Hubo actos inquisitoriales contra toda clase de persona, sin distingo de calidad o jerarquía y por los actos más diversos. Empezando por la propia jerarquía eclesiástica: fueron procesados, entre otros, los obispos de Segovia y Calahorra, dignidades eclesiásticas del clero regular y secular culminando con el proceso - estudiado por Tellechea - de Bartolomé de Carranza, arzobispo de Toledo y máxima figura de la iglesia española, uno de los acompañantes de Felipe II en su cruzada de reconquista espiritual de Inglaterra con motivo del matrimonio regio: el proceso a Carranza - que ha sido objeto de estudios múltiples, por lo que tuvo de conflicto jurisdiccional ente la monarquía española y la Santa Sede - dejaba bien patente que en la España del siglo XVI nadie estaba a salvo de las indagaciones inquisitoriales. En plena paranoia represiva, el cardenal Quiroga y el Consejo de la Inquisición tuvieron la osadía de abrir causa contra el propio pontífice Sixto V, por haber publicado la Biblia en italiano - lengua vulgar, como se publicaban las biblias de los luteranos -, llamada Biblia Sixtina, y poner al comienzo de la edición una bula pontificia donde se recomendaba su lectura al pueblo por el aprovechamiento que habría de obtener de ella. El monarca español, a través de su embajador en Roma, conde Olivares, exigió al Papa que rectificara, y la Inquisición española, sin menor reparo, condenó la Biblia papal como si se tratase de la Casiodoro de Reina o de cualquier otro insigne luterano.
Antonio-Miguel Bernal, Monarquía e Imperio, Tomo 3 de la Historia de España Fontana/Villares
Tenía un tanto abandonada esta serie de entradas en las que les voy contando mi revisión de la historia de esa cosa llamada España. La base de mis anotaciones es la comparación de dos historias distintas, la dirigida en el Reino Unido en los 90 del siglo XX por John Lynch, frente a la más reciente, y aún inconclusa - ese tomo de la transición, cuanto se hace esperar -, coordinada por Josep Fontana y Ramón Villares en la primera década del siglo XXI.
El punto en el que me había quedado interrumpido hace ya varios meses no puede ser más significativo. Se trata del nudo gordiano en la historia de ese sujeto histórico conocido como España, al cual vuelven una y otra vez para justificar sus dogmas, tanto sus mayores propagandistas, esa derecha esencialista tan viva y tan vocal hoy día, como sus mayores enemigos, los representantes de esos nacionalismos periféricos no menos combativos y providencialistas. Me refiero, como ya habrán adivinado, al momento en 1469 en que el heredero del trono aragonés y la aún pretendiente al trono castellano se unen en matrimonio para dar lugar así a la unión personal de los dos reinos peninsulares principales. Un evento dinástico, con demasiadas características de casualidad, azar y fortuna, que se verá continuado con la proyección internacional de los reinos hispanos en la política centroeuropea, durante el gobierno emperador alemán Carlos V, y la creación posterior del Imperio Universal Español de Felipe II, que como tal sólo llegará a estar completado a la muerte de este rey.
Como se puede intuir de lo anterior, mi visión de este proceso histórico que abarca más de un siglo, no es precisamente la de ese nacionalismo esencialista que considera al sujeto España preexistente a su marco temporal, y por tanto, destinado a existir eternamente, sean cuales sean sus avatares, sus reveses pasajeros. Contra esa simplificación interesada de una realidad compleja, van a ir dirigidos muchos de mis dardos en lo que sigue, entre otras cosas porque esa es la ideología que me queda más a mano y con la que estoy mas familiarizado, lo que no significa que no haya flechas en mi aljaba contra los de la corriente opuesta, los nacionalismos secesionistas. Pero dejemos los preliminares y comencemos con las diatribas.
Antonio-Miguel Bernal, Monarquía e Imperio, Tomo 3 de la Historia de España Fontana/Villares
Tenía un tanto abandonada esta serie de entradas en las que les voy contando mi revisión de la historia de esa cosa llamada España. La base de mis anotaciones es la comparación de dos historias distintas, la dirigida en el Reino Unido en los 90 del siglo XX por John Lynch, frente a la más reciente, y aún inconclusa - ese tomo de la transición, cuanto se hace esperar -, coordinada por Josep Fontana y Ramón Villares en la primera década del siglo XXI.
El punto en el que me había quedado interrumpido hace ya varios meses no puede ser más significativo. Se trata del nudo gordiano en la historia de ese sujeto histórico conocido como España, al cual vuelven una y otra vez para justificar sus dogmas, tanto sus mayores propagandistas, esa derecha esencialista tan viva y tan vocal hoy día, como sus mayores enemigos, los representantes de esos nacionalismos periféricos no menos combativos y providencialistas. Me refiero, como ya habrán adivinado, al momento en 1469 en que el heredero del trono aragonés y la aún pretendiente al trono castellano se unen en matrimonio para dar lugar así a la unión personal de los dos reinos peninsulares principales. Un evento dinástico, con demasiadas características de casualidad, azar y fortuna, que se verá continuado con la proyección internacional de los reinos hispanos en la política centroeuropea, durante el gobierno emperador alemán Carlos V, y la creación posterior del Imperio Universal Español de Felipe II, que como tal sólo llegará a estar completado a la muerte de este rey.
Como se puede intuir de lo anterior, mi visión de este proceso histórico que abarca más de un siglo, no es precisamente la de ese nacionalismo esencialista que considera al sujeto España preexistente a su marco temporal, y por tanto, destinado a existir eternamente, sean cuales sean sus avatares, sus reveses pasajeros. Contra esa simplificación interesada de una realidad compleja, van a ir dirigidos muchos de mis dardos en lo que sigue, entre otras cosas porque esa es la ideología que me queda más a mano y con la que estoy mas familiarizado, lo que no significa que no haya flechas en mi aljaba contra los de la corriente opuesta, los nacionalismos secesionistas. Pero dejemos los preliminares y comencemos con las diatribas.




























