sábado, 23 de marzo de 2013

Old Friends/New Acquaintances

Monet, El Parlamento, Londres, Sol entre la niebla.
Me van a permitir que me queje un rato antes de cubrir de elogios la exposición de la Mapfre.

Como saben los que me conocen, me repatea bastante que el nombre de los impresionistas de utilice como reclamo comercial para atraer multitudes a las sedes expositivas, especialmente este invierno, cuando parece haberse declarado una guerra entre la fundación Mapfre Madrileña y el Museo Thyssen para demostrar quien es más impresionista de los dos - y lo ha sido de siempre - llegando a extremos que bordean el ridículo. La cosa podría quedar ahí, sino fuera porque ninguna de las exposiciones trata en realidad del impresionismo, sino de otras cosas, con lo que en realidad podríamos hablar de publicidad más que engañosa.


En el caso de la exposición de la Mapfre se puede alegar que tenemos un buen puñado de obras de Monet y Renoir, pero ahí queda el impresionismo de esa muestra. Cualquiera puede darse cuenta que las obras de ambos pìntores son de sus últimas épocas  - cuando Monet estaba abriendo caminos y Renoir haciendo el ridículo - mientras que, singularmente, Degas sólo tiene una obra, Pissarro una de su periodo puntillista - es decir, antimpresionista, y Manet está llamativamenta ausente. Esta extraña distribución de obras no es casual y se debe a que lo que realmente está relatando esta exposición es la disolución del grupo impresionista para dejar paso a una constelación de pintores jóvenes y de "ismos" - Seurat y el puntillismo, los Nabis y la escuela de Pont-Aven, o los varios simbolismos- cuyo único nexo de unión era odiar a muerte a los impresionistas, símbolo de los pintores acomodados y consagrados contra los que se rebelaban.

El público en general no parece darse cuenta de estas sutilezas ni de la intención última de los organizadores. Las salas de los impresionistas y de esos otros pintores - como Gaugin, van Gogh, Cezanne o  Lautrec- a los que erróneamente asocia con los impresionistas están a rebosar, mientras que las narran que paso después se pueden visitar a placer. Para empeorar las cosas, dudo que nadie haya captado la inmensa maldad que supone poner pared con pared al último Renoir con el último Cezanne - es practicamente como escupir a Renoir en el ojo - o que si hay tantos pintores desconocidos en la sala del Gaugin Bretón es porque éste pintor se especializaba en robar ideas a sus compañeros, lo que le granjeó el odio eterno de Cezanne, van Gogh, los Nabis y la escuela de Pont-Aven al completo.

Cezanne, Cebollas y Botella

Dejando a un lado mi jeremiadas, debo reconocer que la muestra es una perfecta ocasión para disfrutar de algunos cuadros emblemáticos - esos viejos amigos a los que hacía referencia en el título -, que para la ocasión han sido iluminados con especial cariño, realzando una belleza que parece intemporal. Los Monet y los Cezanne han resultado especialmente favorecidos, de forma que algunos de ellos me parecía verlos por primera vez, a pesar de que su imagen se halla indeleblemente grabada en mi memoria.

Pero eso es precisamente lo que les hace interesantes, importantes, únicos. Los he visto ya tantas veces, los conozco tan bien, que no espero ninguna sorpresa, excepto esa de encontrar que ya no me dicen nada. Sin embargo el efecto es el contrario, la audacia de los planteamientos de Monet, su ver la realidad de forma imposible pero absolutamente cierta, suplantando a esa realidad de partida, siguen fascinándome, haciendo que pierda la noción del tiempo; mientras que en el caso de Cezanne, es uno de esos pintores al que las reproducciones no le hacen ninguna justicia, peor aún le hacen parecer anodino, falsa impresión que una vista a sus cuadros - aunque sea casual - deshace por completo.

Emile Bernard, Mujeres Bretonas
Aún así, como decía, este reencuentro no es lo mejor de la exposición. La auténtica delicia es encontrarse con todos esos pintores semidesconocidos, desterrados a las páginas de relleno de las enciclopedias, reducidos a reseñas de un par de párrrafos, a una obra emblemática, pero que intentaron con todas sus fuerzas ser originales, no seguir el camino de sus mayores, aunque estos hubieran encarnado la revolución, sino encontrar el suyo propio, su propia forma de rebeldía, su propio espíritu de revuelta.

Ver sus obras recopiladas, reunidas en un solo lugar para que podamos apreciarlas y compararlas, es un auténtico privilegio. Un oportunidad única para cualquier ojo atento, cuya visión no esté limitada ni por la ignorancia, ni por el exceso de conocimiento, el que venden las audioguías, me refiero. Es sólo así, abandonando los caminos trillados, las grandes avenidas, dejando a un lado a esos grandes maestros fuera de los cuales parece terminarse el arte, como realmente se puede - podemos - sentir y apreciar en toda su medida el arte de una época determinado, y, de rebote aprender a apreciar de nuevo a esos grandes maestros cuya presencia constante había embotado nuestro amor y nuestros sentidos.

Maurice Denis, Las Musas