miércoles, 6 de enero de 2016

La noche de los tiempos

Calco de las pinturas rupestres de la cueva de la vieja
Perdida en el panorama expositivo madrileño hay una muestra que, me temo, pasará sin pena ni gloria, pero que es esencial para todo amante de la arqueología y de la prehistoria, como es mi caso. Se trata de la exposición Arte y Naturaleza en la Prehistoria, abierta en el Museo de Ciencias Naturales, que recoge los calcos que a principios del siglo XX la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas realizó del patrimonio de pintura rupestre español. Unas copias que en algunos casos tienen una importancia capital. ya que los originales han sido destruidos, han desaparecido o se han deteriorado sin remedio en el siglo que media desde la creación de estos calcos.

Cuando se habla de pintura rupestre lo primero que se piensa es en Altamira, como ejemplo del arte paleolítico de la cornisa cantábrica, repartido entre Francia y España. No es para menos, ya que el fulgor de ese arte tan temprano deslumbró a sus descubridores por la perfección y expresividad en la representación de los animales. Esa exactitud parecía más bien propia de épocas más tardías, de sociedades y culturas más evolucionadas, y por tanto fuera de lugar en el contexto de un hombre aún salvaje y primitivo. Llevó mucho tiempo y mucha controversia, además de varios descubrimientos capitales, aceptar que ese bagaje intelectual y estético, la capacidad de representar con precisión el mundo que nos rodea, era una de las características del Homo Sapiens casi desde su origen.


Sin embargo, ese resplandor duró poco y las siguientes manifestaciones pictóricas en la península, el arte rupestre levantino del mesolítico, no alcanzan esa perfección sobrenatural y se vuelven esquemáticas, motivo por el que han quedado un tanto en la penumbra. Esa caída en la exactitud del detalle no significa que ese arte sea inferior o peor que el precedente, sino que es distinto, radicalmente distinto, como obedece a un periodo en el que se han producido decisivos cambios culturales y medioambientales. De hecho, lo que pierde el arte levantino en precisión naturalista, lo gana en una expresividad facilitada precisamente por su esquematismo, además de incluir, por primera vez y de forma sistemática, la figura humana.

Una figura humana que no está sola, sino que por primera vez en la historia de la humanidad aparece asociada con otras formando escenas, constituyendo así un reflejo de las constumbres, rituales y situaciones a las que debían enfrentarse los hombres del mesolítico. Estas escenas, además, se muestran perfectamente legibles para nuestra mentalidad actual, a pesar de las diferencias culturales y la distancia de milenios. Así, gracias a estas pinturas rupestres, podemos presenciar partidas de caza, combates entre bandas guerreras - con los combatientes sujetando varias flechas con la mano que sostiene el arco - , danzas rituales, la recolección de la miel, e incluso identificar el papel que algunos de los personajes allí representados jugaban en sus sociedades - chamán, curandero -. Todo ello narrado con un vigor y una energía, un dinamismo, un conocimiento del movimiento y de como representarlo con el mínimo de medios, que pocas veces se ha alcanzado en la historia.

Consiguiendo así ese milagro de toda pintura figurativa, que de repente torna cercanos a nuestros antepasados, como si pudiéramos compartir con ellos sus vivencias.

Escena de Recolección de Miel, Cueva de la Araña
No es extraño, dada esa importancia y excepcionalidad del arte rupestre levantino, que la exposición se centre principalmente en ese periodo, dejando un tanto de lado el palelolítico del cantábrico o el esquemático del neolítico- el macroesquemático aún no había sido descubierto -. Hay por supuesto razones objetivas para estos olvidos, como que la zona cantábrica caía en el rango de acción de otra comisión de origen francesa, o que el arte esquemático se consideraba como escritura y no como manifestación artística. 

Sea por una razón o por otra, esa preponderancia del arte levantino está ahí y determina toda la exposición, que casi termina por ser un catalogo general de esa manifestación, aunque queden fuera de él algunas obras emblemáticas como las de las cuevas de Cogul y sus danzarines. Aún así, se puede decir que en esta muestra aparecen la mayor parte de las obras que hemos visto en los libros reproducidas una y otra vez - y aún así resulta difícil hallar copias decentes de ellas en la Internet - como el famoso combate de guerreros de la cueva de Morella, los apicultores de la Cueva de la Araña o el Chamán de la Cueva de los Letreros. 

Sin embargo, más importante aún, es que la comisión no se limitó a extraer únicamente esas escenas emblemáticas, sino que intento representar los frisos completos, de manera que el espectador pueda apreciar el tamaño real de las figuras y colocarlas en su contexto. Así ocurre que la escena de apicultura continúa hacia abajo con un segundo apicultor que asciende hacia el primero, mientras que la composición más famosa es sólo una pequeña parte de otra mucho mayor, dedicada a la caza y en la que los personajes - cervidos y cazadores, quizás cabecillas - convierten en enanos a los personajes más famosos.

Los calcos se convierten así en un substituto perfecto de la visita a las pinturas originales, especialmente de aquellas que han desaparecido o se han deteriorado. Es de aquí de donde surge mi principal reproche a la exposición: que no se halla elaborado un catálogo a la altura de lo que se muestra. Esto y que nadie haya utilizado esos magníficos calcos para crear reproducciones en relieve - con su espacio expositivo correspondiente, por ejemplo en el remozado Arqueológico - que permitan una mayor difusión y conocimiento de este legado único.

Pero ya saben, del patrimonio histórico sólo hay que conservar algunas cosas. Los toros y las procesiones, mayormente.

Escena de Caza, Cueva de los caballos