lunes, 28 de diciembre de 2015

Ortodoxias heterodoxas

...Suppose he should relent
And publish Grace to all, on promise made
Of new Subjection; with what eyes could we
Stand in his presence humble, and receive
Strict Laws impos'd, to celebrate his Throne
With warbl'd Hymns, and to his Godhead sing
Forc't Halleluiah's; while he Lordly sits
Our envied Sovran, and his Altar breathes
Ambrosial Odours and Ambrosial Flowers,
Our servile offerings. This must be our task
In Heav'n, this our delight; how wearisom
Eternity so spent in worship paid
To whom we hate. Let us not then pursue
By force impossible, by leave obtain'd
Unacceptable, though in Heav'n, our state
Of splendid vassalage, but rather seek
Our own good from our selves, and from our own
Live to our selves, though in this vast recess,
Free, and to none accountable, preferring
Hard liberty before the easie yoke
Of servile Pomp.

John Milton, Paradise Lost

...Suponed que Él rectificase
y publicase un indulto para todos, con la condición
de nuevo sometimiento; con que mirada podríamos
permanecer humildes en su presencia, y aceptar
duras leyes impuestas, par celebrar su Trono
con armoniosos himnos y a sus divinidad cantar
forzados Aleluyas, mientras Él señorial se sienta
nuestro envidiado soberano y su altar exhala
aromas de ambrosia y flores de ambrosía
nuestras ofrendas serviles. Esa debe ser nuestra labor
en los cielos, ese nuestro deleito,  qué agotador
pasar la eternidad en adoración adeudada
a quien odiamos. No persigamos
lo  imposible por la fuerza, lo otorgado por el favor
inaceptable, aunque sea  en los cielos, nuestro estado
de esplendida servidumbre, pero más bien busquemos
nuestro bien por nosotros mismos, aunque sea en estos vastos espacios,
libre, y sin deberle nada a nadie, prefiriendo
la dura libertad al suave yugo
de la pompa y el boato servil

La paulatina laicización de la sociedad, al menos en occidente, ha llevado a que gran parte de la literatura del pasado, aquélla de tono religioso, sea cada vez menos transitada. No es  una conclusión inesperado, puesto que gran parte de esas obras están tan  convencidas de la verdad de la doctrina que propagan, que poco esfuerzo hacen para intentar comunicar esas ideas a quienes no las profesan. Esto, en el mejor  de los casos, pues tampoco es infrequente que esa fe sin fisuras de sus autores se traduzca en el desprecio y la mofa de los no convencidos, en actitud propia de fanáticos ignorantes, que tan repelentes resultan en un mundo moderno aconstumbrado a poner en tela de juicio cualquier afirmación y exigir pruebas convincentes para aceptarla.

Curiosamente, de ese rechazo, mejor dicho de ese olvido neutro y por tanto peor que cualquier desprecio, se han librado los escritos de los muchos místicos que produjo el cristianismo. Esta pervivencia quizás se deba al punto de locura, de desaforamiento, provocado por la imposibilidad de comprender el misterio divino, consustancial a toda experiencia mistica. Un estado mental de arrebato, que por definición queda fuera de toda explicación racional, y por ello mismo, resulta fascinante para cualquiera, aunque se halle, como es mi caso, en el polo opuesto intelectual. Esa coincidencia y concordancia entre antípodas puede deberse a que el místico, al intentar representar ese contacto íntimo inefable con la divinidad, recurre a otro tipo de sentimientos humanos básicos y fundamentales, fuera del marco religioso, y por ello mismo, abiertos a ser sentidos y compartidos por otras muchas personas diferentes, aunque sea apelando a registros sentimentales muy distintos de los teológicos.



Algo similar ocurre con Milton y su extenso poema épico, Paradise Lost, en el que intenta explicar la creación del mundo y la caída primera de la humanidad, ilustrando y completando el relato contenido en el libro bíblico del Génesis. Esta reelaboración  no tiene en principio nada de heterodoxa, si se aplica una definición extensa del cristianismo, puesto que el propio autor formaba parte del movimiento Puritano del siglo XVII inglés, al que hoy tildaríamos de integrista, especialmente si se considera quienes son sus herederos intelectuales en la gran república americana. Milton, por tanto, intenta en todo momento demostrar la justicia de la providencia divina, no sólo probando como Dios tuvo razón al desterrar a Lucifer al infierno, sino sobre todo, como era necesario y conveniente situar el árbol de la ciencia del bien y del mal en medio del paraíso, permitir que Satán tentase a Adán y Eva, y no hacer nada para evitar que sus criaturas cayesen en esa tentación.

Explicado así, el poema del Milton debería haber caído hace mucho en el olvido, una vez que la religión a la que servía de justificación y defensa hubiera devenido minoritaria, como ocurre en la actualidad. Sin embargo, Paradise Lost ha influido y fascinado a lectores y poetas sin número durante los casi cuatro siglos que median desde su redacción, incluyendo no solo a aquellos que desde el cristianismo proponen tesis diferentes a las miltonianas, sino, paradójicamente, a los que rechazamos de plano el ordo universalis que propone esta religión en cualquiera de sus variantes.

No es así, sin embargo. Y no es así porque Milton, para su desgracia y fortuna nuestra, es un poeta de tomo y lomo, uno de los más grandes. Esto significa que a la hora de construir su historia, de narrar la tragedia universal original que constituye su tema, tiene que hacerla creíble, dotar a sus entelequias teológicas de personalidad y profundidad, humanizándolas para así aproximarlas a sus lectores. De esa manera, frente a la perfección sin fisuras, la seguridad inconmovible de las jerarquías divinas,  su luz cegadora y por tanto imposible de ser percibida, Satán se transfigura en un ser humano completo, alguien cuyas luces y sombras, cuyos vicios y virtudes, cuyas pasiones y ambiciones son las nuestras propias. Alguien próximo y cercano, cuya tragedia es la nuestra.

Aún más turbador y heterodoxo, aunque sea involuntario y Milton seguramente sólo lo hubiese aceptado a regañadientes, es que Satán, como bien señaló William Blake, se convierte inesperadamente en un personaje positivo. Alguien capaz de sostener la mirada a Dios, de responderle sin reparos y de demostrar la vaciedad de sus designios, la injusticia de su providencia. Porque el núcleo fundamental del poema, ése que Miltón se empeña en desactivar una y otra vez acumulando doctrina y pruebas, pero sin conseguirlo nunca, es que el auténtico responsable de la caída de la humanidad no fue otro que Dios, quien preparó la trampa en la que cayeron los hombres y luego no hizo nada por ayudarles, ni por apartarlos del peligro. Más bien al contrario, pareciendo desear y prever su caída.

Culpable, por tanto, de esos mismos pecados y faltas que castiga con rigor eterno, sin posibilidad de perdón o redención.