domingo, 3 de marzo de 2013

The World at War: Reckoning, 1945 and after





























Los capítulos finales de The World at War, que ido comentando en las semanas pasadas, estaban dedicados a los momentos finales de la guerra, el último paroxismo de muerte y destrucción que, como todo en ese conflicto, superó a todo lo conocido hasta entonces, dejando bien a las claras que ese conflicto iba a ser el más mortífero conocido por la humanidad, hasta el último minuto de combate.

Para muchos, la narración del conflicto debería terminar ahí, una vez firmadas las rendiciones de Alemania - 7 y 8 de Mayo, respectivamente - y Japón - 1 de Septiembre. De hecho la idea popular - el mito - que se ha extendido hasta hace apenas unos años es que acabadas las operaciones militares, todo fue un camino de rosas y que la paz, la alegría y la celebración fueron generales en todo el mundo, especialmente en Europa, que desde ese instante viviría en la abundancia propia de los cincuenta y sesenta, una riqueza y una prosperidad sin precendentes que ese continente sólo ha visto concluida en el último lustro y que cada vez es más claro que no volverá a recuperar.

Sin embargo, esa mito popular es sólo eso, un mito. La realidad es que, del Atlántico a los Urales, Europa no era otra cosa que un inmenso campo de ruinas, una amplísima area desolada en la que habían perecido decenas de millones de personas, mientras que otros muchos millones habían sido deportados o habían simplemente huido de sus hogares, y ahora vagaban sin destino fijo por ese continente, muchos de ellos sin posibilidad alguna de volver a sus patrias. A esta catástrofe humana se unía la extensa destrucción material, producida por la perfección de los instrumentos bélicos, las ciudades no eran otra cosa que pilas de escombros, incapaces de dar abrigo a sus habitantes, las comunicaciones y las industrias más básicas ya no existían, destruidas por los combatientes para negar su uso al enemigo, mientras que la producción agrícola y ganadera había sido reducida a un mínimo, tanto por falta de mano de obra, derivada hacia los ejércitos en lucha, como por la destrucción que el avance y la retirada de los ejércitos alemanes habían causado.

El hambre y el frío del invierno amenzaban con causar aún más  víctimas civiles, a lo que se unía, agravándolo, el hecho de que el fin de las operaciones militares no había traído la paz a muchas regiones de Europa, especialmente en el este, en el que las deportaciones, las transferencias de población y las purgas realizadas por los el nuevo amo soviético se extenderían hasta la década de los años cincuenta, cuando la muerte de Stalin posibilitaría cierto deshielo. El futuro de Europa, la supuesta cuna de la civilización moderna, se presentaba más que negro, quedando a merced de los nuevas potencias mundiales, los EEUU y la URSS, cuya lucha por la supremacía, la guerra fría, trazaría una cicatriz que aún perdura en el mapa de Europa, y que durante medio siglo amenazaría con convertir ese continente en un nuevo campo de batalla, evitado, en cruel paradoja, por la existencia de las mismas bombas atómicas que podían aniquiliar la civilización por completo.

Un estado de muerte y destrucción, cuya responsabilidad recaía por entero en un sólo hombre y un solo partido, Hitler y el partido nazi, cuya locura homicida e irracional, había llevado al continente a su peor catástrofe, de la cual nunca se recuperaría por entero.






















En esas circunstancia todo hacía prever una venganza sin precedentes, en la que todos aquellos que tuviera alguna relación con Hitler o el nazismo fueran ejecutados sumariamente, castigo más que justo visto el dolor y el sufrimiento que habían causado a Europa.

No fue así, en un arrebato de idealismo sin precedentes, y que hoy sería irrepetible, fuimos capaces de decidir que los monstruos merecían un juicio justo, que tenían derecho a defenderse como otro cualquier ser humano, aunque ellos nunca hubieran mostrado esa misma compasión ante sus víctimas inocente. Aún más grande y más honroso, fuimos capaces de decidir que la guerra era un crimen, que en el curso de la guerra había una serie actos que no eran tolerables y que cierto tipo de acciones, ya fuera en tiempo de guerra on en tiempo de paz, eran tan odiosos que ponían a su perpetrador fuera de la entera comunidad de los seres humanos, de manera que nunca prescribirían, que nunca podrían escapara a su justo castigo, por mucho que vivieran.

Pero sobre todo y más importante que nadie podría escudarse y refugiarse tras conceptos hueros como la razón de estado o el juego político, ni tras la importancia y altura de su cargo, sino que todo gobierno y todo gobernante debería legislar y actuar por la paz y para la paz, a riesgo de enfrentarse con ira y el justo castigo que decidiera el resto de la humanidad.

Y esa y no otra, es la gran herencia de la segunda guerra mundial. Lo único que es noble y honorable en toda esa inmensa matanza sin sentido.