jueves, 28 de marzo de 2013

Go out and see with your own eyes

Ferdinand Hodler, Los "dents du midi"
Como ocurrió en mi reseña de la exposición abierta en la Mapfre, me van a permitir que comience también mi valoración de la muestra del museo Thyssen, con una buena diatriba. En primer lugar hay que decir que no se puede titular una exposición como Impresionismo y Aire Libre: De Corot a van Gogh, cuando el impresionismo apenas es una mínima parte de lo expuesto y esa fracción impresionista es en un 95% Eduard Monet y poco más. La exposición, en realidad, narra la evolución en la percepción del paisaje de mediados del siglo XVIII (¿por qué esa fecha) hasta los tiempos de la vanguardia (de nuevo, ¿por qué esa fecha?), centrándose en la eclosión del paisaje realista (escuela de Fontainebleau y similares) y para cerrarlo con la reutilización del mismo por parte de los simbolistas y similares.



De nuevo, poco impresionismo en ello, como debería haber hecho pensar el mismo epigrafe de la exposición al nombrar a dos pintores, Corot y van Gogh, que no son impresionistas, pero que al público le suenan a eso. Es cierto que la revolución del paisaje en el siglo XIX es central en la eclosión del impresionismo y en su disolución en la vanguardia del siglo XX, pero si se quería narrar esta historia, había que haberlo hecho mucho mejor, advirtiéndolo de entrada, no dejando a un lado pintores fundamentales, como Caspar David Friedrich o Delacroix, pero especialmente, marcando adecuadamente los límites temporales, ya que en realidad la exposición no va de Corot a van Gogh, sino de Valenciennes a Dérain/Nolde, pero esta precisión no hubiera convocado las multitudes que ha atraído.

Ese y no otro es el gran pecado de esta exposición: engañar al público con el señuelo del impresionismo, hacerle creer que va a ver una cosa para mostrarle otra, con el fin rastrero de vender unas pocas más entradas... mientras que el museo vende cuadros fundamentales de su colección, como el único Constable que había en los museos españoles.

Pierre-Henry de Valenciennes, Estudio de Nubes

Puedo haber sonado muy duro, pero la verdad hay que decirla, duela a quien duela. Cosa que, que les tengo que confesar, me duele muchísimo, porque la susodicha exposición es más que notable y sólo la fastidia la estúpida elección que se ha hecho del nombre... y quizás que las salas de la Fundación Caja Madrid/Bankia ya no estén disponibles, reduciendo drásticamente el número de obras que se pueden contemplar.

Esta muestra se las arregla para narrar una historia conocida y muchas veces contada, de una forma nueva y original. Se trata, por supuesto, del papel fundamental de la pintura de paisaje puro en la conformación y evolución de la vanguardia, entendida como abandono de una pintura narrativa y literaria para desembocar en otra en que el tema no tuviese importancia alguna y cuyo fundamento estuviese en la mera forma y el color, la abstracción pura, si estos postulados se llevaran al extremo. Este paisaje puro nació a mediados del XVII en Holanda como un modo más de la pintura de género (y sería posible rastrear su orígenes a principios del XVI con Durero y Altdorfer) pero sería sólo en el siglo XIX cuando se revelaría como una forma válida, capaz de hacer avanzar la pintura hasta nuevos territorios antes explorados, gracias al genio de pintores como Turner y Constable en Inglaterra, Caspar David Friedrich en Alemania, o Corot y Courbet en Francia.

Este interés por el paisaje constituiría uno de los motores del futuro Impresionismo y llevaría al famoso concepto de peinture à plein air, en el que el pintor abandonaría definitivamente su estudio y realizaría sus cuadros el aire libre, intentando captar el momento pasajero, la realidad tal y como era con una iluminación determinada, en un momento del día y una estación del año precisa. La paradoja, en la que quizás ninguno de esos pintores repararía hasta tiempos de la vanguardia del siglo XX, cuando ya era demasiado tarde, consistía en que el fundamento estético de este tipo de pintura era el realismo más sobrio, el intento de representar el mundo tal y como lo vemos, pero lo que acabó surgiendo fue la abstracción pura, esa en que sólo el color y la forma tienen importancia.

Una contradicción que surgió del propio método de trabajo, la rápidez que exigía la pintura al aire libre no permitía al cuadro pasar de boceto, como el hecho de que la naturaleza - árboles, nubes, montañas y ríos - es esencialmente abstracta, ajena a todo tipo de literalización o tematización que si se intenta imponer hace mala la pintura de paisaje, al tornarla sentimental y pintoresca, postal turística en definitiva, tipo de pintura del que  afortunadamente las cámaras fotográficas portátiles han venido a librarnos.

Eugène Boudin, Cielo al atardecer
esta historia como digo, ha sido contada muchas veces, y esta exposición podía haber sido una de más, la repetición sin alma de lo que se puede encontrar en los libros de texto. No es así porque la muestra se atreve a salirse de los caminos trillados, enfrentando al espectador con un buen número de nombres desconocidos, pero sorprendentemente valiosos, al mismo tiempo que se muestran aspectos insospechados de pintores más que famosos, de los que creíamos saberlo todo.

Así, si la imagen que tenemos de Corot es la de pintor que descubrió el paisaje impresionista en los años 20 del XIX, creando una serie de vedutas de radicalidad incompatible con su tiempo, descubrimos con cierta tristeza que lo que habíamos supuesto la producción principal de este pintor no lo era, sino bocetos para incluir en sus obras mayores, o las que él pensaba mayores, explicando así su aparente decadencia en las décadas posteriores. No menos sorprendente es la evolución final de Eugène Boudin, con demasiada frecuencia restringido al papel de pintor aficionado maestro de Monet, pero que el la década de los 90 del siglo XIX, en su ancianidad, fue capaz de pintar una serie de lienzos que realmente parecen propios de otra mano y de un artista con cuarenta años menos, inimaginables en un anciano cuya pintura había sido estrictamente realista - del realismo de los años 50 - hasta ese entonces.

Entre los nombres desconocidos y no tan desconocidos, está el de Pierre-Henry de Valenciennes, un artista del XVIII que legó una gran cantidad de apuntes de paisaje, de una modernidad propia de un siglo más tarde - nuevamente de esa década de los 50 del siglo XIX - lo cual puede explicar el olvido en que se ha mantenido hasta ahora mismo. O los cuadros de un Ferdinand Hodler, es pintor suizo de finales del XIX, que por su calidad de simbolista y de no francés, no figura entre los grandes nombres de ese final de siglo pre-vanguardias, pero que se revela como un paisajista de genio, capaz de utilizar esa naturaleza como excusa para reflejar sus conflictos interiores, expresada en un uso del color y la línea que no merece otro nombre que el de expresionista.