miércoles, 30 de diciembre de 2015

Falsas dicotomías




















Aprovechando el paréntesis navideño, me estoy poniendo al día con las películas de anime que tengo almacenadas. La última que he visto ha sido la tercera entrega de la franquicia Psycho Pass, en forma de largometraje, después de las dos series precedentes, de 22 y 11 episodios respectivamente. Sobre el papel, esta serie de series parecía destinada a convertirse en una de las clásicas del anime, tanto por constituir una necesaria vuelta al género de la distopia de Ci-Fi que en el pasado parecía consustancial a esta escuela de animación, como por contar a los mandos con un guionista de prestigio, Urobuchi Gen, y una productora esenciale, Production I.G.

Sin embargo, series y película han acabado siendo un fiasco, en parte porque ha servido para confirmar las limitaciones de productora y guionista. Production I.G lleva bastantes años más preocupada del acabado visual que de la coherencia de sus producciones, mientras que Urobuchi, porque a pesar de la dureza implacable que se le atribuye, no tiene la profundidad intelectual suficiente para completar los complejos mundos que imagina, especialmente en lo que se refiere a sus dilemas morales. Es ahí, precisamente, donde radica el mayor defecto de esta obra, puesto que su raíz temática es precisamente el desarrollo de un problema moral, el que afecta a una sociedad donde un sistema cibernético, el Sybilla System, es capaz de determinar quien es un delincuente en potencia, tras lo cual es posible encarcelarlo, o eliminarlo si llega el caso, sin necesidad de presentar pruebas o enjuciarlo. Estas tareas están ambas a cargo de unas fuerzas policiales, llamadas irónicamente Oficina de Salud Pública, que no deben responder ante nada ni nadie, ya que sus acciones están justificadas por ese ordenador omniscente e infalible.

Por supuesto, ese sistema cibernético no es ni tan omniscente ni tampoco tan infalible, sino muy humano, interesado y parcial. No obstante, el problema de esa sociedad no está en que el sistema sea falible y pueda condenar a inocentes, sino que sus fundamentos son profundamente injustos y discriminatorios. Mientras que la sociedad de esta distopia se asegura una vida feliz y segura a la mayoría sus ciudadanos, siempre existe la posibilidad de que factores externos - por el ejemplo, ser testigos de un crimen - les lleven a caer en la categoría de los criminales "potenciales", con la consecuencia de verse despojados definitivamente de sus derechos civiles, haciéndolos desaparecer por completo en prisiones secretas, disfrazadas de instituciones mentales. Por otra parte, esta paz social sólo se ha conseguido mediante un uso extensivo de la censura, eliminando cualquier opinión y contenido que puedan poner en cuestión el sistema. Las libertades individuales, por tanto, han sido abolida, hasta un extremo que el estado, el Sybilla System, decide sin restricciones cual va a ser la vocación y el destino de cada ciudadano, tomándose cualquier oposición a esta directriz como señal de potencialidad criminal.

La sociedad de Psycho Pass tiene así mucho del 1984 Orwelliano, diferenciándose sólo en que el nivel de vida semejante al de un país del primer mundo. Cabría esperar, por tanto, que serie y guión, tomasen partido claro contra ese tipo de sociedad, como es habitual en el genero de las distopias. El problema es que sí que se toma partido, pero a favor del Sybilla System, que a pesar de todos sus defectos se señala como único posible, como único bueno y justo. 

Se podría pensar que esto es una estrategia del guionista para ilustrar mejor las derivaciones, dificultades y contradicciones del problema moral que plantea. Así lo llegué a pensar, pero a medida que avanza la serie y sobre todo con esta película, tengo la impresión de que Psycho Pass es 1984, pero escrito por el Ministerio de la Verdad Orwelliano. Por una parte, el punto de vista constante es el de las unidades policiales que mantienen el orden en el sistema, el de sus perros de presa, no el de los ciudadanos inocentes, ni el de sus posibles victimas. Así, el protagonista principal, el inspector Akane Tsunemori está convencido de la justicia inherente a su labor, de manera que cualquiera de las atrocidades en la que participa no pasan de ser excesos del sistema que pueden corregirse perfeccionando éste.

Una corrección que en el ideario de Tsunemori se limita a conseguir el consentimiento de la población, una vez que esta sea informada de la realidad del Sybilla System. Este refrendo, obviamente, habrá de tener un resultado positivo, puesto que ese sistema es el mejor posible, el único que puede asegurar la paz social y la prosperidad. Esta conclusión es apuntalada por la serie recurriendo a una serie de falsas dicotomías, tanto presentando a los opositores al sistema como terroristas sanguinarios, peores por tanto que la dictadura del Sybilla System, como mostrando que el mundo fuera de la protección de este sistema sólo puede regirse por la ley de la jungla, la guerra de todos contra todos, en el la justicia está basada en la violencia.

Complacencia y conformismo que terminan por convertirse en los rasgos característicos de la serie, que nos pide una y otra vez que aceptemos la verdad, la necesidad y la justicia del Sybilla System. Que nos dejemos gobernar como borregos y que seamos felices de inclinar la testuz.

Es más, que nos sintamos orgullosos.