lunes, 4 de enero de 2016

La lista de Beltesassar (CXIX): Color Dream nº 246 (2006) Michael Theodore

















Como todos los domingos  lunes - debido a un error en la publicación del sábado - continúo mi con revisión de la lista de cortos animados realizada por el misterioso profesor Beltesassar. Esta vez ha llegado el turno de Color Dream nº 246, corto realizado en 2006 por el artista norteamericano Michael Theodore.

Fíjense que no hablo de animador, sino de artista. Si visitan la página personal de Michael Theodore, verán que se trata de un profesor de la universidad de Colorado, EEUU, en donde enseña música, tecnología y medios interactivos. Su obra artística se caracteriza, por tanto, por incorporar y harmonizar diferentes artes y formatos - instalaciones, pintura, música, escultura, videoarte - en lo que se llama corrientemente artes extendidas, una formulación menos pretenciosa y rimbombante que el concepto de la Gesamtkunstwerk romántica, traducido aquí como Obra de Arte Total.

Theodore es por tanto un artista plástico, eminentemente abstracto, que intenta ampliar su ámbito de aplicación a otras artes cercanas, para así superar las limitaciones inherentes a cada una de ellas. No es extraño, por tanto, que al igual que otros artistas del pasado se haya visto tentado por la animación, como le ocurrió a Oskar Fischinger. Por esto mismo, este Color Dream nº 246 tiene fuertes concomitancias con las técnicas elegidas por el artista alemán en sus últimos cortos, en concreto el Motion Painting nº 1 de 1945.

En ese corto, Fischinger fotografíaba el proceso de creación de una pintura, utilizando como soporte un cristal iluminado por detrás, de manera que los colores brillasen con una luz ausente en los meros pigmentos. Esa técnica permitía además continuar trabajando sobre lo ya pintado, consiguiendo así que en el corto final la pintura pareciese pintarse a sí mismo. Color Dream nº 246, por su parte, utiliza esa misma técnica ya clásica, con dos salvedades de importancia: haber sido proyectada a mayor velocidad de la rodada originalmente e incluir secciones donde se utiliza la técnica de animación con parafina, que permite, literalmente, modelar el color.

El resultado de esta mezcla de técnicas y velocidades es que el plano de la imagen acaba por asemejarse al fluir de un río, al romper de las olas o al vagar de las nubes. Siempre en continua transformación, sin que se sepa a qué va a dar lugar o cómo se producirá esa transición. Sabiendo sólo que habrá de producirse necesariamente, recorriendo con ellas todos los matices, tonalidades, formas y encuentros posibles, sin llegar a detenerse jamás. Algo que sólo ocurrirá, y entonces será definitivo, cuando las capas de pintura sean tan espesas que ya no dejen ver a su través o cuando esa luz posterior e interna se apague para no volver a encenderse, como si el cuadro fuera un organismo vivo cuyo corazón ha dejado de latir.

El resultado visual para el espectador es semejante a caer en un trance, una experiencia tanto inefable como incomunicable. Un momento de eternidad efímera, del que sólo nos quedará el recuerdo de su belleza y del placer que ésta nos produjo, mientras se mostraba a nuestros ojos.

No les entretengo más y aquí les dejo el corto. Que les sirva de recordatorio de cuán estrecha es nuestra concepción de la animación - esa ecuación que la iguala a lo infantil - y cómo en realidad es un arte completo, que poco o nada tiene que envidiar a sus hermanas mayores, en belleza o complejidad.