sábado, 9 de marzo de 2013

Swan Song (y I)






Los (pocos) que sigan este blog habrán comprobado como las entradas dedicadas al anime cada vez tienen menos presencia. Hay varias razones, la primera y quizás más importante, la victoria completa y total del complejo moe/kawai, cuyos tentáculos se han extendido de tal manera que en la próxima temporada me es casi imposible detectar una serie que no sea un clon de la habitual comida basura para Otakus. Esta preeminencia del moe/kawai es tan corrosiva que ha eliminado casi por completo aquellas características del anime que nos enamoraron a muchos de nosotros - la madurez temática o la centralidad de sus personajes femeninos - de forma que incluso las series más prometedoras, las productoras más consolidadas, no pueden evitar incluir esas grandes pequeñas concesiones que en otro tiempo serían impensables.

Puede parecer que me estoy refugiando en un pasado dorado, pero ni siquiera me queda ese recurso. Durante los últimos meses, empujado por esa pobreza de la producción reciente, he dado en revisar algunas series míticas antiguas, esperando, como digo, poder retornar a ese paraíso vivido de antaño. Desgraciadamente, la rápida y revolucionaria irrupción del ordenador ha envejecido la animación de esas series míticas hasta un extremo que hace difícil verlas. A este envejecimiento natural, tengo que unir mi revisión durante los últimos años de la historia de la animación - y lo que me queda -, de manera que mis expectativas estéticas en lo referente a este arte son mucho más altas de lo que lo fueron antaño. Terrible mejora que me lleva a rechazar obras, autores, historias, de las que estuve - literalmente - enamorado.

Demasiadas decepciones, que han enfriado mi amor por al anime, especialmente cuando veo a los supuestos amantes de esta manera de la animación dejar de lado a las obras auténticamente importanes, perder el sentido por lo que no son más que trampas para sacarles el dinero, un proceso en el que arrastran a las propias productoras, de forma que, al igual que en el cine comercial, sólo queda la misma mierda eternamente reciclada en multitud de recetas, incapaces de disfrazar el material de partida. Afortunadamente, todavía me encuentro con series - sean antiguas o modernas - capaces de despertar mi pasión primera, así que puede que esta obsesión mía con el anime, continúe aún algunos años antes de perderse en el olvido, como todo aquello que una vez amamos y ahora nos avergüenza.

La última serie en obrar ese milagro de la resurrección ha sido Aoi Bungaku, una producción Madhouse de 2010, a la que dedique extensas notas en su momento y que con el tiempo se ha convertido en el canto del cisne de una productora que durante toda la primera década del siglo XXI encarnó todo lo mejor del anime, lo que podía y debía llegar a ser. Desgraciadamente, el mayor inconveniente de esta serie fueron sus ambiciones, su intento por realizar adaptaciones libres y contemporáneas de clásicos literarios modernos japoneses. Para algunos, esos pocos que consideran al anime como una forma madura en la que que lo moe/kawai es una indignidad, Madhouse se quedo corto, sin llegar a alcanzar el nivel que se esperaba del material de partida, mientras que para la mayoría, el uso de ese material - y la utilización de una amplia panoplia de recursos estéticos avanzados, tanto modernistas como postmodernistas - se consideraba casi una ofensa a su estupidez, tan bien mimada, cuidada y mantenida.

Ahora mismo, tres años más tarde, las diferentes adaptaciones incluidas en Aoi Bungaku se muestran como pequeñas obras maestras, de lo mejor con que el anime nos ha obsequiado. La primera de ellas, que ilustra la novela Ningen Shikkaku (Indigno de ser humano) de Osamu Dazai, consigue un pequeño prodigio en la animación, al narrar una historia plenamente realista - el fracaso de los intentos del alter ego del escritor por vivir con el resto de los seres humanos - y por tanto alejada de lo que la animación debe y pretende conseguir, según dicen los cánones, con secuencias de una abstración imposible de conseguir con actores reales, y que contribuyen a crear un clima de catástrofe inevitable e imparable, el ambiente de pesadilla en que se resume la lenta caída en el infierno personal que el propio protagonista se ha construido.

Esa tarea se ve ayudada por la presencia en reparto de algunas de las grandes voces femeninas del anime, cuya edad ya les impide dar vida a las típicas protaginistas del anime - pero que en esta oportunidad muestran bien a las claras porque fueron grandes y porque merecerían aún serlo, consiguiendo que esta historia de autodestrucción personal adquiera aún mayor resonancia, al obrar ese otro milagro que tan perturbador y placentero resulta para los amantes de la animación: que un conjunto de manchas y colores llegue a tener la misma consistencia que las personas reales con las que nos encontramos en nuestras vidas.

O dicho de otra manera, que sus conflictos y peripecias nos lleguen a afectar personalmente, como si fueran las nuestras propias.