jueves, 3 de abril de 2014

Parangón



Hace ya unos años, en el 2005, la Fundación La Caixa - antes de comportarse como el banco que es y hacerse de pago - expuso en Madrid y Barcelona la colección completa de las Passions del videoartista Bill Viola. En aquel tiempo, mi encuentro con la obra de ese artista, hasta entonces completamente desconocido para mí, tuvo características de terremoto espiritual, de esas ocasiones únicas en que uno reaprende a mirar, para ya no olvidarse nunca más.

Suena exagerado. Lo es, pero la impresión que me causaron aquéllas pasiones fue más que duradera. Por desgracia, no quedaron huellas en este blog porque aún no había comenzado a escribirlo, así que mis impresiones se desvanecieron sin remedio. Por fortuna, uno de esos museos madrileños semidesconocidos, pero no por eso menos magnífico ha traído recientemente un puñado de aquellas pasiones, con el objetivo de realizar una comparación entre las obras de este artista y las que cuelgan en sus paredes. Y de paso, atraer a unos cuantos visitantes, en su mayoría admiradores de Bill Viola, cosa que nunca viene mal para hacer caja e impedir que algún recortador gubernamental celoso se plantee la necesidad de mantener abiertas esas polvorientas instituciones culturales.

Desafortunadamente, por cuestiones laborales y de salud, mi calendario de visitas a exposiciones se ha visto retrasado, así que no he podido comentar esta exposición hasta que ha cerrado sus puertas. Incluso mi segunda vista - siempre realizo dos para consolidar mis impresiones - se ha producido en el tiempo de descuento, justo el día antes de su cierre. Queden aquí, no obstante, estas anotaciones como registro de lo que sentí, que no pase lo de la otra vez, y como desagravio pequeño e inutil, eso sí, por no haber nunca hablado de Bill Viola en este espacio.

La jugada, la excusa estética del videoartista americano en estas pasiones es bastante sencilla. Se podría hablar de una actualización de la pintura religiosa, en la que Viola toma expresiones de las obras de los grandes pintores de antaño, para replicarlas en los rostros de personas de nuestro presente, animándolas y vivificándolas, mientras su cámara, al ralentí, recoge hasta los últimos detalles, los más mínimos movimientos y cambios, según las facciones de los actores retratados se modifican y transforman a media que experimentan esas emociones de origen religioso y espiritual.

Se podría pensar, como han pensados algunos, que esta recreación no es más que un ejercicio ocioso, con mucho de manierismo vacuo, que no aguanta la comparación con las obras mayores del pasado. Sin embargo, para cualquier amante de la pintura antigua y de los excesos de la vanguardia - en general, para cualquier aficionado cuyos mirada no esté enturbiada por alguna fe estética -, el parangón entre el pasado pintado y el presente filmado tiene características de revelación, como me ocurrió a mí en el 2005. Dejando a un lado las hipérboles, siendo un tanto más ecuánimes, podemos decir que se revela como una doble fertilización entre pasado y presente, entre el arte petrificado de los museos y el supuesto arte vivo de nuestra contemporaneidad.

Todo visitante de un museo de arte antiguo es consciente de lo artificial, lo teatral, lo retórico, lo sujeto a convenciones estrictas que se nos muestra el arte religioso. Las expresiones de dolor, de angustia y desesperación, de esperanza, arrobamiento y éxtasis, parecen reducirse a unos cuantos estereotipos que se repiten una y otra vez, casi hasta empachar al espectador. Este efecto, muy real, se desvanece al contemplar esas mismas expresiones en la recreación que de ellas hace Viola . Es entonces cuando descubrimos que la arbitrariedad con la que creíamos habían sido representadas no es más que producto del desinterés y de la desgana, de la vagancia, en suma, con la que las observamos. Basta verlas expresadas, encarnadas en personas reales, pertenecientes a un nuestro presente que pensamos común y accesible, para que su intensidad, su verdad, se nos revele en toda su potencia.

Así recreada, su verdad se torna innegable, imposible de ser representada de otra manera que no sea la elegida por los artistas del pasado. El esfuerzo de Viola en replicar esa pintura religiosa se torna así trabajo de restauración, de abolición del supuesto abismo entre su pasado y nuestro presente, espejismo existente sólo en nuestras mentes. Lo antiguo es transportado hasta la modernidad, convertido en actual, pero al mismo tiempo, en un movimiento de reflujo, nosotros somos asímismo proyectados al pasado, transplantados a esos paisajes pintados que no creíamos poder habitar, mucho menos transitar, puesto que su esencia era estar encerrados en los marcos de los cuadros..

¿Y cuál es ese elemento que permite hermanarnos, a nosotros, habitantes del presente, con nuestros antecesores ya muertos, a nosotros, seres reales, con las imágenes soñadas que no son otra cosa que líneas y colores= no es otra cosa que el dolor humano, la inmensidad del sufrimiento. Poco importa que ya no seamos creyentes, que la historia sagrada no sea para nosotros otra cosa que meros cuentos de hadas o que lo que se nos cuenta en los lienzos nos sea desconocido, intrascendente, sin que merecer el esfuerzo de aprenderlo. A pesar de todos esos obstáculos, el dolor y el sufrimiento que observamos son reales,son los que sentirían unos seres humanos de carne y hueso por otros seres humanos también de carne y hueso, al contemplar como son hechos prisioneros, torturados, condenados injustamente, humillados en presencia de todos, cruelmente ejecutados, para finalmente ser abandonados como si fueran mera basura.

Es ese mundo, el dominado por la injusticia, la crueldad, el horror y la muerte, el que sigue siendo el nuestro, por mucho que cerremos los ojos y nos tapemos los oídos. Porque los gritos mudos que resuenan en los cuadros de los museos son los mismos que atruenan nuestro mundo y no nos dejan dormir por las noches.