martes, 29 de diciembre de 2015

Fría sensualidad

Ingres, Gran Odalisca
Vaya por delante que la exposición de Ingres abierta en el Museo del Prado es una muestra única. Dada la nula representación de este pintor en las colecciones españolas, para muchos puede ser la única oportunidad de familiarizarse con un pintor esencial en la pintura del siglo XIX, debido a su condición de líder del movimiento neoclásico. Si a esto unimos su evidente talento y maestría, su reputación no necesitaría de justificación alguna, de ahí que resulte un tanto embarazosa la obsesión de los organizadores de la muestra por presentarlo como un moderno avant-le-lettre, sólo porque éstos - Manet y Picasso, principalmente - tomaron algunas de sus pinturas como motivo y base de sus investigaciones estéticas.

Desgraciadamente, Ingres murió antes de que estallara la revolución impresionista - aunque sí estaba vivo cuando se tuvo que montar, deprisa y corriendo debido al escándalo, el Salón des Refusés, - así que no sabemos su opinión sobre las moderneces perpetradas por los jovenes rebeldes. No es difícil imaginar, sin embargo, ya que que un pintor tan dibujístico, tan obsesionado con pulir y acabar al máximo sus lienzos, está en las antípodas estéticas del desarreglo subversivo propio de las vanguardias posteriores. Él, Ingres, sólo quería hacer carrera, tener una buena cartera de clientes y vender sus cuadros al poderoso de turno, a quien no le importaba complacer y alabar en lo que fuera necesario.


Lo anterior, por supuesto, no significa que Ingres sea un mal pintor, ni que haya que desterrarlo a las tinieblas exteriores de los vendidos, conformistas y acomodados. Si lo hiciéramos así, caeríamos en el error de algunos de sus contemporáneos, románticos, paisajistas y realistas, que ya se habían embarcado en la búsqueda de un arte nuevo y para quienes alguien como Ingres era obviamente un carca. Ésa y no otra, es precisamente la característica que define a Ingrés, el ser el último de los antiguos, no sólo en su modo de concebir la pintura, entendido como dibujo y perspectiva, copia del natural y sujeción a las reglas académicas, sino especialmente por el modo de producción, la concepción de la pintura como una empresa comercial más, destinada a granjearse reputación, una clientela pudiente y los (altos) ingresos correspondientes

Ingres, El Baño Turco
Dicho esto. ¿Por qué seguir admirando hoy a Ingres? O mejor expresado ¿A qué se debe la fascinación que produjo en figuras señeras de la vanguardia? Si revisamos su obra, hay momentos en que, como ocurre con otros neoclásicos, cae en la más evidente cursileria o simplemente se muestra incapaz de armonizar los elementos que utiliza, sin ser capaz de insuflarles esa vida que con tanta facilidad conseguían los maestros del XVI y del XVII. Muchas de sus pinturas nacen así muertas, vacías, hueras, expresión de ese decorativismo inocuo tan apreciado en los salones burgueses del XIX. Sólo que al mismo tiempo, unos pasos más allá, en la misma pared del mismo museo o exposición, se topa uno con obras indefinibles, de ésas que no se pueden apartar de la memoria, que parecen producto de otro pintor.

El aspecto más perceptible de esta paradoja en pintura es el claro erotismo de una buena parte de su producción. Un erotismo que resulta tanto más sugerente porque surge de un pintor y un movimiento especialmente fríos y contenidos, donde el cuerpo humano deviene escultura pétrea, sin dejar traicionar nunca ese calor y esa blandura del mármol de las esculturas grecorromanas y barrocas - o del mismo Canova, otra paradoja neoclásica -. Por el contrario, Ingres se las arregló, no se sabe muy bien como, para desmentirse a sí mismo y a su estilo, creando algunas de las escenas eróticas más poderosas de su tiempo - y del de décadas posteriores -, tanto que pasaron a formar parte de esas colecciones dee obras prohibidas, escondidas en los gabinetes, que sólo se mostraban a amigos escogidos, como el famosísimo Baño Turco, arriba ilustrado.

Un erotismo que, en nueva contradicción, se expresa rompiendo la normativa académica que obligaba a respetar en todo momento la mayor fidelidad anatómica. Las mujeres de Ingres, sus odaliscas y sus bañistas, se muestran en posturas imposibles para un cuerpo humano, que exigirían huesos supletorios o articulaciones descoyuntadas. Sin embargo, esto no es apreciable a primera vista y requiere un ojo más que experto para detectarlo. Precisamente el que tenían aquellos connaisseurs del pasado educados en el arte académico, único posible y permitido para ellos, dentro de un ámbito y horizonte mental que hace mucho tiempo ya que hemos sobrepasado y olvidado

Ingres, Madame Rivière
No es sólo el desnudo, ese desnudo ideal, exótico e imposible tan propio del romanticismo - nueva paradoja -, donde brilla el genio de Ingles. Contradictoriamente, lo hace también en el retrato, género que requiere fidelidad absoluta al modelo, o al menos la necesaria para que éste se reconozca y lo reconozcan. Aquí, especialmente en su primera época, los retratos de Ingrés son de una cercanía y una naturalidad apabullante, desembarazados de esa frialdad paralizadora que astraga tantas pinturas neoclásicas, apuntando, por el contrario, a una intimidad cómplice con las personas que posan.

Es así como ese detallismo y perfeccionismo, esa primacía del dibujo y la obsesión por el acabado perfecto se revelan los mejores aliados de Ingrés, al conseguir, en su estilo, la impresión de que nos hallamos frente a la persona real, quien podría en cualquier momento darse cuenta de nuestra presencia y hablarnos. Una magia que muy pocos han logrado, y que no se debe a la técnica neoclásica, sino a ese factor incógnito que distingue aun gran pintor de uno meramente notable.

Y no hay que ir muy lejos para comprobarlo. Basta con acercarse a las salas del siglo XIX de El Prado, para ver cuantos artistas del montón intentaron copiar a Ingres, sin llegar a ser otra cosa que eso mismo, copias indistinguibles, faltas de vida y originalidad.

Falsas, en definitiva.

Ingres, Madame de Sennones