viernes, 17 de agosto de 2018

Fanáticos y destrucciones

The pages of history go silent. But the stones of Athens provide a small coda to the story of the seven philosophers. It is clear, from the archaeological evidence, that the grand villa on the slopes of the Achropolis was confiscated not long after the philosophers left. It is also clear that it was given to a new Christian owner.
Whoever this Christian was, they had little time for ancient art that filled the house. The beautiful pool was turned into a baptistery. The statues above it were evidently considered intolerable: the finely wrought images of Zeus, Apollo and Pan were hacked away. Mutilated stumps is all that remain of the faces of the gods; ugly and incongruous above their still delicate bodies. The statues were tossed into the well. The mosaic on the floor of the dining room fared little better. Its great central panel, which had contained another pagan scene, was roughly removed. A crude cross pattern, of vastly inferior workmanship, was laid in its place.
The lovely statue of Athena, the goddess of wisdom, suffered as badly as the statue of Athena in Palmyra had. Not only was she beheaded she was then, a final humiliation, place face down in the corner of a courtyard to be used as a step. Over coming years, her back would be worn away as the goddess of wisdom was ground down by generation of Christian feet.
The "triumph" of Christianity was complete.

Catherine Nixey, The Darkening Age

Los libros de historia callan, pero las piedras de Atenas nos dan un breve epílogo a la historia de los siete filósofos (los últimos representantes de la Academia platónica). El registro arqueológico es claro: la gran mansión en la falda de la Acrópolis fue confiscada al poco de marcharse los filósofos. Así como que fue cedida a un nuevo propietario cristiano.
Fuera quien fuera, tenía poco tiempo que perder con el arte antiguo que llenaba la casa. El bello estanque fue transformado en un baptisterio y las estatuas que lo dominaban, es evidente, fueron consideradas intolerables. Las finamente talladas imágenes de Zeus, Apollo y Pan fueron desfiguradas a golpes. Unas facciones mutiladas es lo único que queda de los rostros de los dioses. Feas e incongruentes,  sobre unos cuerpos aún delicados. Las estatuas fueron luego arrojadas al pozo. El mosaico en el suelo del comedor no tuvo mejor suerte. Su gran panel central, que contenía una escena pagana fue retirado sin miramientos. Un patrón cruciforme, de muchísima peor ejecución, se colocó en su lugar.
La encantadora estatua de Atenea, la diosa de la sabiduría, sufrió un tratamiento igual de malo que el de la Atenea de Palmira. No sólo fue decapitada, sino que, como humillación final, se la colocó boca abajo en una esquina del patio, para ser usada como escalón. Durante los años que siquieron, su espalada sería erosionada por generaciones de pies cristianos, al igual que lo había sido su consideración como diosa de la sabiduría.
El " triunfo" de la Cristiandad era completo.

Por utilizar un lugar común, se puede decir que este libro, que narra la turbulenta transición del paganismo al cristianismo en el Imperio Romano, ha venido precedido de un pequeño escándalo. Por ponerles un ejemplo, casi al inicio Nixey narra como la estatua de la Atenea/Allat de Palmira fue hecha pedazos y desfigurada en el siglo IV, un destino repetido en el siglo XXI, esta vez con la imagen reconstruida que se custodiaba en el museo arqueológico de esa ciudad. La única diferencia entre ambas destrucciones estriba en que la más reciente fue realizada por los miembros del ISIS, mientras que la más antigua estuvo a cargo de fanáticos cristianos.

Este símil puede parecer exagerado a algunos, incluso intolerable, ya que, alegarán, no tiene sentido comparar una religión respetada por millones de fieles, que presume de caridad y compasión, con las acciones de un puñado de extremistas rabiosos y despiadados. Sin embargo, lo que ha realizado Nixey en este libro es, simplemente, narrar un secreto a voces. Como sabrán, entre los siglos IV y V de nuestra era, el cristianismo reemplazó por completo al paganismo, llevando al cierre de sus templos, la retirada de las estatuas de los dioses y la pérdida de gran parte de la literatura y filosofía grecolatinas. Esto es conocido, pero lo que no se suele contar es cómo se llevó a cabo ese proceso. Si fue de forma pacífica o violenta, si fue acompañado por destruciónes o no, si la pérdida del saber fue involuntaria o planificada.

Esto es lo que se propone contarnos Nixey y el resultado no es muy favorable para ese cristianismo triunfante de los siglos IV y V, que queda retratado como un grupo de fanáticos ignorantes. O al menos sus sectores más combativos y revolucionarios.


Vayamos por partes. La versión más habitual, ya sea de manera explícita o tácita, es que esa transición se realizó sin demasiadas fricciones. Así, se suele señalar que la creencia en los dioses paganos se había debilitado bastante en los primeros siglos de nuestra era, de forma que incluso se habían dado algunos intentos, como en el caso del neoplatonismo de Plotino, por construir un Heneoteismo; es decir, que aunque se admitiesen múltiples dioses se consideraba la existencia un principio director que los superase a todos y fuese digno de adoración en exclusiva. No es de extrañar, por tanto, que ante un monoteísmo verdadero como el cristiano, los paganos, ya medio convertidos, no tuviesen mayores problemas para adherirse a él. Esta facilidad de transición tendría, además, otra importante consecuencia. La cultura grecolatina, transmitida por las élites dominantes, convertidas a la nueva religión, habría sobrevivido al cambio religioso, para ser conservada cuidadosamente por los nuevos poderes eclesiásticos.

Esta visión es cierta en parte, pero, como bien señala Nixey, no lo es en su totalidad. Entre el paganismo y el cristianismo había una diferencia fundamental. Los paganos aceptaban cualquier dios y cualquier culto, siempre que no socavase las leyes romanas y tuviese un larga implantación. Es decir, que estuviese arropado por una tradición immemorial y estuviese ligado con un pueblo o unas gentes. Esto explica, por ejemplo, que a pesar de la destrucción de Jerusalén y el templo en el año 70 d.C., los judíos pudiesen seguir practicando su religión en el imperio. La rebelión, para los romanos, había sido un tema político y militar, no un problema religioso. En el caso cristiano, se trataba de una religión nueva, sin arraigo en una etnia determinada y que además se negaba a seguir los decretos imperiales. No es de extrañar que hubiese persecuciones, aunque sí debería llamarnos la atención que fueran tan tardías, a finales del siglo III o que durasen tan poco.

Los cristianos, por el contrario era refractarios a cualquier culto extraño e incluso ante posibles desviacionismos en su seno. Este poso de intolerancia y fanatismo original marcaría la evolución posterior del cristianismo dentro del Imperio. No sólo al explicar el fenómeno del martirio por la fe, tan incomprensible para las autoridades romanas, sino por apuntar a la actuación legislativa del catolicismo triunfante en los siglos IV y V. Los cristianos no habían luchado por ser una religión más, de pleno derecho, en el contexto del imperio romano. Su objetivo era ser la única religión, algo que, en los decenios anteriores y posteriores al edicto de Teodosio, se tradujo primero en retirada de estatuas y cierre de templos allí donde eran mayoría, para luego derivar en prohibición del culto pagano, persecución de los fieles que aún quedasen y proscripción de las figuras más señeras de la antigua cultura, como los últimos miembros de la academia platónica, ya en tiempos de Justinianbo,

No sería la primera vez que una ideología perseguida se convirtió a su vez en perseguidora, las víctimas en verdugos. Sin embargo, Nixey señala también que muchos de estos fenómenos no fueron productos exclusivos de la persecución romana, sino que estaban ya en germen desde el inicio. Así lo demostrarían la intransigencia y el desprecio a la racionalidad, casi orgullo de ser ignorante que se revela entre los mártires, preocupados sólo ser ejecutados,  sin prestar atención a componendas ni transacciones por parte de las autoridades. Características que explican a su vez, porque, durante los 80 años que median entre el edicto de tolerancia de Constantino y el de Teodosio proclamando el cristianismo como religión oficial, los creyentes de esta religión se envalentonaron y comenzaron un ataque concertado contra todos los símbolos paganos. Ataque se convertiría en total tras el edicto de Teodosio

En ee ataque contra los cimientos del paganismo, del que no debía quedar rastro alguno, se circunscribirían hechos como la destrucción referida de la estatua de Atenea/Allat, la demolición del Serapeum de Alejandria, que supuso un duro trauma para todo el imperio, o el asesinato de la filósofa hipatia. Actos que, en la actualidad, serían considerados como terroristas y en los que el  retrato de los cristianos que nos ha llegado, hecho por sus contemporáneos y correligionarios, no es muy favorecedor. Turbas violentas de energúmenos vestidos de negro, que no tenían reparos, más bien se enorgullecían, en destruir objetos de arte y manuscritos valiosos, y ante las que no valían ni argumentos ni súplicas. De nuevo, y perdonen el símil, similares a los guerrilleros del ISIS, que elegían sus objetivos de acuerdo con su valor cultural e histórico.

¿Exageración, en este caso mía? Lo cierto es que los museos, como señala Nixey están repletos de estatuas mutiladas y que en, ocasiones han sido desfiguradas con símbolos cristianos. Así se podía comprobar, por ejemplo, en las recientes exposiciones de los hallazgos encontrados en las ciudades sumergidas del delta del Nilo, donde casi ninguna estatua se había librado de ser hecha añicos por los fanáticos cristianos. De hecho, lo que se ha conservado del arte grecorromano lo ha sido muchas veces porque las estatuas, tras ser destruidas, fueron arrojadas a fosos como basura, e incluso en monumentos que aún quedan en pie, como los del egipcio faraónico, pueden verse las huellas de las intervenciones cristianas. Picando los rostros de los dios o marcándolos para que quedasen cristianizados.

Ataques que nos revelan el profundo odio de los cristianos hacia la cultura pagana y que nos lleva a otro punto: la pretendida conservación de su literatura gracias a la iglesia. Es cierto que, en los siglos medievales los copistas de los monasterios se esforzaron en conservar lo poco que quedaba. Pero no es menos cierto que, primero, todo lo que podía molestar a la iglesia, como las críticas de Celso o Porfirio fue destruido intencionadamente para que nadie pudiera encontrar en ellos argumentos contra la ortodoxia. En segundo lugar, los monjes cristianos de los primeros siglos de triunfo estaban preocupados por copiar y recopiar libros sagrados, no las obras literarias de los paganos, Gran parte de lo perdido lo fue, por tanto, por desidia, ya que nadie se ocupó de conservarlo, puesto que no interesaba o bien parecía ambigüo, sospechoso o turbador. No lo suficiente para ser quemado en la plaza pública, pero sí para que se pudriera en los archivos.

Lo poco que nos ha llegado ha sido, demasiadas veces, por pura casualidad. Conservado en copia única, que bien podía haber desaparecido a su vez si no fuera por un descubrimiento afortunado, como el De Rerum Natura de Lucrecio, libro de cabecera del ateísmo occidental; o bien rescatado de los palimpsestos medievales, donde bajo los mismos himnos repetidos hasta la saciedad se encontraban, por ejemplo, obras fundamentales de Arquímedes. Como aquella en que anticipaba, ni más ni menos, el cálculo diferencial e integral.

En resumidas cuentas. Que a pesar de la continuidad y lo mucho que se conservó, la llegada del cristianismo supuso una catástrofe cultural para arte y literatura, además de un retroceso en aspectos como tolerancia y libertad de pensamiento.

Retroceso del que ninguna civilización está a salvo. Mucho menos la nuestra.

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