lunes, 20 de febrero de 2017

Cine Polaco (VII): Aktorzy Prowincjonalni (Actores de provincias, 1978) Agnieszka Holland











A medida que avanzo en mi revisión del cine polaco, se hace cada vez más claro que las películas rodadas a finales de los setenta, principios de los ochenta, comparten un mismo Zeitgeist. Para sus directores, al menos para aquéllos que no tenían miedo a hablar con claridad y que aprovecharon la tolerancia del régimen, la sociedad polaca había llegado a un callejón sin salida que irremediablemente debía conducir a la caída del sistema. Tal y como estaba constituido, sólo funcionaba mediante el favoritismo y la adulación, plegándose a las consignas del partido y siguiéndolas a rajatabla sin cuestionarlas ni contradecirlas. Así, sólo los incompetentes y los trepas sin escrúpulos podían medrar y prosperar, mientras que las personas con principios, o simplemente con inteligencia, verían sus carreras destrozadas, sus ilusiones hechas añicos, puesto que su integridad, su simple sinceridad, les llevarían a entrar en conflicto con el status quo. Sin remedio y sin posibilidad de acuerdo o componendas.

En  Aktorzy Prowincjonalni (Actores de provincias, 1978) de Agnieszka Holland, este conflicto se lleva al ámbito teatral. No a una compañía de primera, sino, como indica el título, a una de provincias, lo que no evita que la presión censora del estado y del partido repercuta en ella con toda su fuerza. Esta coacción autoinfligida, esa censura autoimpuesta, se encarna en la figura del director teatral, que toma una obra capital del teatro polaco, Wyzwolenie (Liberation) de Stanisław Wyspiański, y va recortando todo lo que pueda sonar a disidente, limando todas las aristas que puedan herir la sensibilidad de los poderes fácticos. El resultado de esa poda es una representación que desemboca en el absurdo, puesto que la voz del poeta ha sido silenciada a base de eliminar sus palabras. Una mutilación que le lleva a enfrentarse con los actores, en especial el protagonista de la película, quien con esa oposición inicia lo que va ser su caída en desgracia dentro de su profesión.

He dicho el protagonista de la película, pero en realidad la protagonista del film es su mujer. En las películas que había visto ahora, las mujeres quedaban siempre en segundo plano, mientras que la narración giraba alrededor de los personajes masculinos. En el caso del filme de Holland, sin embargo, el punto de vista de gran parte de la acción es claramente femenino, de manera que vemos lo que está ocurriendo a través de los ojos del protagonista femenino, quien se adueña de la película a partir de su segundo cuarto. De hecho, el conflicto entre actor y director que se suponía hilo conductor de la historia es simplemente otro más de los problemas con los que debe enfrentarse su esposa, quien tiene que lidiar además con el fracaso de su propia carrera profesional y la vergüenza que esto le causa, junto con la ruptura irreparable de su matrimonio, cada vez más similar a cárcel y condena, lastre que le impide moverse con libertad y amenaza con ahogarla por completo.

Una situación personal, de olvido y menosprecio, que es reflejo de un problema social que afecta a todos las mujeres. A pesar de todas las pretensiones de igualdad y de libertad de las que el régimen comunista se ufanaba, lo cierto es que las mujeres siguen siendo ciudadanos de segunda clase. Inferiores cuyo éxito sólo puede obrarse a través de los hombres, bien por que se acuesten con ellos, bien porque estén casados con sus protectores. Un sistema, además, que obliga a que una mujer que quiera vivir y prosperar siendo independiente, no tenga otro remedio que ser artera y sibilina. A engañar y conspirar, buscando las vueltas al sistema para utilizarlo a favor suyo. 

Sin que quede, una vez elegido ese camino, la posibilidad de rendirse, o de mostrarse débil, puesto que nadie acudirá a recogerte y sostenerte, sino que se cebarán en tu caída y tu vulnerabilidad.