martes, 8 de diciembre de 2015

El arte de los eternos inicios

































Si he elegido este título para esta entrada es porque el arte de la animación, en su percepción pública, siempre parece estar a punto de salir, de comenzar, de encontrarse a sí mismo. El resultado de estos inicios repetidos no es, sin embargo, su constitución como arte reconocido, válido, digno de ser cultivado sin tener vergüenza, como ha ocurrido recientemente con el cómic, sino la caída en nuevas prisiones sin posibilidad de escape, llámense estas cine familiar, sitcom televisiva, anime o 3D.

Si me leen con regularidad, saben que ésa no es mi opinión, ni mucho menos. Para mí, la animación es un arte complejo, multifacético, extremadamente duro de cultivar, que en sus cien años largos de existencia ha creado un buen número de obras maestras absolutas... la mayoría completamente olvidadas, cuando no relegadas a compilaciones sin apenas circulación, donde solo las aprecian unos pocos chalados, como yo. ¿Pesimista? Bastante, pero no puedo sentir de otra manera, cuando veo que toda obra de animación que intenta romper las barreras bien visibles que aprisionan a esta forma, se ve obligada a empezar desde el principio, a inventar la rueda y el pan de molde, confiando que esta vez sí se produzca el milagro.

Que finalmente sea apreciada como arte pleno, sin adjetivos ni excusas.

Estas meditaciones sombrías se deben a que finalmente he podido ver el largometraje de animación Twice Upon a Time, gracias a la política de reediciones baratas en DVD on demand, que la Warner Archive está realizando con su catálogo. Está película fue realizada en 1983 por John Korty y Charles Swenson, y en ella colaboraron figuras esenciales de la animación como John Selick. Su paso por las pantallas fue fugaz, en parte porque la versión proyectada tenía diálogos subidos de tono que no habían sido aprobados por uno de los creadores, en parte porque la productora, la Ladd Company, quebró al poco, sacando esta película del circuito comercial durante largos años. Este largo eclipse, unido a la multiplicidad de versiones en que resurgía, la transformó en una obra de las llamadas de culto, con su fama centuplicada por el rumor y el recuerdo. Esperada, por tanto, con gran impaciencia.

Una vez vista, les puedo decir que tiene un problema muy común a muchas películas de animación: su historia es inexistente, cuando no meramente banal e irrelevante. Debido a esas reglas invisibles que dictan qué debe ser y qué debe contar una película de animación, Twice Upon a Time se ve obligada a utilizar como punto de partida el cuento de hadas, para intentar modernizarlo, subvirtiéndolo. Ese modo, como sabrán, es una de las invariantes de la animación, especialmente en la comercial occidental, pero tantos años de postmodernismo y de animación televisiva (aparentemente) contestataria, han llevado a esa manera a un callejón sin salida temático, al ser imposible ser aún más insolente y rebelde. La versión de Twice upon a time, mirada desde nuestro tiempo parece así demasiado conformista y amable, confinada al cine más familiar actual por un deseo de agradar y de complacer, a pesar del lenguaje grosero y chispeante de su versión más "dura".

Sin embargo, éste es su único defecto. Desde un punto de vista formal y estético, Twice upon a Time es un compendio de técnicas vanguardistas. Se nota claramente que esta película proviene de un tiempo de crisis estético e ideológico, que para la animación se abrió tras el hundmiento del sistema de estudios en 1960 y el fin de los cortos para la gran pantalla. Un tiempo en el que brillaron nombres como el de Ralph Bakshi y su intento por crear animación para adultos, que desgraciadamente, como tantos otros, quedo sólo en principio y esbozo, sin llegar a nada concreto, aunque sí dejándonos un buen número de obras excéntricas e inclasificables, apenas vistas y conocidas, como si se tratase de las actas de una sociedad secreta.

A esa lista selecta pertenece Twice Upon a Time, una película que brilla no por su contenido, sino por el modo en el que está construida y plasmada. Esta cinta constituye una de las obras máximas de la animación de recortes, aunque en una variante propia y apenas cultivada, que alcanza unos niveles de fluidez y naturalidad poco usuales... pero que al mismo tiempo se atreve con toques más propios de la animación 2D tradicional, especialmente en la riqueza de sus fondos y decorados, laberínticos e inacabables, plagados de recovecos, trampas y sorpresas. Con sólo esto hubiera bastado para conseguir una película notables, pero Twice Upon a Time se atreve a incluir la imagen real, a pixilar, y a construir secuencias de stop motion que por su fantasía y perversidad parecen sacadas de otras tradiciones. En concreto, la checa, y dentro de ella el mundoo único de Svankmajer, referencia indiscutible en aquel entonces.

 Así que no lo duden. Búsquenla y disfrútenla. Que no vuelva a caer en el olvido. A ver si hay suerte y otras mejores aparecen en ediciones decentes.