lunes, 13 de agosto de 2018

Cine Polaco (L): Dekalog IX/X (Decálogo 9 y 10, 1989) Krysztof Kieslowski

































Llego, al fin, a la conclusión del Dekalog (1988), la obra maestra de Kieslowski, con dos capítulos que no pueden ser más distintos entre sí. Aunque ambos siguen analizando la posible o imposible aplicación de los mandamientos bíblicos a la realidad presente, el tono en el que lo hacen es diametralmente opuesto. Mientras Dekalog IX, dedicado al « no consentirás pensamientos ni deseos impuros » continúa siendo un drama psicológico, el X, centrado en « no codiciarás lo bienes ajenos », es una comedia negra, negrísima, en la que a pesar de la sordidez de su historia, se acaba con una sonrisa, casi riendo. Alivio más que necesario a estas alturas de la serie, tras tanto conflicto irresoluble e irresuelto, de profundas consecuencias morales.

No obstante, a pesar de estos contrastes, en ambos sigue destacando la maestría de Kieslowski a la hora de utilizar los recursos clásicos, de manera que se lo podría considerar el último de esos autores. En el sentido de saber utilizarlos con propiedad, sin que el resultado parezca acartonado o avejentado, como sí ocurre, por ejemplo, con José Luis Garci. Así, el director polaco sabe como disponer los personajes dentro del formato alto y estrecho del 1:33/1, que permitía composiciones en las que se jugaba con la altura y la profundidad, con un personaje sentado y otro de pie, uno cercano y otro lejano. De la misma manera, Kieslowski evita el tan trillado plano/contraplano, jugando con el enfoque/desenfoque,  que en ocasiones le permite subrayar qué, dentro del cuadro, es el elemento de importancia para la peripecia. Todo ello, por supuesto, con la mesura de un clásico, que sólo se permite alardes en contados momentos e intenta que su trabajo de puesta en escena permanezca siempre inadvertido.

Lo que no quiere decir que no tenga significado, ni repercusión. Muy al contrario, es precisamente esa adecuación de los efectos al clima sentimental de cada escena, además de al conocimiento de la trama y la consciencia de sus efectos que tiene cada personaje, el que permite resolver esa paradoja de invisibilidad resonante que plantea el clasicisimo. Un ejemplo magnífico de como Kieslowki consigue solucionar este problema se halla en los primeros instantes de Dekalog IX, cuando apenas se acaba de conocer la impotencia del protagonismo masculino, sabemos del abismo que se acaba de abrir entre él y su esposa, pero desconocemos hasta qué punto ella ya lo presentía. Esas dudas y esa separación las establece el director de manera muy sutil, elegante y al mismo tiempo de gran impacto. Acompañando a ambos, como pueden ver en las capturas, en un viaje en ascensor, donde la luz les ilumina de manera separada, subrayando la distancia interpuesta entre ellos, mientras que los instantes de obscuridad completa sirven para quebrar cualquier intento, querido o pretendido, de acercamiento.

El argumento continuará enredándose, mostrando la fragilidad de nuestras resoluciones, el conflicto insoslayable entre lo que proclamamos y lo que sentimos, para llegar a una conclusión común a toda la serie: el absurdo que supone ligar nuestra vida, nuestras decisiones morales, a un puñado de sentencias lapidarias escritas hace milenios, sin relación con nuestras vidas presentes y sin guías seguras de interpretación. Frente a esta ineluctabilidad, el episodio X soprende por su ligereza, inesperada en Kieslowski. O no tanto por ella, puesto que varios años más tarde, en Blanc (Blanco, 1994), tendríamos también una historia de engaños y venganzas mutuas. No, lo disonante aquí es que esta historia podría pertenecer a una tradición literaria distinta: la de los pícaros en la literatura española.

Lo que presenciamos es como unos personajes consumidos por la codicia, despertada por la inmensa riqueza almacenada en la colección de sellos reunida por su padre muerto, en enredan en una red de trampas y engaños de la que acabarán saliendo trasquilados, sin nada en los bolsillos, incluso con pérdidas irrecuperables. Desastre completo, propiciado por ellos, su avaricia y su ingenuidad, del que no se sigue una lección moral, ni mucho menos filosófica o metafísica, sino que parece incluido simplemente como divertimento. Como necesaria relajación de una tensión dramática común a toda la seria que en ocasiones anteriores llegaba a ser abrumadora y asfixiante. Lo que no implica que Kieslovski se tolere facilidades, atajos o componendas en su tratamiento estético. Muy al contrario, el rigor y la precisión visual con que está narrada esta historia de timadores timados se en encuentra a la altura de los mejores episodios del Dekalog.

Lo que explica porque su humor, tan sarcástico y abrasivo, funcione a la perfección

2 comentarios:

Cinefilia dijo...

Enhorabuena por el rigor y la perspicacia de tus comentarios.

Yo también he acabado de ver el "Decálogo" (aunque un año más tarde que tú) y no salgo de mi asombro al comprobar la maestría de Kieślowski.

Saludos desde Barcelona,
Juan

David Flórez dijo...

Es un ejemplo de perfección en todos los sentidos. Desde su profundidad ética inigualable a la pertinencia de sus recursos fílmicos.

Esta ha sido mi segunda vez y debo confesar que la he disfrutado aún más que la primera.