martes, 19 de enero de 2016

Bajo la sombra del postmodernismo (XXII)

España fue una gran sorpresa para Europa. Formada en una visión de España que incorporaba una sucesión de estereotipos negativos - la "leyenda negra" de los siglos XVI y XVII, el país "oriental" de toreros y cigarreras del romanticismo, el país "trágico" de la guerra civil, el tiempo de silencio y la España del subdesarrollo de los años de la dictadura, la España "diferente" del turismo barato de las playas y el sol del Mediterráneo y Andalucía -, Europa se encontraría con una España de comisarios, eurodiputados y eurofuncionarios (economistas, juristas, técnicos, ingenieros, diplomáticos) eficaces y competentes, que apoyaba decididamente el proceso de integración (Acta Única de 1986, Tratado de Maastrich de 1991), que cumplía rigurosamente los criterios para la unión económica y monetaria, que crecía sostenidamente y por encima de la media europea, que cuando le correspondía (1989, 1995, 2002) presidía con acierto y discreción la Unión Europea, y que se movía con absoluta comodidad en todos los foros internacionales (cumbres políticas o económicas, grandes reuniones regionales, congresos mundiales, grandes acontecimientos deportivos, como los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992, un colosal éxito, etc): Europa redescubría a los españoles como "los alemanes del sur".

Juan Pablo Fusi: España y Europa, Tomo XI de la Historia de España Fontana/Villares

Ya les he comentado en otras ocasiones mis reparos al reparto en volúmenes de la Historia de España Fontana/Villares. No se trata únicamente que su enfoque en el estricto sujeto histórico que llamamos España les lleve a descuidar la historia antigua y medieval de la península, ocurre además que dos tomos de los doce están dedicados a lo que se suele conocer como metahistoria, reduciendo aún más el espacio disponible para la narración

No obstante, estos temas meta o extrahistóricos pueden ser muy interesantes, incluso más que el relato de los propios hechos históricos, como verán cuando comente el volumen 12, Las historias de España. En el caso del volumen XI, España y Europa, su interés parecía asegurado, ya que un aspecto de los procesos históricos en la península que se suele dar de lado - en general, en toda historia nacional - es como su devenir se imbrica necesaria y obligatoriamente en el de los países y culturas vecinas, sin que sea posible disociarlo de ellas si se quiere llegar a entenderla plenamente. En el caso de Iberia/Hispania, uno de los grandes hechos históricos en nuestra historia es como una sociedad que en el siglo X era conocida como Al-Ándalus, aparentemente destinada a convertirse en una de las regiones culturales del Islám, como Siria, Irán o Egipto, termina siendo la Iberia cristiana, un conjunto de reinos cristianos claramente occidentales que serían cruciales en la evolución de esta cultura.

No esperen sin embargo, un análisis de este tipo. Tampoco esperen que la narración comience en el siglo XVI describiendo la influencia, para bien y para mal,  del Imperio Español sobre el resto de Europa. El relato comienza en 1808, justo cuando España queda convertida en una potencia de tercer orden en el concierto Europeo, mientras que la historiografía patria se obsesiona con la idea de una España-problema, cuya naturaleza es precisamente la imposibilidad de ser resuelto. Aún así, con estas limitaciones de partida, el libro podría haber sido aún un brillante análisis de ese pesimismo y de los múltiples intentos fallidos por incluir a España en el concierto de las potencias Europeas, en el triple aspecto político, económico y cultural.

Pero no es así, porque le pierde su triunfalismo temerario, indigno de unos historiadores de prestigio.



Un triunfalismo que se basa en que ese complejo de inferioridad español ha sido finalmente superado, por siempre, gracias a las conquistas de una democracia restaurada que ha hecho realidad los sueños de muchas generaciones de compatriotas, presentes y pasados. España, como decía uno de tantos malos presidentes de Gobierno que hemos tenido que sufrir, podía jugar ya sin problemas en la "Champion League" del concierto internacional, debido a sus espectaculares logros económicos, políticos, sociales y culturales, decididamente irreversibles e irrenunciables . Un país, en fin, donde el problema de España había sido al fin resuelto, de manera que las tensiones sociales, económicas y naturalistas podían ser satisfechas a satisfacción en un marco político avanzado y bien articulado, dentro de una Europa unida, adalid y faro de los derechos humanos y los ideales democráticos

Unas palabras que nos remiten a un tiempo de optimismo, el previo a 2009 y esa gran recesión de la que no acabamos de salir - justo cuando este libro fue escrito -, que poco tienen que ver con el tiempo presente que habitamos. Un momento histórico donde el proyecto Europeo puede estar herido de muerte. No sólo en términos económicos, con un país, Alemania, imponiendo una casi dictadura económica sobre las potencias más débiles y en general fallidas - Irlanda, Grecia, Portugal, Italia y, sí, también España -; pero especialmente en su cotidianidad ideológica, con una Europa que ha puesto a un lado sus ideales de libertades cívicas y cada vez se vuelve más intolerante, xenófoba y represiva. Más parecida, en definitiva, a esa Europa de los años 30 para la que la democracia, la libertad, la igualdad y la fraternidad, los ideales de la ilustración, en suma, no eran sino fruslerías prescindibles en un mundo moderno.

Una España en particular, donde el sistema económico se ha revelado andamiaje decorativo, detrás del que se ocultaba una red de cambalaches y trapicheos que terminó por corromper la sociedad entera. Una sociedad que ha visto reducidas, arrebatadas, sus libertades individuales y colectivas sin querer mover un dedo, empujada por una serie de gobiernos inoperantes que sólo han sabido aceptar sin rechistar las órdenes provenientes de Bruseleas, mientras, en el caso del último mandato, intentaban restaurar la "luminosa placidez" del estado del tardofranquismo. Un estado, en fin, donde la supuesta conciliación y apaciguamiento de los sentires nacionalistas se ha revelado ilusión, llevando al país casi hasta la ruptura definitiva e irreversible. Un país en fin, que se ha dividido políticamente en multitud de reinos de taifas irreconciliables, unos encerrados en sus Álcazares de Toledo, prestos a resistir hasta la muerte; otros, sin enterarse de que el mundo ha cambiado y ellos ya no saben manejarse en él; los más, enamorados de sus utopías imposibles de renovación política... que siempre estarán dispuestos a vender a un precio irrisorio por un cheque regalo en el supermercado del parlamento.

Y así, mis queridos amigos, fue como se resolvió el problema de España. Con el fin de ésta.

Capacidad de crecer bien demostrada en un afianzado régimen de libertades: esta es la combinación que ha hecho sobresalir a España en el mapa europeo de los últimos decenios. La fórmula que ha hecho posible la plena europeización. El binomio que ha alentado, a su vez, una triple y simultánea legitimación: la del mercado, la de la democracia, la del Estado. El mercado, en tanto que sistema que ha facilitado la creatividad de los agentes económicos y, con ello, el aumento de la prosperidad. La democracia, porque ha garantizado los derechos individuales ne un marco idóneo para el despliegue de la actividad mercantil en una economía abierta. El Estado, porque ha aportado, con las estructuras del bienestar, cohesión y seguridad, extendiendo los efectos de la prosperidad por los distintos territorios y sectores sociales. No es mala desembocadura, en una Europa que tiene ya sólo la libertad como frontera y que se afana por expandir los niveles de progreso económico por todo continente.

Jose Luis García Delgado en la sección económica de ese mismo tomo

Nota: No todo es malo en este volumen, la sección escrita por Manuel Sánchez Ron sobre la historia de España, es reveladora y necesaria. Libre por otra parte, de todo triunfalismo huero.