sábado, 11 de febrero de 2017

Cine Polaco (IV): Barwy Ochronne (Camuflaje, 1976) Krzysztof Zanussi



































En apariencia, Barwy Ochronne (Camuflaje, 1966) es mucho más accesible que la anterior obra de Zanussi, Constans, que ya les había comentado. Como si fuera una obra teatral del siglo XVIII, Barwy Ochronne respeta la regla de las tres unidades, siguiendo a un pequeño grupo de personajes durante un par de días mientras asisten un congreso de linguística.  Sin embargo, esto no quiere decir que Zanussi renuncie a su estilo personal. De nuevo, y a semejanza de una obra teatral de Ibsen o Chejov, el espectador se ve introducido en la trama a medias res, sin que nadie le cuente qué y por qué está ocurriendo lo que presencia. Tiene que permanecer bien atento, para que de los diálogos y las reacciones se vaya construyendo la trama de relaciones, amistades y enemistades, conflictos y alianzas, que une a los personajes en escena.

Por otra parte, ya al contrario que Constans o Iluminacja (Iluminación, 1973) no asistimos a la lenta e inevitable derrota existencial del protagonista frente a una realidad que no puede controlar. Los hechos que se nos narran son banales, cuando no mezquinos, consistentes en los combates de poder entre diferentes facultades polacas, y su prolongación dentro de una de ellas. Unas maquinaciones y conspiraciones que no tienen relevancia fuera de ese ambiente, de esas personas, pero cuyo resultado, para los que se ven atrapados en su tela de araña, puede suponer quedar relegado a un puesto sin futuro, castigado por haber ofendido al poder y la estructura que lo sustenta. No por atacar sus privilegios o cuestionar sus fundamentos, sino por meras faltas en el protocolo, suficientes para hacer perder el favor de los poderosos, como también ocurría en las cortes de los monarcas absolutos. Una caida cuyo origen y causa quedarán permanentemente ocultos a los que se vean sometidos a ese castigo, pero no para los demás

Los actores de estos complejos juegos de poder, semejantes a las piruetas de un equilibrista en la cuerda floja, son  un alumnado contaminado por la rebelión estudiantil de los sesenta, pero inconsecuente e inconstante en su rebelión, junto con un profesorado que no piensa ya en contribuir al desarrollo científico de su disciplina, sino sólo en mantener su pesebre. Ambos sometidos a unos órganos rectores que se limitan a figurar y presidir, sin que les tiemble la mano a la hora de segar cualquier cabeza que sobresalga o pueda hacerles sombra. Superpuesto y paralelo a estos conflictos,  la película se centra, sin embargo, en otro más concreto: los crueles acertijos mentales a los que un profesor de cierta edad somete a un colega mucho más joven y recién entrado en la universidad a los que pertenecen.

Se trata de una auténtica tortura, sin violencia física, en la que este profesor veterano no busca tanto conseguir la sumisión de su colega novato, sino quebrar sus convicciones e ideales, los mismos de los que él se desprendió hace ya muchos años. En vez de ellos, aprendió a sobrevivir en medio de la selva sin  ser devorado, a utilizar a los demás para librarse de las cargas que le tocaban, especialmente aquellas que puedan hacerle perder prestigio o acarrear su ruina. Se ha tornado así un falsario y un hipócrita, alguien capaz de sonreír de manera luminosa cuando está apuñalando a otro, y que halla especial placer en el sufrimiento de los demás, tanto más cuanto más inocentes y vulnerables sean.

De ahí que al descubrir que su colega joven aún cree en algo y que se comporta de acuerdo con los ideales que profesa, no pueda reprimirse y no deje de ponerle trampas para ver si cae en ellas. Para ver si se granjea la enemistad del rector que gobierna la facultad como un tirano, del cuerpo docente dispuesto a sacrificar a quien sea si con ello salva su propio pellejo, o de los mismos estudiantes, dispuestos a danzar sobre el cadáver de cualquier profesor, independientemente de lo cercano y abierto que se haya mostrado hacia ellos. 

Pero cualquiera de estos triunfos no dejaría de ser una fruslería, una minucia. El auténtico, el que le satisfaría por completo, sería que el joven idealista se convirtiera en una amargado y resentido como él ya lo es.

Y por ello, sólo por ello, será capaz de llegar a cualquier extremo.