jueves, 9 de abril de 2015

Tiempo sin eternidad

What might have been is an abstraction
Remaining a perpetual possibility
Only in a world of speculation.
What might have been and what has been
Point to one end, which is always present.
Footfalls echo in the memory
Down the passage which we did not take
Towards the door we never opened
Into the rose-garden.


T.S. Eliot, Burnt Norton, Four Quartets


Lo que podía haber sido es una abstracción
convertida en una posibilidad perpetua
sólo en un mundo de especulación
Lo que podía haber sido y lo que fue
apuntan a un destino, que siempre está presente
El echo de las pisadas repercute en la memoria
bajando el pasaje que no tomamos
Hacia la puerta que nunca abrimos
Hacia el jardín de las rosas.


Tras mucho tiempo de tenerlo dormitando en una de las estanterías de mi biblioteca, me he atrevido al fin con el volumen de la obra poética (casi) completa de T.S. Eliot, y lo primero que me ha sorprendido es su brevedad. No les descubro nada diciéndoles que es uno de los poetas fundamentales del siglo, pero asímismo se trata de un poeta cuya obra (casi) se reduce a sus poemas-hito: The Wasted Land, The Love Song of J. Alfred Pruffock, The Hollow Man y The Four Quartets. Fuera de ellos, quedan otros poemas no menos importantes, pero cuya longitud total apenas llega a igualar la de estos cuatro grandes.

Se trata de un poeta, por tanto, de inmenso poder de concentración, capaz de resumir en unos cuantos versos, en un puñado de poemas, una visión completa y coherente de la existencia humana - ya veremos cual -, pero sin quedarse limitado a ese aspecto de elaborador ideológico/temático. Muy al contrario, Eliot es al mismo tiempo un mago del lenguaje inglés, capaz de armonizar en un mismo espacio y casi en un mismo verso, registros cultos y populares, lenguaje arcáico y recién creado, la serenidad de los  mitos milenarios y el rugir del progresos.

No obstante, esa misma brevedad, esa misma concisión, puede jugar en contra de su apreciación por el lector moderno, demasiado aconstumbrado a leer sin leer, a pasear apresurado la vista por los textos debido a la falta de tiempo. Ese lector, y más de uno avezado, pueden encontrar que Eliot acaba sin haber apenas empezado, como si te dejase abandonado a tus propios medios en mitad de un descampado. La poesía de Eliot - como casi toda poesía, pero en este caso más cierto aún - exige la relectura, una, dos, tres veces, hasta que sus palabras, sus giros y sus ideas, sean tan conocidas que pasen a formar parte de uno mismo.

Si seguimos con las sorpresas, hay que señalar que Eliot es también uno de los pocos poetas cristianos de este siglo XX, tan fecundo en desengañados. Ojo. Cuando hablo de cristianismo en Eliot no hablo de propaganda, ni de pose, ni de fanatismo, sino de auténtico convencimiento y fe. Es decir, de una concepción del mundo, en que la idea de Dios es inseparable de él, y por tanto, sólo se puede vivir en Dios y para Dios, con toda la tragedia y desesperación que esto conlleva.

En otra entrada, ya hace unas semanas, les hablaba de Unamuno, otro escritor cristiano desesperado y en agonía de esa misma época - aunque muy a su manera - y les señalaba las profundas diferencias que les separan de Eliot. Unamuno convierte su fe personal en un título de orgullo, de manera que la fe de este escritor es un poco una convicción porque sí, porque me da la gana, porque me hace distinto, sin que llegue más allá de esa autoafirmación, ni pueda transmitirse a otro. La postura religiosa de Unamuno tiene así mucho de falso, de pose, subrayada por un estilo apasionado que en muchas ocasiones suena a hueco.

El caso de Eliot es completamente distinto, para él, el mundo sin Dios, el mundo donde el hombre ya no necesita a Dios, es un mundo desolado, de logros hueros, de mendigos que habitan en palacios, por donde vagamos sin encontrar refugio, conclusión o respuesta. Esa visión de un mundo desquiciado, en este caso por la renuncia a la divinidad, se expresa en descripciones ricas en símbolos y hallazgos, formulación perfecta de un mundo desolado, sin respuestas y quizás sin preguntas, que resultan atractiva y convincente para cualquier lector del siglo XX, independientemente de la causa que atribuya a ese estado de postración.

Es ése, precisamente, el gran logro de Eliot. Independientemente de sus ideas, de sus profundas convicciones personales, el mundo de sus poemas es un mundo familiar y conocido, a pesar de y debido a su horror, su confusión y su extravío. Un mundo en el que todos andamos perdidos y del que desconocemos la ruta que nos llevará a la salida, estemos seguros o no de cual deba ser. Es esta perenne certeza existencial, la de vagar sin rumbo en una tierra que ya no es la nuestra - y quizás nunca lo fue - la que nos lleva a otro punto esencial de la concepción vital de Eliot: lo irremediable del tiempo.

Irremediable porque nuestra existencia presente está plagada de los recuerdos de los que pudo haber sido y no fue, pero sobre todo, de los muchos caminos que podían habernos llevado al paraíso - también idea cristiana - y que preferimos no tomar, para acabar existiendo y persistiendo en este mundo desolado. No el único existente, pero sí el único en el que podemos morar.

El único, quizás, en el que queremos morar.