sábado, 29 de marzo de 2014

Same landscapes, different views, opposite histories






Los que sigan este blog sabrán de mi pasión por la historia. Precisamente, es esa faceta mía la que explica mi fascinación con el documentalista americano James Benning, quien intenta reflejar la historia de su país mediante imágenes, ilustrando así el transcurso del tiempo sobre los paisajes humanos, el modo en que el pasado se ha convertido en presente y se deja traslucir, consciente o inconscientemente, en lo que vemos. Four Corners (1997), que revisé el domingo pasado, puede ser una de sus obras en la que ese interés por realizar crónica histórica se muestra de una manera más explícita. Como pueden imaginar, lo "explicito" en Benning siempre es relativo, ya que otra de sus características es intentar limitar su comentario sobre lo mostrado al mínimo imprescindible, permitiendo así que otras voces, no sólo la suya, sean escuchadas, para que el espectador pueda extraer sus propias conclusiones.

Las "Cuatro Esquinas" a las que se refiere el título de la película son una curiosidad geográfica del mapa político de los EEUU, un punto en medio de los desiertos del suroeste de ese país donde coinciden en ángulos rectos las fronteras de los estados de Utah, Colorado, Nuevo Méjico y Arizona. En otras manos, ese accidente político, que divide arbitrariamente una región natural sin fronteras precisas, podía haberse limitado al típico relato de viajes, salpicado de costumbres exóticas para el espectador occidental e imágenes de marcos naturales incomparables, vicios ambos tan habituales de la supuesta programación cultural de algunas cadenas televisivas. Peor aún, podría haberse convertido en la exaltación política de virtudes nacionales supuestamente inscritas en los genes de sus pobladores actuales y manifiestas desde el inicio de los tiempos en los rasgos del paisaje.

La visión de Benning, por supuesto, no puede estar más alejada de esos lugares comunes del género documental, cuya banalidad se suele intentar disfrazar de actualización y modernidad con los últimos tics de moda en lo que concierne a los movimientos de cámara, los encuadres y el montaje. Propio de este  documentalista americano es abandonar, casi aborrecer, esos recursos manidos por completo, con el propósito final de confundir deliberadamente al espectador, de hacerle perder sus puntos de referencia, para así obligarle a (re)aprender a mirar. Para ello, la película se divide en cuatro fragmentos independientes, correspondientes a las cuatro esquinas del mapa político, pero que no son identificados explícitamente, sino que incluso parecen extraviarse, perder el (supuesto) camino trazado para adentrarse en regiones sin relación aparente con el tema propuesto.

Así ocurre desde la primera imagen, en la que se nos muestra en pantalla un texto sobre un periodo de la vida del pintor impresionista Claude Monet, con poca o ninguna relación con las cuatro esquinas que supuestamente constituyen el tema de la película. Esta primera disonancia  se continua mostrando la imagen fija de uno de sus cuadros - el referido en el texto - sobre el que se nos lee la biografía de otro personaje histórico, esta vez sí relacionado con ese lugar geográfico...  o al menos así se nos deja intuir.. Esta estructura formal - texto escrito, pintura sobre la que se lee un relato biográfico, concluido con una serie de vistas mudas de entornos rurales y urbanos - se repite tres veces más hasta completar unas cuatro esquinas temporales que emulen las cuatro esquinas espaciales de ese rincón de los EEUU, aunque, como se ha indicado, la procedencia de las imágenes, las pinturas y las historias escapen de esa estrechas referencias geográficas y lleguen a alcanzar Europa y su cultura, tan lejana en apariencia de la del Oeste americano.

¿Pero a cuento de qué esta forma, estas referencias, esta historia? La clave, como en muchas otras películas de Benning, se halla en las muchas capas, tanto visibles como invisibles, que constiyen el pasado y la historia de un lugar. Por una parte, tenemos la gran cultura occidental, dominante actualmente en ese entorno, expresada tanto por las aglomeraciones urbanas de los EEUU como por el arte de Monet en el XIX y Jasper Jones en el XX, exponentes inicial y final de la gran aventura del modernismo vanguardista del siglo pasado. Sin embargo, en el caso de las cuatro esquinas, la cultura occidental no es más que un leve barniz, casi un accidente histórico que podría quebrarse y tornarse polvo en cualquier instante, como así ocurrió en una de las ciudades del Este, Milwaukee, a las que nos traslada la cinta, convertida de colonia decimonónica de emigrantes alemanes, a ghetto actual de las gentes de color en el norte antiesclavista.

En el caso de las cuatro esquinas, sus auténticos habitantes no son los europeos, son los Hopi/Pueblo/Anasazi - y en cierta medida los pobladores Apache posteriores - cuyas ciudades abandonadas de los siglos X al XII siguen siendo una presencia constante en los riscos de la región, así como las pinturas rupestres sagradas esparcidas por los cañones que cruzan y recruzan los estados actuales que forman las cuatro esquinas. Enfrentada a ese brillo civilizador del pasado, la historia reciente de los Hopi, desde la llegada y contacto de los europeos, ha sido una historia de conquista, subyugación, aculturación y desposesión, hasta causar casi su desaparición,  en la que finalmente los mismos descubridores - para occidente - del brillo de aquellas culturas perdidas, fueron en gran medida también sus expoliadores. Ese relato se convierte en manos de Benning en un símbolo de esa relación conflictiva de los pueblos nativos americanos con la cultura europea, donde la admiración contemporánea por ese pasado civilizado no puede ocultar una continuada historia de racismo, discriminación y exterminio.

Conflicto entre comunidades que, no se olvide, continuo hasta tiempos muy recientes y aún sigue envenenando sus relaciones. Desgarro cuya mayor prueba, más que cualquier árido relato histórica, es como las pinturas religiosas de los Anasazi, han sido desfiguradas por los colonos del siglo XIX, no contentos con haber eliminado a sus dueños legítimos.