jueves, 17 de abril de 2014

Look Around you









































Escribir sobre algunas películas no deja de ser un pasatiempo ocioso, un ejercicio de exhibir el ego del juntador de palabras que toco. Poco se puede añadir a lo ya escrito, ni para ensalzar, ni para denigrar, con lo que debería bastar con decir que tales filmes son obras maestras, esenciales, de obligada visión, y concluir conduciendo al lector a esos otros que sí han realizado estudios de importancia.

Sans Soleil, de Chris Marker, pertenece a esa categoría de obras indiscutibles. A su grandeza sólo le falta el dejar de ser una exquisitez para entendidos y se transformarse en una obra realmente popular, procesos para el que realmente no existe ningún impedimento, aparte de la ignorancia de los medios de comunicación - recuerden el silencio atronador que se produjo en este país cuando murió este documentalista, mientras todos lloraban por la desaparición de Tony Scott - y del miedo/desidia de los gestores de la cultura popular, incapaces de apartarse un milímetro de las fórmulas que saben llenarán sus bolsillos - de nuevo, piensen en la invasión de intrascendentes filmes de superhéroes -.

En cualquier caso, esto es un blog y mi función es llenarlo de palabras. Así que aparte de urgirles a que pillen una copia de Sans Soleil y la vean, si es que ya no lo han hecho, no me queda otra que aportar mi pequeña opinión, aunque sea completamente irrelevante.

Mi primera impresión es que Sans Soleil, y en general toda la obra de Marker, es un ejemplo clarísimo del postmodernismo aplicado a la cinematografía, en el sentido de que sus obras son metacinematográficas tanto en sus objetivos como en la presentación. Puede resultar extraño aplicar esta etiqueta de postmodernismo a un cineasta tan comprometido y tan político, tan modernista, en definitiva, como es Marker, pero lo cierto es que su enfoque del documental no es clásico, ni modernista.

El documental clásico, como ya sabrán, busca distinguirse de la ficción eliminando la personalidad del director, de la mente que observa la realidad tras la cámara. La idea es que el documentalista devenga un medium que permita al espectador conocer la realidad sin intermediarios, sin manipulaciones ni distorsiones. La posición de Marker, por el contrario, al igual que la de otros muchos documentalistas de los sesenta, caso de Malle, es completamente opuesta. El director, sus ideas, su ideología y su postura política, siempre estarán presentes, se quiera o no, se disimule o se haga visible, de manera que pretender lo contrario, esa pureza ideal del documental clásico, no es más que una de las muchas formas de la impostura.

Esto implica que el comentario de lo visto, lo que Marker opina de lo que fotografíado, se convierta así en parte esencial del documental tal y como lo entiende es autor, lo que no implica que se detenga allí. Otra de sus obsesiones es mostrar lo mentirosa que es cualquier imagen, un concepto diametralmente opuesto al de la verdad esencial de lo fotografiado que siempre ha defendido su coetáneo Godard. La forma en que Marker realiza esta necesaria llamada de atención es jugando con nuestras idea innata de lo que es el documental, contradiciéndolas, llevándonos a dar cuenta de lo artificial de nuestras convicciones, meras muletas convenientes, de manera que en sus obras el espectador acaba por perder el pie, por dejar de distinguir entre lo que es real, lo que es recreado, la verdad y lo inventado, sin que el director acuda nunca en nuestra ayuda.

Es ahí donde radica el postmodernismo, lo meta, a lo que hacía referencia, y Sans Soleil puede ser la película donde se muestra de manera más completa  y audaz. Este film supuestamente es la lectura de unas  cartas de Sandor Krasna, a un destinatario anónimo cuya voz omnipresente  incluyede vez en cuando sus propios comentarios, mientras ese texto es ilustrado por las imágenes capturadas por Marker en muchas localizaciones a lo largo del mundo: Japón, Islandia, Guinea, París, San Francisco. Hasta ahí la reseña que todos conocen, en la que falta un punto esencial, deviciso, que suele olvidarse. Esta multiplicidad de niveles  no se revelará hasta los títulos de crédito del final de la película, de manera que lo experimentado por todo espectador es en realidad un magma en el que se funden las personalidades de esos tres personajes, escritor, lector, documentalista, sin que sepamos quién afirma qué.

Se trata por tanto de un magnífica demostración de ese imposibilidad, tan cara al postmodernismo, de llegar a conocer esa realidad, lo realmente sucedido, que se supone se ocultade lo de lo contado y conservado. Lo único que nos queda, a nosotros, no-testigos de los hechos, es lo visto y conservado en la película, no lo ocurrido en realidad, si es que ésta existe. Un material final habrá inevitablemente trastocado, manipulado y transformado, como viene a subrayar las intervenciones que Yamaneko Hayao realiza sobre las propias imágenes del filme, y que Marker recoge con cierta satisfacción, sin asomo de crítica o censura, a pesar de la evidente distorsión de la realidad que constituyen.

Esta imposibilidad de conocer la verdad se extiende a la vertiente temática de la película. Todo documental es en realidad una tesis, un intento por demostrar en imágenes una hipótesis. Sin embargo, Sans Soleil traiciona ese dogma del género al convertirse en una divagación sin rumbo ni referencias. Las ideas y las imágenes se yuxtaponen por casi asociación libre, provocando que el espectador se quede sin saber cuál es la tesis que la película quiere transmitir. Si se trata quizás de una crítica al mundo moderno ejemplificado en el Japón ultratecnificado; de una sentida elegía de la revolución, siempre a la vuelta de la esquina, siempre inalcanzable;  de una disquisición sobre la definición de la belleza y los medios de plasmarla mediante el arte del cinematógrafo; o simplemente, de una exploración sobre los mecanismos de la memoria y su (in)fidelidad a la hora de reconstruir el pasado.

Es quizás precisamente esta indefinición el mayor atractivo de Sans Soleil. La película es un inmenso laberinto en cuyos recovecos es fácil perder las referencias, un complicado rompecabezas del cual desconocemos si tiene solución. Así, en cada nuevo visionado, en cada nueva revisión, la película se ofrece completamente nueva, completamente distinta a sus muchas hermanas que habitan en nuestros recuerdo, irreductible, inabarcable y por eso indefinidamente atractiva y seductora.