sábado, 25 de abril de 2015

La historia (aún) no escrita

Una de las últimas y más recientes aportaciones al tema de la relación entre fascismo y franquismo hace hincapié en el carácter protéico del régimen militar construido durante la guerra civil y de sus potencialidades virtualidades evolutivas en un sentido plenamente fascista y totalitario. Como había percibido desde el principio del conflicto español el propio Mussolini, el estado franquista, pese a su naturaleza originaria reaccionaria y autocrática, en virtud de la movilización impuesta por la guerra y por las circunstancias internacionales, "puede servir mañana de base para el estado totalitario"; cabía esperar, por tanto, que Franco liderase el proceso de "fascistización de España".
Bajo esta perspectiva analítica atenta a la dinámica histórica-evolutiva, el franquismo habría sido un régimen militar reaccionario que sufrió un proceso de "fascistización", notable pero inconcluso  y finalmente truncado y rebajado por el resultado de la segunda guerra mundial y la derrota de Italia y Alemania en la misma. Esta naturaleza de régimen "fascistizado" se apreciaría en su peculiar "capacidad para combinar ciertos elementos de la rigidez propia de los fascismos con la versatilidad y capacidad de maniobra de los no fascistas". No en vano, una de las características de los regímenes "fascistizados" habría sido su reversibilidad hacia el estado inicial de régimen dictatorial autoritario. En gran medida, ese proceso de "fascistización" emprendido, truncado y revertido, es la razón de las dificultades de conceptualización del régimen franquista y la clave de la subrayada capacidad evolutiva y adaptativa del mismo.

Franco y el franquismo en tinta sobre papel: narrativas sobre el régimen y su caudillo. Participación de Enrique Moradiellos en 40 años con Franco, dirigido por Julián Casanova

Esperaba mucho más del libro 40 años con Franco, obra colectiva dirigida por Julián Casanova en donde han participado importantes historiadores especializados en el periodo de la dictadura. Se trata evidentemente de una obra de circunstancias, coincidente con este año en el que se celebran los cuarenta años sin Franco, en la que se nota el apresuramiento impuestos por el aniversario. 

No esperaba que fuera la obra definitiva sobre ese periodo - eso queda para otra ocasión y de ahí el título de esta entrada - pero se nota demasiado que algunos de los autores, como Preston, se han limitado a resumir y reutilizar sus tesis habituales, mientras que otros, como José Carlos Mainer, en su revisión de la literatura de ese periodo. parece dedicarse a polemizar con libros y autores a los que no se nombra. En este caso, el recién publicado El Cura y los Mandarines de Gregorio Morán, cuya sombra gravita sobre el artículo de Mainer y le lleva a ningunear a un gran escritor como Luis Martín-Santos, héroe máximo para Morán, mientras procede a defender a aquellos a quienes Morán despellejaba, caso de Benet... para hurtarnos así de nuevo a los lectores, una visión equilibrada de la cultura de ese periodo.

Curiosamente, en este batiburrillo de artículos de intenciones y temas muy dispares, los más interesantes son precisamente aquellos que abordan fenómenos pocos conocidos. Así, el artículo de Mary Nash sobre la mujer en el franquismo se revela casi un acto de justicia, reparando un poco el silencio de una narración histórica donde la presencia masculina era aplastante, además de revelar la existencia fenómenos paralelos y subterráneos de la oposición al franquismo fuera de los partidos tradicionales, como el comunismo, o los grupos aislados de intelectuales sin contacto con el pueblo. De hecho, hace concebir esperanzas de que esos breves apuntes lleguen a convertirse en un libro, y de la misma manera, hace que parezca extraña - ¿o demasiado obvia? - la ausencia de un artíticulo dedicado a las otras nacionalidades de España y su superviviencia en ese tiempo de opresión y unificación, especialmente cuando de trata de una cuestión que vertebra todo el siglo XX, sin perder nada de su fuerza y su influencia en la política nacional actual.

Dicho esto, el artículo más interesante el el final, el de Moradiellos, en el que se aborda un tema muy caro a los tiempos postmodernos en los que vivimos. No la historia del franquismo, sino la historia de la historias y los análisis que se han hecho sobre ese régimen y la persona, Franco, que le dio nombre.

Expresado así ese estudio no tendría mayor trascendencia - ni relevancia -, más allá de mostrar como nuestra visiones y concepciones se han ido modificando a lo largo del tiempo. Lo interesante está en mostrar como el mito, no sólo el creado por la propaganda de Franco para justificar su existencia, sino también los derivados la necesaria demonización de la dictadura por parte de los perdedores republicanos, signa influyendo, determinando, como contemplamos el periodo. El resultado es que una cuestión tan importante como la clasificación del régimen político al que pudiera adscribirse el franquismo sigue provocando importantes polémicas, más basadas en sentimientos que en realidades.

Desde la derecha, porque la categorización del franquismo como fascismo les impediría apelar a su consabida cantinela de "mal necesario para salvar a España", al colocar a Franco y a su régimen al mismo nivel que el Nazismo, y constituir así una condena sin paliativos de un sistema del que aún se consideran herederos. Desde la izquierda porque cualquier otra etiqueta, sea la de régimen autoritario o la de dictadura militar, parece abrir la puerta a la absolución de Franco y su régimen, al ser menos malo, y por tanto excusable en parte, que el mal absoluto encarnado por el Nazismo.

Como bien señala Moriadellos encastillarse en cualquiera de las posiciones, sin admitir que se pueda estar equivocado, hace un flaco favor a la investigación histórica, pero sobre todo nos ocultan la otra característica fundamental del franquismo: su capacidad para reinventarse ante la cambiante situación internacional sin que esas modificaciones supusieran un peligro para la supervivencia del dictador. El franquismo era, ante todo, un régimen personalista que se fundamentaba en la aceptación y el consenso de tres poderes principales: el ejército, la iglesia y la oligarquia conservadora. En ese sentido, dependía de ellas y debía mantenerlas contentas, lo cual limitaba su capacidad de acción y de opresión, pero al mismo tiempo, por su personalismo, tenía por objetivo central mantener el control y el poder en manos del dictador, ese Franco de cuya permanencia en el puesto dependía el bienestar de sus valedores y partidiarios.

De esa manera el régimen se caracterizaba por un bucle de realimentación en equilibrio inestable, con Franco intentando mantener el poder y por ello favoreciendo a esos tres poderes fácticos, mientras que ellos, para evitar perder sus privilegios, le hacían objeto de una fidelidad sin medida y sin limites. Así, para mantener el sistema en marcha, al régimen no le importase disfrazarse de lo que fuera para mantenerse en el poder. De fascismo puro y duro, cuando las potencias del Eje parecían dominar el mundo, de defensor de las esencias de occidente, cuando la guerra fría y la politica de los EEUU así lo exigían, o incluso de democracia tolerante y moderna, si eso le permitía acceder a los beneficios de la Comunidad Europa.

Diferentes apariencias que no pasaban de ser disfraces, que pronto caían cuando el dictador y su régimen se veían - o creían verse - amenazados, para dejar paso a la represión más cruel y descarnada. No tan dura en los últimos tiempos como en los primeros - de auténtica eliminación del otro y de atemorizacion de los supervivientes - pero siempre amenazando con volver a ser lo que fue: una máquina de matar.