sábado, 26 de abril de 2014

Tbe Beauty of the Nature




















Les tengo que confesar que no me siento muy satisfecho con la hornada primaveral de anime. El complejo moe/kawai en sus diferentes encarnaciones parece haber alcanzado una victoria completa, sin que apenas queden series que se atrevan a salirse de los estereotipos que tanto gustan al público otaku.

Es cierto que tenemos a Knights of Sidonia, en aparencia CiFi de la dura, pero no es menos cierto que la animación 3D disfrazada de 2D convierte a los personajes en monigotes de plástico sin vida alguna. Está también, Mekakucity Actora, con Shaft siendo Shaft, pero queda por comprobar si va a llegar a alguna parte, aunque comparado con Nisekoi, cualquier cosa es mejor. Queda, por ultimo Ping Pong, The Animation, lo último de Masaaki Yuasa, deslumbrante como siempre, aunque algo no me acaba de encajar, quizás que le vea menos desmelenado que ordinario.

Por suerte, siempre nos quedará Mushishi.

Contra todo pronóstico, teniendo en cuenta que la serie original se estrenó en el 2005, hace casi ya una década, alguien ha decidido lanzar una segunda parte. Sobre la primera ya les he hablado largo y tendido, por lo que mi entusiasmo y admiración, casi enamoramiento, deben serles de sobra conocidos. Esa consideración que tengo a Mushishi como una de las mejores series de anime que he visto, me hacía esperar la nueva entrega con ansiedad, pero también con muchos resquemores, temiendo que no iban a estar a la altura deseada.

El OVA estrenado a principios de este año, Mushishi Tokubetsu-hen: Hihamukage, me tranquilizó un tanto, ya que mantenía intactas las esencias de la obra original, fidelidad encomiable dado lo que se estila en estos tiempos, pero siempre existía la posibilidad de que se aguasen las características que hacía distinta a Mushishi, para actualizarla y hacerla más accesible a un público muy distinto al de hace una década. Afortunadamente no ha sido así, y cada episodio nuevo, de los tres que llevamos ya, se ha convertido en una puerta a un mundo único, irrepetible, ajeno completamente a las naderías, boberías y necedades de las que están repletas el resto de series de esta temporada, excepto las tres ya indicadas.

¿Y que es lo que hace tan distinto a Mushihi? Algo tan inasible que resulta casi imposible definirlo en palabras. Hay que señalar, en primer lugar, un ritmo lento y reposado, sereno y tranquilo, que no se altera ni siquiera en los momentos más trágicos o exasperados. Una manera de contar que permite que el espectador se adentre en el mundo que se le propone, que llegue a conocerlo, a aconsumbrarse a él, a sentirlo como suyo.

Esta labor de fascinación se ve ayudada por un acompañamiento musical que evita toda intrusión, toda discordancia, subrayando levemente algunos momentos, no los más obvios, mientras permanece en silencio el resto, permitiendo así que las voces humanas y los sonidos naturales nos lleguen sin intermediarios. Únase a esto además una descripción de los entornos naturales que sin ser hiperrealista tiene el grado de precisión y detalle necesario para convertir los ambientes de la serie en auténticos espacios transitables, y donde cada estación del año, cada periodo del día son descritos con una verdad, una naturalidad y una sencillez inalcanzables con la mera fografía.

Serie por tanto, de inmensa belleza visual, pero al mismo sobria y comedida en su presentación... ¿pero al servicio de qué? ¿Qué historias tan elevadas e importantes merecen ese envoltorio? La respuesta es una paradoja, porque en realidad las historias narradas por Mushishi podrían tildarse de anecdóticas, sin repercusión apreciable en la historia del protagonista, que no deja de ser el medium que permite que conozcamos esas historias, ni en el orden natural de las cosas, puesto que su insignificancia, apenas afectando a unos pocos individuos, no habrá de modificar el curso de la Historia humana o natural.

Y sin embargo, cuando termina cada episodio, no es posible dejar de evitar una profunda conjoga, un estado de desolación, de agotamiento espiritual, que impide levantarse de la silla según acaban los títulos de crédito, que obliga a verlos hasta el final, y luego a permanecer sentado unos minutos más, con la pantalla ya negra.

Hasta que se recuperan las fuerzas para volver al mundo.