jueves, 7 de enero de 2016

Diferentes modos de mirar (y IV)































Un rasgo característico de las vanguardias de principios del siglo XX era su fascinación por la máquina. Para esos artistas  la máquina representaba el signo de los tiempos, auténtica encarnación del progreso incontenible, de su orden liberador y de su fuerza revolucionaria, así que no era extraño que en toda obra que buscase mostrarse como avanzada se colase alguna secuencia en la que se observaba con fascinación las evoluciones rítmicas de algún mecanismo industrial. Obviamente, este tipo de cine no podía faltar en la compilación de cortos experimentales americanos realizada por Flicker Alley, que vengo comentándoles desde hace ya algunas semanas.

El primer corto de esta temática dentro la colección es el famoso Ballet Mecanique de 1923, aunque figure en ella debido a una pequeña trampa, ya que es un corto francés en el que colaboraron artistas americanos . Su autor nominal es Fernand Leger, artista cubista que en el periodo de entreguerras había comenzado a representar a los seres humanos como si fueran productos industriales, pero su autoría es mucho más extensa y compleja, incluyendo entre sus creadores al cineasta experimental americano Dudley Murphey, al poeta Ezra Pound y al músico Georges Antheil, que compuso una pieza especial para la obra, destinada a ser interpretada durante su proyección.

Dados los muy diferentes caminos que siguieron sus creadores, Ballet Mechanique es una excepción en la trayectoria de todos ellos, pero también en la historia del cine, ya que se trata de uno de los pocos ejemplos de cine cubista existentes. Su estructura es así la de un caleidoscopio en la que se alternan imágenes de los más diversos orígenes - abstractas, retratos, deformadas con espejos, completamente mecánica, naturalezas muertas à la moderne - pero que comparten una misma característica: considerar al mundo como sujeto a unos ritmo determinados que marcan todas nuestras actividades cotidianas, tanto en la manera en que las realizamos, como en el modo en que las percibimos.






















Mechanical Principles (1930) de Ralph Steiner es mucho más tranquila y reposada, incluso intrascendente a primera vista. Su metraje consiste exclusivamente en recoger los movimientos de una serie de maquetas didácticas que, suponemos, se usaban para ilustrar el funcionamiento de diferentes mecanismos y máquinas. 

Sin embargo, Steiner abandona toda pretensión educativa, evitando explicarnos para que sirven  esos artilugios o que fin se pretende con las diferentes transformaciones entre los movimientos de palancas, engranajes y ruedas. En Mechanical Principles la atención está fijada únicamente en el movimiento puro, en la variedad inagotable de esas mismas transformaciones y en la creciente inventiva de los mecanismos construidos para conseguirlas. De esa manera, su ritmo incesante y repetitivo, que a priori sólo podría parecernos aburrido y rutinario, se torna fascinante y absorbente.

Esas máquinas de objeto y objetivo desconocido devienen así auténticos organismos vivos, dotados de un propósito y una necesidad indiscutible, aunque sea desconocido. Tanto que sus movimientos parecen remedar los nuestros cotidianos, incluso aquellos más inconfesables, convirtiendo el corto en un remedo de nuestra propia existencia, cargado de gozosa ironía .




























Castro Street (1956) de Bruce Baillie, es más una City Symphony que un elogio de la máquina. Su tema es un paseo a lo largo de la calle californiana que le da nombre, acompañada por los sonidos característicos de ese entorno. La diferencia con otras obras de ese género es que ese paisaje es un paisaje industrial, plagado de refinerías y de vías férreas, sin apenas presencia humana, fuera de los pocos operarios que dan servicio a esas instalaciones.

El resultado es un entorno esencialmente artificial, áspero y repelente, donde la máquina y la industria son predominantes, mientras que la naturaleza y la humanidad han sido abolidas. Esta sensación de extrañeza, de alteridad, es subrayada por la superposición en el fotograma de diferentes visiones simultáneas - la industria y los convoyes que la mantienen activa - así como por el uso de todo tipo de distorsiones visuales - negativo, desenfoque, ruido visible-.

El aspecto visual del corto es así de disonancia, de rechazo de ese paisaje antropomorfizado y desnaturalizado, pero, al mismo tiempo, de sincera admiración por su evidente belleza. Una belleza distinta, horripilante incluso, pero fascinante y en ocasiones arrebatadora, donde los ritmos y su repetición incesante, son característica y fundamento de la atracción invencible que despiertan en nosotros.