martes, 4 de marzo de 2014

Frenzy

Dificilmente se podría atribuir a la presencia de unos pocos portugueses la gran migración de carácter mesiánico que dirigió en 1539 el Karatha Viraçu, atravesando América de esta a oeste, acompañado de diez mil adeptos. Diez años más tarde, trescientos supervivientes llegaron a la ciudad peruana de Chachapoyas después de haber recorrido todo el valle del Amazonas. El cronista Gandavo señala el verdadero fin de este éxodo, la búsqueda de "una tierra nueva donde los indios encontrarían la inmortalidad y el descanso eterno".

Egon Schaden, El Mesianismo en América del Sur, Tomo XII de la historia de las religiones Siglo XXI. Movimientos Religiosos derivados de la aculturación

Hablaba, en entradas anteriores, de como los dos últimos tomos de la Historia de las Religiones Siglo XXI constituían una necesaria llamada de atención sobre la firmeza de nuestras concepciones religiosas. Poco importa que el lector realmente crea en ellas o que hayan perdido ya parte de su sentido, el hecho es que pertenecen a su acerbo culturas y, se quiera o no, continúan influyendo en el modo en el que interpreta el mundo. Por ello, la comparación con otras religiones, especialmente las de aquellos pueblos lejanos geográficamente y temporalmente, sirve de adecuado correctivo, tanto más cuanto más "extrañas" e "incompresibles" resultan esas otras fes. Esa lejanía y excentricidad sirve por tanto de espejo que nos nuestra cuán artificial y conveniente son las convicciones que consideramos naturales.

Por otra parte, esa comparación entre fenómenos religiosos sirve también para poner de manifiesto el abismo mental que se abre entre el hombre tecnológico del siglo XXI y el común de la humanidad hasta la revolución industrial, aún la norma en amplias regiones del mundo. Ese abismo se basa en un único factor, el hecho de que nosotros, hombres tecnológicos, tendemos a considerar a la religión como algo domesticado y racional, en la misma categoría inofensiva  que el folklore o la gastronomía, sin constituir por tanto un elemento disgregador, incluso subversivo, en la vida de las sociedades ni en la existencia de los individuos que la componen.

Muy otra es la visión que tienen esas religiones primigenias, que no lo olvidemos, han sido la mayoría hasta ayer mismo. Para ellas, la esencia del hecho religioso es el frenesí, la locura, la posesión y la consunción del hombre por las potencias sobrenaturales


Ésa y no otra es la diferencia irreconciliable entre la experiencia de la religión en el mundo moderno y la de nuestros semejantes en otras partes del mundo. Para nosotros, la religión está inevitablemente unida al orden, al concierto, a la integración. Desprovista de cualquier elemento discordante, vaciada de sus esencias, la religión deviene un instrumento más del poder, del mantenimiento del orden social. Útil e inofensiva, en definitiva. Sin embargo, en sus orígines, la religión era locura, frenesí, descubrimiento en el mundo de la existencia de potencias cuyo poder superaba al de los hombres y frente a quienes la humanidad se hallaba inerme, convertida en mero juguete de sus caprichos y cuyo fuego podía consumirte en un instante.

Esa consciencia del poder abrasador de lo divino llevaba a muchas religiones a concebir la posesión por la divinidad como el sacramento máximo, ese instante en el que el hombre dejaba de ser él mismo y se fundía con la divinidad, perdiendo así su voluntad propia, renunciando a su individualidad. No es otro el significado de las bacanales/dionisiacas griegas, en las que el furor divino sentido por los fieles era precisamente el signo de que la ceremonia había realmente alcanzado su objetivo final. En la actualidad, ese frenesí sacro sigue formando parte central del animismo africano y del chamanismo asiático, pero sus huellas se encuentran incluso en religiones más complejas, como el Cristianismo o el Islám. Ésa y no otra es precisamente la concepción de la divinidad que se halla tras las cruentas celebraciones chiíes, donde la sangre y la exaltación del dolor son parte irrenunciable; o las asambleas tumultuarias del protestantismo estadounidense, en las que la profecía espontánea y el don de lenguas, son signo fehaciente de su verdad.

Dependiendo de la religión y de la sociedad estas manifestaciones del frenesí religioso pueden ser más o menos acusadas. La palma quizás se la lleven los antiguos indios del Brasil y del Paraguay, en la que el sentimiento religioso se manifestaba en migraciones de tribus enteras en busca de un paraíso, ya a occidente, ya a oriente, donde tras muchas penalidades sería manifestado a verdaderos creyentes. Con demasiada frecuencia estos movimientos religiosos concluían en catástrofe, prueba segura para nuestras mentalidades racionales de la falsedad de sus aspiraciones, pero si realmente somos sinceros, tras ese desengaño nuestro se esconde una cierta melancolía: la de ser incapaces de sentir con esa intensidad y esa entrega, hasta olvidarnos del presente y del futuro, de nuestros afanes y de nuestra seguridad personal.

No es de extrañar, por tanto, que una y otra vez, personas cultas de la civilizaciones "superiores" se hayan entregado con gusto a las ceremonias de esas religiones "inferiores" y que en múltiples formas, esas religiones "imperfectas" sigan muy vivas y activas en el seno de nuestras sociedades avanzadas.

Profundamente compenetrado (Curt Nimuendajú) con su espíritu religioso (el de los indios Guaraní) pudo comprender los movimientos mesiánicos que les agitaban periódicamente. Los Taniguá (1820), los oguauíva (1830) y los apapokuva (1870) emprendieron desde Paraguay y el sur del Mato Grosso penosas migraciones.  Sus pajés, comunicándose por sueños y visiones con el mundo del más allá,  habían anunciado el cumplimento de las predicciones mitológicas. La destrucción del mundo estaba próxima y los guaraní debían partir inmediatamente en busca de la "tierra sin mal", situada más allá del océano. Aquéllos que alcanzaron el litoral acabaron por convencerse de la inutilidad de sus esfuerzos.

Cierto es que muchas de estas manifestaciones son debidas a lo que se conoce como fenómenos de aculturación, en este caso la conquista de América por parte de los Europeos, que acarreó la destrucción de las sociedades precolombinas y de sus estructuras sociales y religiosas. En ese sentido, estas migraciones en busca de una salvación y un paraíso que no existen en este mundo, no son otra cosa que medidas extremas, único camino de huida desesperada que evite la extinción definitiva de un pueblo y de su tradición cultural. Una manera de morir luchando, en la que la derrota final casi se transforma en una victoria, en una demostración de la vitalidad y la permanencia de un pueblo, aunque sea por la vía del suicidio y la autodestrucción ritual de esas antiguas concepciones del mundo que se intentan preservar.

Aún así, podríamos rechazarlas de plano, considerar, como hicieron nuestros antepasados coloniales, que estos fenómenos no son otra cosa que productos de mentes primitivas, de sistemas imperfectos, que necesariamente debían desvanecerse ante el fulgor de la civilización moderna y de las religiones superiores. Si tal pensáramos, seríamos presa de un espejismo, el de considerar justos, racionales y verdaderos los elementos de una sociedad sólo porque se trata de la nuestra. Queda aún una última enseñanza en el estudio de estos frenesís religiosos colectivos y ésta afecta precisamente a los orígenes del cristianismo. En general, a la de cualquier religión que se fundamenta en una revelación, en la aparición en este mundo de los poderes divinos a un profeta y en la promesa cierta de mejores tiempos venideros.

Se trata simplemente, de que esa revelación adopta la forma de milagro, de imposible, de hechos inverosímiles cuya sola transmisión se erige como prueba de su verdad, ya que si no hubieran sucedido realmente, nadie se habría atrevido a propagar lo que tiene la forma de invención, cuando no mentira. Entre esos hechos ciertos por su propia improbabilidad, se encontrarían, por ejemplo, la resurrección de Cristo o la revelación a Mahoma. Ahora bien, los fenómenos de frenesí religioso han sido una constante de la humanidad hasta ayer mismo y algunos han sucedido en el seno de religiones avanzadas, capaces de legarnos un registro completo, pormenorizado, en muchos casos, desapasionado, de los hechos.

Tal ha sido el caso por ejemplo de la religión "encontrada" por John Smith, el Mormonismo, o los múltiples movimientos milenaristas brasileños. En todos ellos, sobre unos hechos históricos concretos e incontestables, los fieles de la nueva religión han acumulado fabulación tras fabulación, sin que la muerte o el fracaso de su profeta les haya impedido creer y afirmar contra toda objeción que éste habrá de volver al final de los tiempos para inaugurar una nueva era de felicidad y abundancia.

Un fenómeno que, no se olvide, no es algo extraño o infrecuente, sino que está tan ligado al fenómeno religioso como el frenesí al que me refería ante. Todo indica, por tanto, que  ese proceso de invención podría hallarse tras las creencias transmitidas por otras religiones. Hechos revelados que aceptamos sin discusión, o que al menos no queremos discutir, por miedo a despertar esa locura religiosa que creemos tener encerrada a buen recaudo, pero que en realidad sabemos que en cualquier instante puede manifestarse y abrasarnos.

Después de su muerte (el padre Cícero), un auténtico culto a su memoria cristalizó el enorme potencial místico de las poblaciones rurales de la región, extremadamente impresionables. La estatua que se  le erigió y su tumba reciben cada año la visita de millares de peregrinos. La devoción que le rinden ha tomado actualmente un claro carácter mesiánico. El padre Cícero volverá un día a la tierra para aliviar la miseria de sus fieles, cuyas ardientes plegarias se esfuerzan por apresurar el retorno del mesías. De vez en cuando se ven surgir en el sertao profetas que elevan su voz para anunciar la próxima venida del salvador. Esto nos permite establecer una relación entre el mesías de Juaneiro y las viejas aspiraciones del Sebastianismo. Para una parte de la población del nordeste, el padre Cícero reemplaza hoy a la figura legendaria de Don Sebastián y el mito, encontrando un terreno propicio en las precarias condiciones de vida de la región, sujeta a periódicas sequías, causantes de miseria y hambre, sobrevive en la creencia popular.