lunes, 25 de marzo de 2013

Transformations
























Vengo siguiendo la trayectoria animada de Bill Plympton - formada por cortos y largos - desde que le descubrí a mediados de la década pasada. Me atraía y me atrae su humor irreverente, siempre atento a lo peor de la condición humana y a todas las mentiras con que ocultamos nuestras bajezas, pero con un toque especial que permite que  os riamos a mandíbula batiente de lo que somos, aunque estemos ardiendo en las llamas de ese infierno del que tanto disfrutamos. Ese humor grueso e irrespetuoso es típico de la tradición reciente americana, pero afortunadamente Plympton no se queda en el chiste más o menos fácil, en la gamberrada más o menos escándalosa, sino que las dota de una animación experimental, creativa y expresiva, que señala a una animador de raza y no a un inmenso timo como McFarlane y sus sucesivos Family Guy, American Dad y demás.

No es de extrañar que Plympton se haya convertido en el animador más conocido de la escuela de Nueva York - cuyos orígenes se remontan al inicio de la animación mundial - y que, en cierta manera, se haya convertido en su maestro y líder, una pequeña injusticia al trabajo de otros animadores neoyorquinos no menos dotados e importantes. De hecho, el trabajo de Plympton adolece de un grave defecto consistente en que su largos  hasta ayer mismo no dejabana de ser una colección de cortos recosidos, de forma que cuando mejor funcionaban era cuando asumían esta condición de festival Plympton y no se preocupaban por buscar una continuidad entre ellos o una razón que los uniese.

En ese sentido, Idiots and Angels, la penúltima película de Plymptom, constituye un punto de inflexión. La he visto durante este fin de semana y no sé muy bien que hacer con ella. No porque sea mala, todo lo contrario, sino porque se presenta como una obra de transición, entre el Plympton que todos conocemos y otro Plympton que nos sabemos que derroteros tomará o sí en ese nuevo camino será capaz de mantener la altísima calidad de su obras anteriores. Por supuesto, no se lleven a engaño, esta pelicula sigue siendo una obra de Plymptom, perfectamente reconocible por su mirada irónica sobre la condición humana, caricaturizando nuestros peores defectos, mientras que adopta esa forma habitual suya en la que las diferentes secciones se yuxtaponen, sin que exista una relación causal o temática entre ellas, más allá de las restricciones de escenario y personajes.

Sin embargo, en esta ocasión, no nos encontramos ya ante una sucesión de cortos. Plympton intenta ensamblar todas sus secciones, de manera que acabemos por encontrarnos ante un todo armonioso y coherente, aunque no salga del todo airoso. Hasta ahí no habría nada nuevo que señalar, se trataría de una evolución natural y necesaria en la obra del americano, pero lo que desconcierta y sorprende en esta película es el giro decidido de Plympton hacia la poesía, el simbolismo y la parábola social disfrazada de alegoría. Sorprende asímismo la seguridad con que se realizan estos giros, insertados con singular maestría en la habitual fiesta de excesos que componen sus largos - con algún que otro pequeño patinazo, es cierto - como si los unos no tuvieran sentido con los otros.

Dicho esto, queda una duda. Muy importante, al menos para mí. ¿Qué ha provocado este giro en Plymptom? Me hubiera gustado atribuirlo a algún tipo de conflicto/separación entre él y Signe Baumane, su colaboradora y amante durante largos añós, pero no he podido encontrar nada al respecto, excepto que Baumane no está en el equipo de Idiots and Angels, así que sólo debe ser una idea estúpida muy propia de mi manera que pensar, siempre demasiado dispuesto a encontrar romanticismo en todas las decisiones vitales.