sábado, 30 de marzo de 2013

Fighting death











Un fenómeno que todo aficionado al arte quisiera tener el privilegio de contemplar es como un artista coetáneo eclosiona y adquiere su madurez, como sus primeros balbuceos, bienintencionados pero fallidos se transforman en un edificio sólido y macizo, que acaba por trascender aquellos intentos iniciales, en los que nada hacía presentir esa plenitud final, anticipo de nuevas vías y caminos.

Esto es lo que yo - y otros muchos - he tenido la oportunidad de disfrutar con la obra reciente de Don Hertzfeldt, especialmente con su trilogía Everything will be ok-I'm so proud of you-It's such a beautiful day. En sus inicios, este animador parecía uno más de tantos rebeldes-iconoclastas tan comunes en la animación reciente americana, que por su propia abundancia acaban por no ser rebeldes ni iconoclastas, como desgraciadamente viene a demostrar un somero examen de las ideas políticas de los creadores de South Park o Family Guy. En el caso de Hertzfeldt, este rasgo de la escuela americana parecía no obstante llevado a una radicalidad extrema que especialmente afectaba a la estética utilizada en sus cortos. En Rejected, por ejemplo, su obra maestra de ese periodo de formación, lo importante no era tanto que se representase la violencia de forma explítica, sino que Hertzfeldt restringiese su animación a lo que los anglosajones llaman stick figure, lo que no evitaba que el final se convirtiese en una fiesta-orgia de lo mejor que la animación puede ofrecer, una proeza al alcance de unos pocos.

Rejected, un corto excepcional, podía haberse convertido en el techo al que el genio de Hertzfeldt podía aspirar, un modelo que se repetiera - y copiara - una y otra vez, hasta que su novedad estuviera tan gastada que sólo produjera bostezos. En el caso de Herztfeldt, no obstante, se convirtió en un punto de partida, ya que en su siguiente corto, The Meaning of Life, se produjo un doble giro que mostró bien a las claras que no estábamos tratando con una animador más. En primer lugar Hertzfeld renunció a cualquier tipo de ayuda que pudieran ofrecerles los ordenadores - el corto terminaba con un orgulloso "No se han utilizado ordenadores" - para centrarse en experimentar con las posibilidades que la animación tradicional podía ofrecerle. En este proceso, al contrario de lo que podría suponerse, la palabra experimentación es capital, ya que Hertzfeld empezó a moverse en los límites de la animación, intentado resolver auténticos problemas imposibles, a los que daba expresión mediante complejos mecanismos que inventaba en su estudio- contemplar su proceso creativo en los making of  supone otro de los placeres de sus cortos - y un sinnúmero de horas de trabajo.

El segundo giro fue un movimiento hacia el análisis existencial, indicado por el propio nombre del corto, que desembocaba en una constaración del absurdo de nuestras vidas, mostrado en imágenes al trasladarnos a un tiempo en el que la especie humana ya no existía y otras formas de vida habían ocupado nuestro lugar, sin que esto supusiera que alguna pregunta fundamental hubiera recibido respuesta. Esta preocupación se acentuaría en la trilogía a la que hago referencia, la cual no es otra cosa que la larga y angustiosa narración de la muerte por enfermedad del protagonistas, casi al estilo del Ivan Ilich Tolostoiano, en la que la iconoclastia de los primeros cortos de Hertzfeldt se revela en la la elección de un tema, el de la muerte y la desaparición personal, completamente ausente del cine y la cultura moderna.















Puede parecer paradójico, pero en un tiempo en que la violencia y el asesinato son omnipresentes en nuestras pantallas y nuestras lecturas, la muerte personal, la extinción irremediable de nuestro ser se han convertido en un tabú, el último tabú que queda por romper. En todos los casos en que la muerte se muestra es bien la muerte de los otros, algo que no nos afecta y que no nos quitará el sueño, o bien es casi un apéndice de la vida, un suceso vital contra el que se puede luchar y combatir, con la conclusión explícita de que puede ser vencida o de que tendrá algún sentido. Nada de estas mentiras con las que nos protegemos queda en la trilogía de Hertzfeldt, la muerte que persigue al protagonista es una muerte por enfermedad - se intuye que un cáncer cerebral - una rebelión del cuerpo contra el individuo que poco a poco va carcomiendo y demoliendo todos los recuerdos que le identifican, hasta arrojarle - inerme e impotente - en un nuevo territorio en el que el no se conoce a sí mismo y donde la única realidad es la de la muerta próxima, el único ser que nunca se olvidará de nosotros, nunca nos abandonará, hasta el mismo final que ella misma ha provocado.

Dicho así, esta narración podría haber terminado siendo uno de esos telefilmes lacrímógenos con los que las cadenas generalistas llenan su programación. Si no lo es, es porque - como en Ivan Ilich - el progreso de la enfermedad lleva al protagonista a un estado de soledad fundamental, aquella de la que creemos librarnos pero que es tan perenne compañera nuestra como la misma muerte. pero especialmente porque Hertzfleldt utiliza todos los hallazgos de The Meaning of Life y Rejected para representar, con una intensidad inesperada e inusitada, los estragos que la enfermedad causa en la cordura del protagonista. El animador americano utiliza el poder de la animación para representar lo irreal y lo abstracto para crear ese mundo de pesadilla en el que el personaje se ve atrapado a su pesar, por ejemplo, partiendo la pantalla en diferentes escenas que sirven para mostrar los múltiples procesos mentales que compiten por la atención del protagonista.

Esta confusión mental  se ve reforzada con efectos sonoros como el momento en que la narración se convierte en un ruido discordante mientras imágenes completamente incongruentes invaden la pantalla, como si el espectador cayese en la locura al mismo tiempo que el protagonista, para luego despertar con él en una fría cama de hospital. Un paroxismo visual durante el que Hertzfeldt no tiene miedo de romper los límites entre la imagen real y la animación, como si fueran una y la misma cosa, o de incluir secuencias completamente abstractas, dignas del mejor artista de vanguardia.













Una visión  extrema de las miserias humanas como pocas veces se había visto - de nuevo sólo se me ocurre el caso del Ivan Ilich Tolstoiano - y que no espero ver repetida o igualada en muchos años, especialmente en estos tiempos soft en que vivimos, donde nada importa ni nada merece la pena, para nuestra desgracia.

Pero por supuesto, mucho mejor para Herztfeldt, confirmado como uno de los grandes, y para nosotros, que tenemos el privilegio de ser su contemporáneos.