martes, 19 de marzo de 2013

Walking through Auschwitz

Los campos de Auschwitz en relación con la población polaca de Oswiecim

Gracias a la hospitalidad de un amigo polaco, he tenido la oportunidad de visitar este fin de semana los restos del campo de exterminio de Auschwitz, uno de los lugares infames en la historia de la humanidad. de ésos que bastarían para condenarnos como especie. No saqué ninguna foto - en general tiendo a no sacar fotos últimamente - puesto que hacerlo me parecía una profanación actuar como turista en un lugar sagrado, que debe servir como advertencia y recordatorio perenne de los abismos a los que el ser humano puede descender, no como medio de aburrir a los amigos en las reuniones.



Como sabrán los que lean este blog, no soy precisamente un novicio en lo que se refiere a la segunda guerra mundial, pero debo decirles que ninguna foto, ningún texto, puede substituir a la experiencia directa, aunque esta sea la de un visitante que poco tiempo después se regalará con una opípara cena y dormirá en una cama confortable, en vez de aquellos que - si tenían la suerte de no ser enviados a la cámara de gas según llegaban - tendrían que trabajar hasta la muerte en condiciones espantosas, sin ropa ni alimentación adecuada, sin cuidados sanitarios ni protección, como los subhumanos que eran para la idelogía nazi.

Cuando fui, Polonia acababa de surgir de una fuerte tormanta de nieve. La mordedura del frío - especialmente para un español - era más que perceptible, por muy abrigado que fuera uno. Ése - y no otro - es el primer detalle que los libros y las fotos no pueden transmitirte, el hecho de estar en un lugar desolado, lejos de cualquier refugio o comodidad, a una eternidad del verano y el calor. Ésta impresión se reforzaba al considerar que los prisioneros vestían unos uniformes que no estaban pensados para esas temperaturas, sino que eran delgados como el papel, de manera que sólo aquellos que podían encontrar un refugio en las oficinas, en los laboratorios del campo, en las cámaras de gas, eran capaces de sobrevivir al invierno.

Para nosotros - para los privilegiados de esta Europa en crisis - es imposible imaginar ese frío inextinguible y despiadado. Un frío que no cesaba ni siquiera en los barracones donde se encerraba a los prisioneros, puesto que si los de Auschwitz 1 - el campo más antiguo - eran antiguos módulos de un cuartel polaco, dotados por tanto de cierto aislamiento contra el viento y la lluvia, los de Auschiwtz Birkenau no eran otra cosa que contrucciones provisionales de ladrillo - en el mejor de los casos - o de madera - establos del ejército alemán reutilizados para otros propósitos -. Unos barracones llenos de rendijas, que apenas servían para protejer de la lluvia y cuya misma fragilidad los ha hecho derrumbarse en su mayoría hace decenios.


Auschwitz-Birkenau, La industria de la Muerte

Este encuentro - sentido en la propia carne - con las condiciones infrahumanas en que vivían los prisioneros, es el primer revulsivo que siente el visitante de Auschwitz cuando contempla el campo con sus propios ojos. El otro es, sencillamente, la escala masiva en la que fue construido. Estamos aconstumbrados a la foto típica de la entrada del ferrocarril, pero estamos hablando de unas intalaciones que tenían varios kilómetros de perímetro y que en su apogeo eran muchísimo mayores que el pueblo cercano de Oswiecin, hasta prácticamente anularlo.

Auschwitz era una auténtica planta industrial del exterminio, como bien muestra el largo paseo que lleva desde la puerta principal a los creamtorios - bastánte más de un kilómetro, las hileras casi interminables de barracones - de los que en muchos casos sólo queda la chimenea - y el tamaño de las ruinas de los crematorios. Estamos ante la presencia de unas instalaciones capaces de procesar trenes enteros en un sólo día, lo que se traducía en decenas de miles de asesinatos, y de reducir los restos de sus víctimas a un pequeño montón de cenizas.

Un horror practicamente inimaginable - incluso para aquellos que lo ordenaron - pero que cada visitante a Auschwitz puede revivir, aunque sólo sea de forma muy leve, encarnado y ejemplificado en las inmensas montañas de pelo humano, de gafas, de utensilios de cocina, de zapatos, de maletas sin dueño que se amontonan en el museo, el mudo  - y único - testimonio de todos aquellos inocentes asesinados por la barbarie nazi.