viernes, 14 de marzo de 2014

War, Humanity and Commitment


































Comienzo con esta entrada una serie dedicada al cine mudo, uno de mis grandes amores cinéfilos, pero que tenía bastante olvidado desde hace tiempo. No será una lista exhaustiva ni tampoco completa, ya que mis archivos y las ediciones disponibles no llegan al nivel que a mí me gustaría, pero cuenten que este año cinéfilo se me va consumir en ello, con lo que probablemente continuaré en el siguiente.

¿Por qué el cine mudo? pueden preguntarse a estas alturas del siglo XXI. Mejor dicho ¿Por qué un significativo porcentaje de cinéfilos siguen enamorados de un modo de hacer cine que nos debería parecer trasnochado y caduco? La mejor respuesta a estas preguntas no es mía, sino que formaba el prefacio de la mítica serie Holywood de los años 80 - ¡aún sin edición digital! - que reconstruiría la historia del cine mudo americano desde los inicios hasta el sonoro. La idea que tenemos del mudo es la de un cine sobreactuado, basado en el trompazo y el cacharrazo, cuya pobreza y torpeza técnica sólo debería incitarnos a la risa. Sin embargo, como bien demostraba aquella serie, el cine  mudo de los años 20 - su gran periodo de gloria - era una manera perfecta, de gran riqueza, complejidad y sofisticación, que había conseguido hacer de su mayor defecto, el silencio, su mayor virtud, al obligar a los directores a confiar únicamente en la imagen a la hora de contar, ilustrar y representar las historias que narraban.

No hay tampoco que olvidar que esa perfección del mudo admirada por la gran parte de los aficionados no surge por ensalmo, sino que el cine creado en de los años 20, o más precisamente todo el posterior a 1916 y The Birth of a Nation, es fruto de una larga evolución de más de 20 años. Un proceso lleno de errores, experimentos, ensayos y, por supuesto, hallazgos y triunfos, en la que el cinematógrafo pasa de ser una atracción de feria o una curiosidad de exposición universal, para convertirse en una forma de expresión artística con todas sus consecuencias. Hacia 1920, el cine, el hacer cine, abarca desde los tics comerciales más repudiables - que aún perviven entre nosotros - hasta la experimentación más desaforada, de un realismo/naturalismo que continúa confundiéndose con la esencia de ese arte, hasta la abstracción, el documental/ensayo y la animación, como maneras excéntricas y alternativas, habitando en los bordes de ese arte.

La película que he elegido para comenzar esta serie de entradas es un filme con casi ya un siglo a sus espaldas: La mítica J'accuse (1919), dirigida por el no menos mítico Abel Gance en 1919. La primera sorpresa, aunque no debería haber sido así, es la constatación del inmenso abismo temporal e histórico que nos separa a nosotros, habitantes del siglo XXI, d los contemporáneos de Abel Gance, aturdidos y confusos supervivientes del apocalipsis de la Primera Guerra Mundial. La fama de esta película - casi no vista durante decenios, como tantos otros mudos - la situaba como un manifiesto antibelicista, un alegato contra el horror del matadero que supuso ese conflicto - piensen en Verdún o en el Somme, en los cientos de miles de soldados murieron por conquistar unos pocos kilómetros cuadrados - ejemplificado en su mismo título acusador, frase que se convierte en un auténtico leit-motiv de la película, pronunciado por el protagonista en los momentos claves de la narración.

No obstante, esto no deja de ser una proyección de ideas un tanto posteriores. Gance, como quedaría demostrado por su posterior obra maestra , Napoleon, es un nacionalista francés convencido de la justicia de su causa, para quien la defensa de la patria y del ser francés frente a los enemigos exteriores es un deber irrenunciable, casi religioso, en el que se incluye la obligación de recuperar aquellos territorios, Alsacia y Lorena, perdidos en la guerra franco-prusiana de 1870. Para el nacionalismo francés, por tanto, cualquier guerra contra Alemania estaba más que justificada y es sabido que ese sentimiento de revanchismo fue una de las múltiples causas que contribuyeron a hacer inevitable la Primera Guerra Mundial.  Así, la denuncia de Gance no se refiere tanto a la guerra como tal, sino a su conducción y especialmente a su resultado final.

El problema para Gance es que durante cuatro años, cientos de miles, millones de franceses, murieron sin que eso sirviera para nada, puesto que de ese conflicto habrá necesariamente de surgir otro, precisamente para resolver por la fuerza los puntos inconclusos del anterior. El único resultado es que vidas completamente normales, simbolizadas por la de los protagonistas del filme enviados al frente y los que quedan esperándoles en la retaguardia,,serán destrozadas sin remedio, sólo para que unos pocos, los más listos y avispados, se aprovechen sin miramientos del sacrificio de los caídos en combate.

Esa idea, central en el filme, queda plasmada de forma visual en una de las escenas definitivas de la historia de la cinematografía, en la que los muertos en el conflicto se levantan de sus tumbas para ir a pedir cuentas a aquellos que, en la retaguardia, quedaron a salvo de los combates, . La escena es de tal intensidad alucinatoria, que parece imposible que fuera rodada por un director novel en su primera película, especialmente cuando en ese momento no existían aún referencias y ejemplos similares en los se pudiera encontrar la inspiración. Esta escena se convierte así en uno de esos first cinematográficos absolutos, de la misma categoría que las escaleras de Odessa en el Acorazado Potemkim. Si se considera aislada la escena es estremecedora, única, aún inclasificable hoy en día, tras un siglo de hallazgos y excesos, pero aún resulta más aterradora si se piensa que fue rodada en plena guerra. Los muertos redivivos fueron interpretados por soldados reales a punto de ser enviados al frente. Personas que sabían el destino que les esperaba, que en pocas semanas ellos, excepto un pequeño porcentaje de supervivientes, serían muertos reales, como de hecho así ocurrió.

He calificado J'accuse como film pacifista, lo que implica decir que es un filme bélico. Sin embargo, en esto también se diferencia de lo que habitualmente consideramos como tal. Las escenas de combate o de las trincheras apenas ocupan una décima parte de su metraje, con el añadido de que son lo peor de la cinta, lo único que chirría en su sólida estructura. El resto de la película transcurre en la retaguardia, describiendo el tiempo de paz anterior al conflicto y, sobre todo, el efecto destructor de esa guerra sobre los que han quedado atrás, libres de una muerte inmediata, pero no de la crueldad y horror de un conflicto que podrían imaginar remoto. Es así como se distingue de cualquier película bélica al uso, sea pacifista o no, las cuales suelen olvidarse de los sufrimientos de los civiles y centrarse en el de los soldados, en muchos casos fabricando así una retorcida excusa ideológica para justificar los objetivos políticos para enviar a la muerte a gentes a las que esos conflictos de poder en nada le interesan.r

Este enfoque provoca que la película entera gire hacia el melodrama, desaforado en muchas ocasionas, y la observación minuciosa de los estados anímicos de sus personajes ante el horror provocada por la guerra. Esa intento por capturar las expresiones de lo actores alcanza niveles asombrosos que sólo ahora, con las restauraciones digitales, pueden de nuevo apreciarse, y que muestran una sabiduría, un oficio y una perfección en la técnica fotográfíca de aquellos tiempos, que creeríamos imposible hasta ayer mismo. Esa perfección se ve complementada y fortalecida por el hecho de que en aquellos tiempos rodar era prácticamente experimentar, por lo que no había soluciones mejores o peores, preferibles o rechazables. Gance no tiene miedo de incluir largas digresiones abstractas, de ilustrar lo que cuenta con dibujos o de superponer símbolos abstracto a la narración, como la repetida danza de la muerte. Ni siquiera parece reconocer barreras temáticas, puesto que la historia de amor que consituye el centro de la película, se construye como un trío, en el que sus participantes aceptan los sentimientos de los otros participantes, como liberación frente a la inexorabilidad de la muerte y el conflicto, aunque la moral de la época y la educación que han recibido les impidan hacerlos realidad.

¿Qué queda entonces de J'acusse, un siglo después de su filmación? Un conjunto de escenas maravillosamente rodadas, una en especial, sin parangón en la actualidad, además de un ejemplo de humanismo, más que necesario en estos tiempos tan dados al patrioterismo nacionalista, mediante el que queda bien a las claras el efecto destructivo de la guerra sobre todo lo que amamos y decimos amar.