domingo, 10 de marzo de 2013

The World at war: Remember, 1939-1945


































El capítulo de esta semana de The World at War, Remember, trata de mostrar la guerra desde el punto de vista de los participantes anónimos, soldados y civiles. Ya he señalado como esta serie, realizada a principios de los 70 del siglo XX, fue una de las primeras en mostrar el cambio de paradigma en la narración de la historia bélica que se había producido en la década anterior. La guerra había dejado de ser una simple enumeración de batallas, descritas con flechas asepticas dibujadas sobre un mapa, tal y como se enseñarían en las academias militares, para transformarse en una experiencia que podía afectar a los propios lectores, de manera que lo realmente importante era averiguar como el hombre de la calle había experimientado, sufrido y sobrevivido - o perecido - en el conflicto.

Esa visión era una visión más honesta y mucho más humana que la anterior, que en demasiadas ocasiones se reducía a una colección de tableux vivants a mayor gloria de generales y gobernantes, en las que soldados y civiles no eran otra cosa que objetos decorativos para añadir color y dramatismo. Prescindibles y substituibles, por tanto, como la carne de cañón que los militares son tan proclives a utilizar sin tasa. Esta sinceridad y cercanía del nuevo modo de narrar la historia militar no implica necesariamente que esté libre de manipulaciones y distorsiones, de manera que las viejas ideas de patriotismo y sacrificio siguen siendo propagadas como antaño, sólo que con un nuevo disfraz. Películas y series como Saving Private Ryan o Band of Brothers, han sido calificadas de pacifistas, sólo por su naturalismo visual, cuando en realidad su núcleo argumental es que, a pesar de la matanza y el sufrimiento, la guerra tiene un sentido y que la generación que sobrevivió al conflicto es mejor que las que le siguieron - especialmente que los hippies de los 60.

En esta visión de la guerra se olvida lo que The World at War demuestra en imágenes una y otra vez. Primero que nuestra visión del conflicto es sólamente la de aquellos que sobrevivieron - excepto excepciones - y que estos recuerdos son frecuentemente los expresados muchos decenios después, cuando el olvido ha hecho su trabajo, borrando lo más desagradable, dejando únicamente aquello positivo. Así, la camaredería, la aventura, la superación personal se erigen en los protagonistas absolutos del realato, dejando a un lado el miedo, la suciedad y el aburrimiento, el auténtico núcleo y verdad de la experiencia militar, precisamente aquellos aspectos que más difíciles son de representar en imágenes, si no se quiere que el público en general abandone la sala o cambie de canal.

Por otra parte, estas historias suelen ser solamente de soldados, que combaten en un paisaje vacío y desolado, olvidando que los campos de batalla - especialmente los de las segunda guerra mundial - estaban densamente poblados. El número de víctimas civiles en el conflicto superó ampliamente al de muertos militares, en gran medida porque en una guerra total como fue esta, todos los combatientes consideraron que la población civil era un objetivo legítimo, un medio de quebrar la resistencia del contrario. Ninguno de los ejercitos en conflicto tuvo la menor consideración con aquello que se conoce ahora como "bajas colaterales", de manera que cualquier núcleo de población - salvo excepciones - fue salvajemente bombardeado y combatido casa por casa, los defensores para retrasar al enemigo, los atacantes para eliminar toda resistencia, hasta que la mayor parte de Europa devino un inmenso campo de ruinas.

En este proceso de resistencia a ultranza, de uso del poder militar para extirpar esa misma resistencia de raíz, el sufrimiento de la población civil alcanzó grados nunca antes visto, una situación agravada porque los países del eje eliminaron de sus reglas de combate todo tipo de compasión y clemencia. Los excesos de la lucha antipartisana en el este de Europa - extendidos luego a Europa occidental -, centrados en la eliminación sistemática de centros enteros de población cercanos a las zonas donde los partisanos estaban activos, explican en buena manera las cifras astronómicas de muertos en Rusia y Polonia, exacerbados por el racismo inherente al sistema nazi por el cual poblaciones enteras de Europa, como los eslavos, estaban consignados a la extinción, por lo que exterminarlos no sólo estaba permitido, sino que era absolutamente necesario.

Es precisamente esa narración, la de los sufrimientos de la población atrapada en las operaciones sin posibilidad de escape, la que falta en muchas de la narraciones del conflicto, en la práctica totalidad de los productos artísticos, los cuales sólo se preocupan de la psicología de los soldados, no por motivos pacifistas, sino para convertirlo en mejores ejecutores y verdugos, una postura que constituye el epítome de la abyección.