martes, 14 de febrero de 2017

Cine Polaco (V): Ziemia Obecana (La Tierra Prometida, 1974) Andrzej Wajda













































Va a sonar un tanto a abuelo cascarrabias, pero para los que construimos nuestra cinefilia tras las revoluciones estéticas de los sesenta, el cine era, ante todo, una ventana al mundo. Explorar las diferentes cinematografías nacionales, provenientes de sistemas políticos opuestos y culturas con apenas punto de contacto con la nuestra, suponía un medio de conocimiento de la realidad. De otros mundos y otras historias que, al contrario que las de la fantasía, sí podíamos soñar con visitar y expermientar. Nada que ver, por tanto, con la síntesis del cine comercial contemporáneo, siempre basado en las mismas recetas estéticas y reciclando las mismas excusas argumentales. Inocuo y escapista en sus contenidos, cuando no francamente retrógrado y reaccionarío.

Ziemia Obecana (La tierra prometida) dirigida en 1974 por Andrzej Wajda es un buen ejemplo de ese modo desaparecido de entender el cine. Basada en una novela del premio nóbel Władysław Reymont, quien a su vez fue una de las cumbres del naturalismo polaco de finales del XIX, la película se esfuerza en reconstruir de forma fehaciente y verosimil el ambiente de la ciudad de Lodz en tiempos de la industrialización acelerada e inmisericorde de ese tiempo. Una recreación que ya pueden imaginar en qué sentido va, dado el adjetivo naturalista con la que la he descrito. En mostrar unas personas dominadas por una única pasión: el dinero y el ansia de ganarlo. Deseo por cuya consecución no vacilarán en traicionar a quién sea, pisotear a quien haga falta, o explotar sin piedad a los que no tengan la suerte de pertenecer a su clase.

Obviamente, una historia de ese calibre, con una clara intencionalidad social y decididamente desengañada  con respecto a la sociedad capitalista constituida en Lodz, debía ser muy del agrado de las autoridades comunistas de la Polonia de los años 70. Sin embargo, y excepto un epílogo final que me temo introducido casi con calzador, la lucha obrera brilla por su ausencia en la historia, fuera de la venganza personal sin fundamentos políticos. La trama gira, por el contrario, siempre alrededor de las clases acomodadas de la sociedad, cuya respetabilidad depende por entero del dinero que posean, manejen y malgasten. Una posición social que se puede perder de manera repentina por la quiebra financiera - o por el terrorismo empresiaral de los competidores siempre dispuestos a pagar porque la industria del contrario sufra un accidente - o de manera más paulatina, pero no menos catastrófica, cuando no se sabe adaptarse a los nuevos tiempos. Es decir, cuando se ponen por delante pretensiones de nobleza, moralidad o firmeza, que de poco sirven frente a los tiburones de las finanzas, siempre dispuestos a engordar devorando a los más débiles.

Es precisamente en la descripción de los diferentes tejemanejes y marrullerias con los que los personajes de la película intentan prosperar - en concreto, los tres amigos que en  buscan fundar una empresa textil de la nada - donde la película da lo mejor de sí. Pero también la descripción de un mundo desaparecido, aniquilado a mediados del siglo XX por el exterminio nazi y las purgas estalinistas. El de una ciudad, Lodz, donde como en otras de Polonia habitaban gentes de tres comunidades distintas y excluyentes, hablando cada una en su propio idioma y profesando su religión característica: judíos, polacos y alemanes. Culturas y etnias que vivían juntas, pero poniendo especial cuidado en no mezclarse, e incluso con evidentes signos de racismo y desprecio en la dirección que se pueden imaginar. Diferentes, sí, excepto a la hora de amasar dinero, en lo que apenas se diferenciaban. Más bien en nada.

Y todo ello contado con el estilo de Wajda, quizás el director polaco más famoso internacionalmente, con permiso de Kawalerowicz, y cuya manera estética es la opuesta a Zannusi. Porque si éste tiende a un ritmo sereno y pausado, independientemente de lo que ocurra en pantalla, Wajda es más dinámico en su trabajo. Tanto por mantener su cámara casi continuamente en movimiento, como por recurrir a grandes angulares y ángulos de cámara inusuales.