sábado, 19 de diciembre de 2015

El enigma


Hoy, el MNCARs estaba extrañamente vacío. El resultado es que he podido ver casi en solitario la exposición dedicada a la artista hindú Nasreem Mohamedi, titulada "La espera forma parte de una vida intencia". Soledad y aislamiento que no sé si contribuían o detraían de la impresión general de la muestra. Porque el problema que tengo con Mohamedi es que me atrae y repele a partes iguales.

No me entiendan mal. Gran parte de esta repulsión se debe a que la muestra adolece de un error muy común: intentar ser enciclopédica. Un esfuerzo muy loable, pero que en el caso de artistas abstractos y además minimalistas, como ocurre con Mohamedi, puede resultar deletereo a la hora de juzgar la obra presentada.  Ante la enésima variación de un patrón de líneas o de una combinación de grises, el visitante termina abrumado, desorientado, desinteresado, sin llegar a ser capaz de determinar qué es valioso, que no lo es de entre lo que está viendo. Corriendo el peligro, en definitiva, de dejar pasar sin reconocerlo, a aquello que define al artista, que lo convierte en presencia permanente y necesaria.

De esto, de importante y resonante, hay mucho en la muestra, pero escondido y disperso. Requiriendo un esfuerzo de atención que el visitante distraído, o simplemente perdido, no es capaz de dedicarle.




La parte de la obra de Mohamedi que más me atrae es su fotografía, caso casi único de fotografía abstracta. Un modo que esta artista consigue eligiendo un motivo anodino y banal, para resaltar un detalle, un ángulo, que lo transforma y convierte en un paisaje entero. Un mundo así redescubierto y renovado, que se nos entrega a nosotros, los espectadores, para que lo exploremos a su antojo.

Esta es, por tanto, la parte de su obra más accesible, más cercana para la mayoría del público, de manera que quizás la exposición hubiera ganado mucho si se hubiera organizado de forma temática, utilizando estas fotografías aún no completamente abstractas como gancho para al visitante. De manera curiosa, ese gancho sí existe, pero ocurre en las primeras salas, las dedicadas a una Mohamedi que aún no se ha encontrado como artista, donde ya es una pintora plenamente abstracta, pero aún sigue siendo posible encontrar en sus cuadros, hermosos y fascinantes, rastros de los objetos que los inspiraron.

Asimilar su pintura al mundo vegetal, a las telas decoradas. Calificarla en definitiva, de femenina y delicada, como nos gusta hacer equivocadamente con las artistas pertenecientes a un sólo género.


El problema es que estas etiquetas manidas y convenientes no son aplicables a su obra madura. En ella domina una abstracción geométrica, que oscila entre el dibujo técnico y el ejercicio escolar. Es aquí donde su obra puede resultar agobiante en grandes dosis, caso de la muestra del MNCARs, y llevar a rechazarla equivocadamente como insípida e intrascendente. Unas (des)calificaciones que obviamente no son válidas, visto de donde viene y como evolucionó el arte de Mohamedi, pero que plantean no sé si un problema o un enigma.

El de interpretar ese silencio, desgarrando - si es que se puede decir así - el velo de incomunicación voluntaria tras el que esta artista se ha refugiado. Porque si algo está claro en esta obra fascinante y enigmática, voluntariamente arisca y hosca, es que Mohamedi quiere decirnos algo. Imperiosa e insistentemente.

Sólo que no sé el qué.