sábado, 16 de enero de 2016

Compromisos

Andrzej Wróblewski

Si no se tiene cuidado, corre uno el riesgo de perderse alguna de las muchas exposiciones abiertas en Madrid, especialmente aquéllas un poco fuera del circuito habitual. Así ha estado a punto de ocurrirme con la Verso/Reverso, abierta en la sucursal que el MNCARS tiene en la Casa de Vacas del parque del retiro, o con dedicada a Paz Errázuriz en las salas de fotografía de la Fundación Mapfre.

Verso/Reverso está dedicada al doblemente malogrado pintor polaco Andrzej Wróblenski. Por una parte, su obra se reduce a apenas una década de trabajo, de 1945 a 1957, hasta su muerte en un accidente de alpinismo en los Cárpatos. Por otra, esa década coincide con la de mayor dureza del régimen comunista en Polonia, entre 1948 y la muerte de Stalin en 1953. Su trayectoria artística se ve escindida así por un largo periodo de sometimiento político y estético a las consignas del realismo socialista, tiempo en que la que la creatividad de Wróblenksi quedó amordazáda y casi esterilizada. Un sometimiento que, no se olvide, se debió tanto a la (re)presión conformativa ideológica del sistema estalinista, como por los esfuerzos del artista por cumplir con la nueva fe comunista que había abrazado.


A ambos lados de ese erial, sin embargo, unos pocos años de explosión creativa. Unos periodos, donde, como si la cisura represiva no hubiera existido, las ideas creadas en un primer momento eran retomadas y reelaboradas. Por un lado, la (re)invención de la pintura como díptico, el verso/reverso al que hace referencia el título de la exposición, que en manos de Wróblenski significa pintar las dos caras del lienzo, con imágenes y estilos que son irreconciliables, como el compromiso político con la reproducción de la belleza, el realismo con la abstracción. Dando la impresión que el mundo fuera ininteligible sin la yuxtaposición de esas contradicciones, sin las cuales no podría existir en absoluto. Creando y obligando a coexistir unos ámbitos que parecen separados por barreras infranqueables, pero que, aún desconociendo la existencia del otro, se contagian mutuamente, traicionando sus propias esencias irrenunciables.

Eso por una parte, porque por otra, aún en las obras más realistas de Wroblenski, la figura humana no puede concebirse sin la distorsión o la mutilación, sea ésta provocada por la muerte, la guerra, la represión, o simplemente expresada como nueva contradicción esencial sin la cual nuestra fisicidad no puede ser concebida.

Paz Errázuriz
Esa concepción de la belleza indisociable de la fealdad, o mejor dicho, de un mundo donde la fealdad es la única realidad y por ello mismo bella, no se halla muy lejana de las fotografías de Paz Errázuriz. En la obra de esta artista chilena no hay que esperar un registro de la vida cotidiana, de sus casualidades y azares, teñida de cierta nostalgia reconfortadora.  En sus fotos, por el contrario, la realidad es dura, destructiva, una mala madre que no nos guarda ningún cariño y a la que poco importa si vivimos o morimos. Un mundo donde sólo existe un destino seguro, igual para todos sean cuales sean su orígenes o su riqueza: el del envejecimiento y la muerte.

Fotografía, por tanto, de combate y de denuncia, pero desprovista de todo sentimentalismo, sensiblería y preciosismo, de todas esas deformaciones tan habituales que nos llevarían a ver cada imagen como se mira un cuadro, olvidando que esas sombras son, fueron, personas tan reales como nosotros, sólo que aplastadas y desmenuzadas por un sufrimiento mayor que cualquiera que nosotros, privilegiados de la fortuna, hayamos conocido. Fotografía dura, sin contemplaciones ni concesiones, que lleva al espectador - que me llevó a mí - a salir de la exposición presa de una profunda congoja.

No tanto por el destino particular de esos desconocidos, sino por la certeza de que su sufrimiento, será también nuestro penar futuro. Que nosotros habremos de devenir, irremediablemente, a ser un viejo repulsivo, que nuestra razón se perderá y nos tornaremos alienados sin curación. Que incluso puede ser que acabemos pidiendo por las calles, sin que nadie se acuerde de nosotros, ni quiera reconocernos, mucho menos tendernos una mano.

Aunque sólo sea para reconfortarnos.