sábado, 9 de enero de 2016

Bajo la sombra del postmodernismo (XXI)

El gobierno de 1965 ha sido considerado como el de la consolidación del ascenso político de los tecnócratas, haciendo evidente que el propio gobierno, en su conjunto, y pese a las reticencias de Solís y Fraga, asumía plenamente el discurso político tecnocrático. Este fue el gran momento de la divulgación, como si de una doctrina se tratara, del mensaje que ponía todo el énfasis en defender que la consolidación del régimen franquista se lograría gracias al desarrollo económico, las modernización de la producción y la racionalización de la Administración pública. Y que la prosperidad y el bienestar crearían un consenso social tan alto, que el régimen no necesitaría de votaciones para legitimarse. El discurso sobre la "legitimidad de ejercicio" completaba y enriquecía el de la "legitimidad de origen". La política de realizaciones se presentaba como la más clara alternativa a las propuestas de participación política. En 1967, Gonzalo Fernández de la Mora, que sería ministro en  la década siguiente, rechazó claramente la prioridad de las ideologías en  el opúsculo El estado de las obras: " los regímenes se miden por su eficacia objetiva y sus fines fundamentales son: el mantenimiento del orden, la elevación de la renta nacional y la justa distribución de los bienes". El propio López Rodó llego a declarar que España se democratizaría a semejanza de los países europeos occidentales cuando su sociedad fuera madura, desarrollada y alcanzase los 1500 dólares de capital.

Borja de Riquer, La dictadura de Franco, Tomo X de la Historia de España Fontana/Villares.

El gran defecto del volumen de la historia de España de John Lynch escrito por Javier Tusell y dedicado al franquismo, no era otro que su objetividad daba en ocasiones la impresión de disculpar, cuando no justificar, a ese régimen, sobre todo en sus décadas finales. Esa condescendencia se corrige en el tomo homólogo de la historia de España Fontana/Villares, escrito por Borja de Riquer, en donde queda bien a las claras el carácter criminal y opresor del franquismo en toda su historia, a pesar de sus transformaciones, reformas y "aperturas" cara a la galería. También es uno de los análisis más completos que se han escrito hasta ahora sobre esas cuatro décadas - son casi 800 páginas - y si  no llega a ser el mejor, es por la multitud de erratas ortográficas y gramaticales que lo pueblan... sin que se llegue a comprender muy bien como las necesarias revisiones editoriales no eliminaron la mayor parte de ellas.

No obstante, esto queda compensado por el esfuerzo del libro en plantear una serie de problemas básicos que afectan al estudio de ese régimen, proponiendo lo que en mi opinión serían las respuestas correctas y que les resumo a continuación




  • Totalitarismo: Se discute mucho sobre si el régimen de Franco fue totalitario o no, debate que a trascendido al ámbito público hasta polarizarlo políticamente. Muy resumido, los excusadores del franquismo intentan evitar esa etiqueta condenatoria, utilizando adjetivos como autoritario, mientras que los opositores exigen que se le aplique sin reservas, para así condenarlo definitivamente. Sin embargo, lo cierto es que el régimen franquista no fue totalitario, aunque si no lo fue, fue a regañadientes. Dicho de otra manera, en el periodo 1939-1942 el franquismo iba camino de convertirse en un totalitarismo fascista, como el de sus dos valedores, Hitler y Musolini, pero no llegó a serlo por la derrota de ambos a manos de los aliados, que obligó a franco a ocultar y disimular todos sus resabios fascistas, ademas la posterior decadencia de las instituciones del movimiento, bien transformadas en meramente decorativas, cuando no  infiltradas por los opositores. Curiosamente, el franquismo, en su retroceder del fascismo inicial, pudo haber devenido casi una teocracia, al incluir cada vez más miembros del Opus en sus gobiernos, pero esto falló porque durante la década de los sesenta, la iglesia católica se había embarcado en breve revolución interna del Concilio Vaticano Segundo.
  • Opresión y represión. El franquismo tiene el extraño honor de haber ejecutado a más opositores internos - unos 50.000 tras 1939 - que la Alemania Nazi y el Fascismo Italiano. Además, esa represión asesina se mantuvo activa durante un largo tiempo, la década entera de los cuarenta, hasta la derrota del maquis, y si luego se relajó, siempre estuvo lista para ser activada de nuevo. Esta disponibilidad a la eliminación del contrario no queda demostrada sólo por las ejecuciones por razones políticas que se produjeron hasta casi el último día de la dictadura, sino por el hecho de que el régimen mantuvo bajo vigilancia a todo aquel que hubiese estado en zona republicana y figurase como miembro de los partidos políticos republicanos - algo que en el periodo 1936-1939 fue una estrategia de supervivencia de gran parte de la población de la zona roja -. El régimen de Franco se opuso en toda su existencia a una reconciliación entre vencedores y vencidos, aplicando el más rancio derecho de conquista sobre las poblaciones derrotadas... que aun pervive hoy en la negativa de nuestras derechas a exhumar a los muertos de las fosas comunes del franquismo.
  • Milagro económico: Es indiscutible que en la  década de los sesenta la economía española dio un salto de gigante y dejó de ser un país subdesarrollado - en vías de desarrollo se decía entonces -. Esta pujanza se reveló frágil cuando comenzó la crisis del petroleo, pero más que en esto, la discusión está en si España tomó ya impulso durante los cincuenta o fue sólo en los sesenta cuando estas mejoras se revelaron. Comparando ambos libros, parece claro que fue en los cincuenta cuando los indicadores económicos comenzaron a igualar a los de los años 30, así como que existían ya las condiciones objetivas para un desarrollo similar al de otros países europeos durante la postguerra del conflicto mundial. Sin embargo - y esto queda claro en el libro de Borja de Riquer - este desarrollo  económico se hizo a pesar del Franquismo, cuyo modelo preferido seguía siendo la autarquía. Todos los intentos, privados o públicos, por lanzar algún tipo desarrollo fueron saboteados desde el propio gobierno, para sólo ser finalmente autorizados en una fecha tan tardía como 1959, cuando quedó claro que España se iba al garete económicamente, y que había que dar un golpe de timón, abandonando los ideales tan queridos a Franco, Carrero y sus conmilitones.
  • Consenso: Desde la propaganda del franquismo - y desde sus herederos políticos de la derecha actual - se señala una y otra vez la "placidez" del tardofranquismo. En su concepción ideal, el crecimiento económico borró los conflictos sociales y creo un país satisfecho y feliz - el del landismo y demás horrores estéticos - que aprobaba mayoritariamente la gestión de Franco y su régimen. Sin embargo, como bien dice Borja de Riquer, ese consenso es ilusorio. De hecho hay dos: uno voluntario y otro impuesto. El de los que se beneficiaron del régimen desde su instauración y el de los que tuvieron que callar por miedo. Un miedo que empezó a perderse en los sesenta, con el renacimiento de una oposición sindical y estudiantil que obligó al régimen de Franco a vivir en excepción permanente, rechazado por sectores cada vez más amplios de sus oposición
  • Oposición: Sin embargo, aunque molesta y vociferante, la oposición nunca tuvo la fuerza para derribar el gobierno de Franco. De hecho, otros estados autoritarios contemporéneos lindantes con el totalitarismo, como el Irán de la revolución islámica o la China post-Mao, se han mostrado especialmente tenaces frente a cualquier tipo de oposición, que casi nunca ha llegado a hacerles perder el sueño y cuyas protestas han sido rápidamente sofocadas. El largo ciclo de protestas continuas del tardofranquismo parece exclusivo de España y esto, en mi opinión, sólo admite una explicación, que ese periodo es también uno de crisis ideológica en occidente, traducida en contestación subersiva a todos los niveles sociales. El Franquismo, debido a esta universalidad de la protesta, no podía defenderse, o al menos no podía hacerlo de forma efectiva, dado que lo que se le toleraba en los 40 o 50 no lo era ya en los 60 y 70.

La amplitud de las luchas sociales de estos años constituyó una muestra evidente del fracaso de la creencia, ampliamente divulgada por el equipo tecnocrático de gobierno, que la mejora del nivel de bienestar alcanzado por la población española acabaría con los conflictos sociales. En realidad sucedió lo contrario, a mayor bienestar, mayores eran las exigencias de libertades y derechos democráticos. Además, la inexistencia de canales de negociación de las reivindicaciones sociales provocó que muchos movimientos reivindicativos, al verse desatendidos por las autoridades, derivaran en un conflicto político. A la politización de de cualquier movimiento reivindicativo, fuese laboral, estudiantil o vecinal, colaboró también la actitud represiva de las autoridades, que al considerarlos ilegales, cualquier huelga o protesta era tratada exclusivamente como un problema de orden público, que se solucionaba con la intervención de la policía, detenciones, despidos, multas y todo tipo de sanciones. Así, la espiral de conflictividad de la década de 1960 se realizó a pesar del crecimiento económico, o quizá, precisamente, a causa del crecimiento económico, que había estimulado la modernización de la sociedad y puesto en evidencia el dictatorial y obsoleto sistema político del franquismo.