sábado, 18 de febrero de 2017

Cine Polaco (VI): Człowiek z żelaza (El hombre de hierro, 1981) Andrzej Wajda






























Człowiek z żelaza (El hombre de hierro), dirigida por Andrzej Wajda en 1981 es una excepción fílmica. Se trata de una película producida dentro de un régimen comunista que ataca frontalmente y de manera explícita ese mismo régimen que la ha permitido. Lo acusa de explotar a los obreros, de crear sindicatos de pega para mantenerlos amordazados y oprimidos, de manipular la información de manera que cualquier protesta en las fábricas sea invisible al resto del país. Si esto no es posible, si la disidencia obrera acaba por tomar las calles e invadir las ciudades, se recurrirá a la fuerza bruta del ejército para aplastar esos movimientos de protesta, sin tener reparos en encarcelar, torturar y asesinar a quién sea. Tal y como los regímenes militares sudamericanos de derechas, Pinochet en Chile, Videla en Argentina, estaban haciendo en ese mismo momento.

Esta franqueza sólo pudo tener lugar debido a una casualidad histórica. A finales de los años 70, el movimiento obrero independiente polaco, Solidarnósc (Solidaridad), consiguió reunir el suficiente apoyo popular como para torcer la mano al régimen comunista de ese país. Como había ocurrido en otros casos, en la Hungría de 1956 o en la Checoeslovaquia de 1968, esta derrota parcial del sistema se intentó hacer pasar por un deshielo voluntario., de manera que se toleraron actos y expresiones que habrían sido imposibles años atrás. Sin embargo, de igual manera que en los casos precedentes, esa liberalización del régimen fue vista por las poblaciones oprimidas como una debilidad del sistema, acelerando y agravando su descomposición. El resultado fue una represión por la fuerza, mediante la intervención de las tropas del Pacto de Varsovia en Budapest y Praga, con el golpe militar del general Jaruzelsky a finales de 1981 en el caso polaco. Solidarnósc quedó así formalmente disuelta y el estado de sitio vigente en todo el país.

En aquel entonces, se pensó que Jaruzelsky había tomado esa medida para evitar precisamente una intervención militar. Los hechos, sin embargo, parecen haber sido al contrario. Dado el clima de guerra fría renovada tras la llegada de Reagan a la Casa Blanca y los problemas de la URSS en Afganistan, la cúpula del Kremlin decidió que no podía permitirse esa medida, debido al descrédito propagandístico que acarrearía. Se decidió entonces que era preferible una acción interna, que además debía ser ejecutada con el menor número de víctimas civiles posibles. Sin embargo, al contrario que la represión del movimiento de Tiannanmen en China unos años más tarde, la represión no consiguió estabilizar el régimen comunista polaco y a finales de 1983, con el levantamiento del estado de sitio, Solidarnósc volvió a reanudar sus actividades, aún más envalentonada, si cabe.  Puede decirse que esta crisis constituyó el primer paso de la caída del comunismo en Polonia y con él, el del resto de regímenes comunistas del este de Europa,  especialmente tras la llegada de Gorbachov.

Sin embargo, Człowiek z żelaza no es una película antizquierdista, ni siquiera antisocialista. De hecho, puede decirse que es una de las pocas loas fílmicas al movimiento sindical obrero que se hayan rodado. La mayor acusación que realiza la película contra el régimen comunista es precisamente la de oprimir y explotar a los obreros que dice proteger, contra lo que éstos se defienden utilizando medidas de larga raígambre sindical. La ocupación del lugar de trabajo, la autogestión del mismo, la adopción de medidas en asambleas democráticas, la manifestación pública y la resistencia pacifica, la extensión de estas protestas a otros segmentos de la sociedad, como los estudiantes. Incluso, la creación de un orden paralelo que se oponga y substituya al del estado, casi plasmando así en la acción la utopia anarquista.

Este conflicto entre un movimiento obrero auténtico y la dictadura de los regímenes comunistas que decían representar a los trabajadores, desgarró a la propia izquierda europea. Recuerdo haber discutido con un amigo mío, entonces ferviente comunista, el absurdo de un sistema marxista que prohibia la asociación obrera espontánea , a lo que el me replicaba que el sistema comunista esos movimientos de resistencia contra el capital habían quedado invalidados, puesto que ya no eran necesarios. El propio sistema ya era capaz de canalizar las inquietudes de los obreros sin que éstos recurriesen a la huelga o al boycot. Una postura, por cierto, que no era muy diferente de la de los regímenes corporativistas típicos del fascismo, como ocurría con el franquismo, en los que se suponía la existencia de sindicatos verticales que arbitraban entre trabajadores y empresarios, aunque normalmente siempre diesen la razón a la gente de orden y con dinero

En ese sentido, Solidarnósc fue una doble paradoja. Rechazada por una izquierda europea que seguía dividiendo el mundo en los frentes de la guerra fría, se convirtió en el último movimiento sindical Europeo que consiguió triunfar contra gobiernos y empresarios. Mientras que Solidarnósc ponía en jaque al gobierno polaco, Reagan y Tatcher aplastaban las organizaciones sindicales en occidente - controladores y mineros, respectivamente - abriendo paso a la reacción neoliberal y la criminalización del trabajador que defiende sus derechos. Una involución que, por cierto, no fue privativa de la derecha dura anglosajona sino que fue puesta en práctica aquí, en España, en fecha muy temprana, a cargo del gobierno del PSOE y sus durísimas reconversiones industriales. No es de extrañar que su líder de entonces, Felipe González, ahora defienda las mismas opiniones neoliberales que la patronal.

El triunfo de Solidarnósc, sin embargo, fue efímero. Consiguió derribar al gobierno comunista, pero no domeñar el liberalismo salvaje que siguió a la caída del comunismo. Su misma fuerza, la unidad de los trabajadores de  los astilleros de Gdansk y de las minas de carbón de Silesia, fue su mayor debilidad. Para el gobierno comunista, mantener esas explotaciones abiertas era una cuestión de prestigió, como lo eran astilleros y siderurgia para el régimen de Franco. No podían cerrarlos, de manera que el movimiento sindical podía jugar con esa carta para conseguir sus reivindicaciones. En el nuevo mundo del capitalismo inmisericorde, las empresas deficitarias eran cerradas sin contemplaciones, de manera que los movimientos sindicales a la antigua usanza murieron con ellas.

Ellos y los derechos de los obreros, cada vez considerados más como privilegios a extinguir y los que luchan por ellos, como criminales.