sábado, 19 de abril de 2014

Ghosts

























La primera vez que vi Menschen am Sonntag (Gente en Domingo, 1930) me gusto tanto que sirvió de acicate a un extenso artículo que me publicaron en la extinta revista de cine Tren de Sombras. Poco más puedo añadir a lo que ya conté allí, especialmente si se tiene en cuenta que ése fue uno de mis mejores y más sentidos artículos. Así que me limitaré a actualizar alguna de mis impresiones, ahora que acabo de revisitar esa película y me ha vuelto a dejar el mismo buen sabor de boca.

Como ya sabrán - y si no, se lo cuento - Menschen am Sonntag es una excepción en el cine de su tiempo. Hijá póstuma del cine mudo, cuando ya estaba claro que el sonoro habría de susbtituir a ese estilo que había dado las primeras obras maestras absolutas de la cinematografía, esta película había sido rodada por un colectivo de artistas alemana, en clara anticipación de las soluciones radicales que serían luego ensayadas en los años sesenta. Los responsables de este experimento no eran unos cualquiera, o no lo serían en unos cuantos años, cuando una vez emigrados a EEUU huyendo del nazismo, regalarían a la cinematografía de ese país algunas de sus obras más redondas. Me refiero, por supuesto, a Karl Freund, Robert y Kurt Siodmark, Fred Zinnemann y Willy Wilder.

Pocas veces se han reunido en una una misma cinta un grupo similar de talentos y pocas veces ha sido tan difícil, para la crítica posterior, descubrir las diferentes contribuciones de cada uno, difuminadas en un resultado final que tiene una unidad y una lógica inesperada, cuando fácilmente podría haber devenido una de tantas películas de episodios, notables sólo por su irregularidad. Esa unidad, he ahí lo importante, no se consigue porque este colectivo juegue sobre seguro. Muy al contrario, la forma elegida persigue unificar dos modos que se suponen irreconciliables: el documental y la ficción, saltando de secciones documentales a otras de ficción sin aparente solucíon de continuidad, ni explicación lógica, excepto el hecho de coincidir ambos sucesos e imágenes en un mismo marco temporal y espacial.

A este imposible milagro contribuye que la anécdota central narrada sea especialmente intrascendente, casi banal, lo que ayuda a que lo personal se difumine y diluya en lo colectivo, hasta hacerse casi indistinguible, como muestra la aparición repentina de los actores en las secciones documentales, sin que esa presencia se subraye o anuncie previamente. Esta ligereza, esta falta de pretensiones, presta a la cinta una especial espontaneidad,  inesperada en un momento histórico en que el sistema de producción cinematográfica estaba plenamente constituido y se convertiría en el único camino posible (tm), fuera del cine experimental, hasta la revolución de los sesenta. La sinceridad de esta obra, inusitada para su tiempo, como digo, se basa simplemente en que lo que la cámara captura parece ocurrir realmente ante nuestros ojos, no ser algo ensayado, impostado, ante la cámara, sino una historia real en un mundo real al cual nosotros, espectadores de siete décadas más tarde aún podríamos acceder, cuando tantas otras películas, incluso más cercanas temporalmente se vuelto anticuadas, periclitadas

Uno puede dejarse seducir por la alegría de ese domingo de verano, sin consecuencias, responsabilidades o repercusiones, pero hacerlo así sería dejarse engañar por un falso espejismo. Aquí y allá, ese colectivo artístico responsable de la cinta ha dejado pistas que apunta a una interpretación más cínica y más cruel de la peripecia entera. En realidad estamos asistiendo a un elaborado juego del gato y el ratón entre los personajes, en el que el aburrimiento y el hastio, el desengaño y la amargura, llevan a fugaces encuentros amorosos, cuya impermanencia es la sóla condición que permite que cobren realidad. Pequeñas traiciones, pequeñas mentiras, pequeñas infidelidades, que no por menores son menos dolorosas y a las que la semana laboral pondrá punto final, para volver a reanudarse al siguiente fin de semana, en otras formas, entre otras personas, sólo porque no hay otra cosa que hacer, en ese círculo sin fin, sin salida ni opciones, en el que todos penamos encerrados.

Pero hay otra conclusión más inquietante, mucho más turbadora y demoladora. Nosotros, los espectadores, habitamos en el futuro de esas personas, en el presente que ha abolido la existencia de esos cuerpos, de esos rostros, que ya no son más que fantasmas cuya única vida es la que les presta la pantalla. Observamos ese rutilante día de verano, les vemos abandonarse a su pequeños placeres, perder el tiempo sin pensar en lo que traerá el futuro... ése que nosotros conocemos y sabemos horrible. Sabemos de la crisis que golpeará a esa sociedad aún feliz y la desventrará por completo. Sabemos de la ascensión del nazismo y de la dictadura asesina que está traerá consigo. Sabemos de la guerra criminal que esas mismas personas habrán desatar contra Europa y como la venganza de todo el continente se volverá contra ellas, arrasando las ciudades de Alemania hasta los cimientos, entregando toda una generación de alemanes a los afilados filos de la muerte, que diría el poeta.

Y los vemos felices, satisfechos, gozando del momento, del domingo, de la paz y de la felicidad, de esa poca que es posible alcanzar en este mundo.

Al igual que hacemos nosotros ahora mismo.