedad: tecnológicamente más avanzada, militarmente más poderosa, más rica y «próspera». Este argumento era, a un mismo tiempo, lisonjero y conveniente; tan conveniente que la clase media se sintió inclinada a arrebatárselo a la aristocracia (que durante largo tiempo se había creído una raza superior) para aplicarlo a fines tanto internos como externos: los pobres eran pobres porque biológicamente eran inferiores, y a la inversa, si los ciudadanos pertenecían a las razas inferiores no era sorprendente que permaneciesen sumidos en la pobreza y el atraso. El argumento no estaba revestido aún con los ropajes de la genética moderna, que no se había descubierto todavía: los ahora famosos experimentos del monje Gregor Mendel (1822-1884) sobre los guisantes dulces del jardín de su monasterio en Moravia (1865), pasaron totalmente desapercibidos hasta que fueron descubiertos hacia 1900. Aunque de modo primario se aceptó ampliamente el punto de vista según el cual las clases altas pertenecían a un tipo de humanidad superior, que desarrollaba dicha superioridad mediante la endogamia y que estaba amenazada por la mezcla de las clases bajas, y aún más por el crecimiento más rápido de los estratos inferiores. Por el contrario, tal como la escuela de "antropología criminal" (principalmente italiana) daba a entender como prueba, el criminal, el antisocial, el socialmente menesteroso, pertenecía a un linaje humano diferente e inferior respecto a la raza «respetable» y podía reconocerse por signos tales como la medida del cráneo u otras formas igualmente sencillas.

Eric Hobsbawn, La Era del Capital 1848-1875

 Les confieso que la lectura del libro de Bayly sobre el siglo XIX, que ya comenté hace unas semanas, me ha dejado bastante preocupado. No tanto por lo que pudiera postular como rasgos de ese siglo, sino por sus connotaciones presentes, como reflejo de un nuevo modo de pensar general muy distinto del de hace unas décadas. Precisamente aquél en el que yo crecí y fui educado, y del que la trilogía de Hobsbawn es una expresión modélica.

La visión del siglo XIX de Bayly es claramente una emanación del neoconservadurismo crecido durante los 80 con Reagan y Thatcher,  que quedo consolidado definitivamente por la desaparición  de la URSS a los principios de los 90. Para esta ideología, el mercado y el capitalismo lo son todo, lo único aprovechable de la modernidad, mientras que el resto de ideales de la ilustración, especialmente los unidos a las múltiples revoluciones de los siglos XIX y XX, son en el mejor de los casos muletas fastidiosas para la consecución de sus fines políticos y económicos. Lemas y consignas que sólo se utilizan para defenderse de los enemigos políticos, mientras que se abandonan de inmediato en cuanto pudieran perjudicar a las auténticas creencias de fondo. Así, no es extraño que éste neoconservadurismo abunde en contradicciones, como la defensa a ultranza del fanatismo religioso, aunque sólo el de casa, en nombre de la libertad; el racismo y la discriminación apenas solapada que se disfraza de libertad de opinión y expresión; o la renuncia a la razón y la ciencia en cuanto afecten a los beneficios empresariales o a la religión única.

Frente a este nuevo modo de entender la historia, Hobsbawn opuso la de un marxismo ortodoxo. O mejor dicho, la de un pensador para el cual la historia debe ser esencialmente un avance en la liberación del hombre. De las ataduras del pensamiento arcaico, demostradas falsas por el avance de la ciencia. De las imposiciones del sistema capitalista, para el cual el hombre no es otra cosa que mercancía, prescindible en cuanto ha cumplido su función. O, finalmente, de las restricciones y servidumbres de los sistemas políticos liberal burgueses, cuyas pretensiones de libertad y meritocracia ocultan un rígido elitismo, rayano con el racismo, en el que siempre deben gobernar los siempre, en tanto que mejores y más aptos, para el bien de todos.

Formulaciones que, supongo se habrán dado cuenta, están en los programas de esos partidos de las nuevas derechas que están conquistando el poder en Occidente, así como en de algunas de las viejas como la española, y que tienen su origen en ese siglo XIX. En concreto, en ese cuarto de siglo de exaltación del capital y el liberalismo, entre 1850 y 1875 que estudia Hobswan en ese libro. Un tiempo que constituye el ideal al que hay volver, según esas "alt-right" o protofascismo, una vez borrado el recuerdo del, para ellas, nefasto siglo XX y sus ideas disolventes y subversivas



Ese ideal es muy fácil de definir y puede resumirse en unos simples puntos. Primero, la absoluta libertad económica, sin que empresarios y comerciantes tengan que rendir cuentas a nada ni a nadie, sea la comunidad o el estado, aunque este último siempre esté al quite para salvar a los que caen. A los que caen de la élite, claro está, porque éste es el segundo punto, la sociedad, la buena, es una sociedad de amigos y conocidos. De gentes que tienen parecidos niveles económicos, han acudido a los mismos colegios y visitan los mismos clubs. Personas que han triunfado y se saben a la cabeza de la sociedad, de manera que, por ello mismo, consideran ser los únicos que pueden guiarla y gobernarla. Hasta el extremo de negar el derecho de voto a los que no son de su círculo o construir democracias decorado, donde todo está decidido, atado y bien atado, de forma que el voto popular es sólo mero trámite sin repercusión alguna.

Esa consciencia de clase, de aristocracia del dinero, implica también una profunda jerarquización de la sociedad. Por debajo de los triunfadores - hombres y blancos, obviamente - sólo puede haber subordinados. Mujeres, hijos y criados. Trabajadores, obreros, campesinos. Personas que deben ser instruidas del puesto que la vida y la sociedad les ha asignado, para cumplirlo a rajatabla, sin quejas ni protestas. Ni mucho menos con pretensiones de llegar a ser más de lo que son o de pretender que su opinión sea escuchada, ni que se legisle a favor suyo. Porque en caso de rebelión, la represión, el uso de la fuerza, sea desproporcionado o no, estará plenamente legitimida, contra esos antisistema que pretenden turbar el orden natural de las cosas

Sociedad ideal que, como sabrán, es el sueño húmedo de tanto neocon y falso liberal que puebla nuestra política y nuestras televisiones. E incluso de algunos que presumen de haber sido progresistas y héroes sociales antaño. Ideas renacidas y fortalecidas que a su vez han llevado a que, en el análisis histórico del XIX, los historiadores contaminados por esas ansias de orden y respetabilidad hayan empezado a menospreciar las múltiples corrientes subversivas y contestatarias que se cocieron en el cuarto de siglo entre 1850 y 1875. Aquéllas que sólo cobrarían fuerza en el periodo final del siglo, pero que sin este periodo de preparación habrían muerto antes de nacer. Olvido interesado y culpable que no sólo afecta al Marxismo, el anarquismo y a las múltiples internacionales, como sería de esperar, sino que se extiende a la larga tradicción reformista y progresista europea, al laicismo y anticlericalismo característico del siglo, o a las mismas revoluciones en el conocimiento propiciadas por la investigación científica, como el Darwinismo.

En su lugar, se construye el espejismo de un siglo XIX que parecería un remanso de paz - esa placidez de nuestros falsos liberales - y que constituiría por el contrario un triunfo completo de la religión, además de, por supuesto, del liberalismo económico.

Gracias que tenemos a Hobsbaw para recordarnos que no fue así.