jueves, 2 de abril de 2015

El artista como empleado

Robert Mallet-Stevens, La cité moderne

Comentaba en entradas anteriores como el MNCARS madrileño parecía embarcado en la tarea de difundir el arte contemporáneo posterior a 1960, tan poco conocido, casi despreciado, por los aficionados. La fundación Juan March, curiosamente, también realiza algo parecido, solo que últimamente ha pasado de la promoción del arte ruso/soviético y el alemán, a realizar una concienzuda revisión de lo que se llamaba en el pasado artes menores y ahora se conoce como artes industriales/decorativas, con ejemplos tan destacados como la modélica exposición La Vanguardía Aplicada, dedicada a la revolución que experimento la tipografía europea con la llegada de las vanguardias.

Este esfuerzo no puede ser más loable, ya que ayuda a romper la distinción forzada entre las llamadas artes menores y mayores (ejemplo: ¿Por qué la pintura es mayor y la ilustración menor? ),  división para las mismas vanguardias había dejado de tener valor. Asímismo, esta nueva mirada permite ofrecer una imagen más completa del ambiente cultural de ese tiempo, en el que las influencias podían surgir - y de hecho provenían - de los lugares más inesperados. Sin embargo, en este afán de la Juan March, se ha colado otra motivación que ya no me parece tan necesaria y que  no esta exenta de cierta manipulación. Se trata de la reivindicación del artista como asalariado -pero, ¡ojo! no como artesano - que trabaja por encargo, frente al artista revolucionario que hace de la libertad y de la integridad su bandera.

Un tema y un objetivo que parecen ser el centro de la última exposición de la March, la que tiene el nombre de El Gusto Moderno, Art Déco en París, 1910-1935.




Esa deriva en la concepción del artista es relativamente reciente, aunque en realidad suponga una cierta vuelta a la "normalidad" del artista clásico, propietario de un taller que funcionaba como una pequeña empresa, de manera que el porcentaje de obra realizado por el maestro dependía del precio pagado y de la importancia del comitente, mientras que el resto era dejado en manos de aprendices y ayudantes, algunos a su vez, futuros maestros. Sin embargo, el modelo presente no es el del artista empresario, sino, como decía, el del artista asalariado, quien no se diferencia en mucho de cualquier otro empleado de una gran empresa y que, como ellos, realiza los productos que ésta le ordena, con las especificaciones que ésta le traza, de forma que su figura y su personalidad acaban por disolverse en un mismo sabor corporativo, fuera del cual no hay otra cosa que la soledad, el aislamiento y la probreza.

Aún así, no habría nada de malo. En nuestra sociedad actual, donde el arte y su práctica se aprende en escuelas y facultades, la mayoría de los estudiantes no encontrarán otra salida que no sea la del asalariado, la de convertirse en creador de productos en serie, de encargos, en los cuales si tiene suerte y le dejan podrá expresar su talento, a la manera de los artesanos anónimos de antaño. El problema con las nuevas exposiciones de la March es otro, y se trata la reivindicación del artista como propagandista, de sí mismo o de sus protectores, postura política que era ya notoria en las exposiciones de Deineka o de Depero, en las que no se llegaba a diferenciar claramente, o no se ponía lo suficiente de manifiesto, las peligrosas y tempestuosas relaciones entre arte y poder político/económico en el mundo moderno.

De nuevo, lo anterior no quiere decir que la exposición de la Juan March sea mala, todo lo contrario. Gran parte del arte del pasado ha sido propagandístico, adulatorio, destinado al disfrute de unas élites muy concretas que buscaban confirmar mediante el arte los fundamentos de la sociedad que dominaban. El problema surge en que esta relación no es puesta de manifiesto explícitamente en la exposición de la March, de manera que lo que es en realidad un arte para unos pocos realizado por unos pocos, donde se filtran y plasman los prejuicios políticos, raciales y sociales de las élites, se hace pasar por un arte de todos y para todos, lo cual evidentemente no es.

A menos que consideremos que Coca-Cola (o Chanel) son empresas estrictamente regidas por criterios filántropicos, dispuestas a aceptar pérdidas económicas por el beneficio y el progreso de la humanidad entera.

Cassandre, Cartel del transatlático Normandie

Dicho esto, y tomadas las precauciones debidas, la exposición falla en realidad falla por otro motivo. Su intento de hacer pasar el Art Déco, como el "otro" gran movimiento artístico europeo, paralelo y a la altura de la vanguardia. Con ese fin, la muestra reúne un número inmenso de objetos, no todos de igual calidad o relevancia, que además reflejan diferentes "eventos" y "ocasiones" sociales cuya relación entre sí o con el Art Déco no es completamente clara.

Es decir, con lo que hay reunido en la exposición daría para muchas exposiciones parciales, a saber: la relación de los artistas de la vanguardia con las artes industriales/decorativas, como fue el caso de Raoul Dufy, Man Ray o Sonia Delaunay - o los arquitectos del movimiento moderno, de Le Corbusier a Frank Lloyd Wright -. La aplicación del diseño moderno en los objetos cotidianos: el mobiliario, los adornos, la vestimenta,  y todo lo que ahora se llama los "complementos". La cadena de exposiciones "universales" que en realidad eran ferias publicitarias tanto de las grandes firmas como la de un occidente en el apogeo del colonialismo y que dividía el mundo entre civilización - la occidental, por supuesto - y exotismo de guardarropía - el de los otros colonizados y colonizables -. La irrupción de los nuevos métodos de transporte, coche, avión, barco, y su redefinición como objetos de arte, dignos de admiración. El despertar de estos decoradores anónimos, menospreciados, y su toma de consciencia como auténticos artistas, no como asalariados/artesanos, sino como creadores que podían y debían aportar algo nuevo y valioso al mundo.

Cada uno de esta aspectos, como digo, valdría para una exposición por separado, pero lo que se ha montado ahora no es más que un inmenso batiburrillo, a cuya comprensión y visita no ayuda que el número de piezas expuestas haya tornado especialmente angostas las salas de la March, incapaces de albergar al número de visitantes que quieren ver la exposición, especialmente en estos días de vacaciones.

Y es una auténtica pena, porque en esta exposición hay más de una pieza valiosa. Objetos magníficos y únicos, en los que se nota el talento, casi el genio, de sus creadores, de quienes no debería importarnos que fueran, como digo, asalariados, o que su obra debiera ajustarse a unos dictados muy precisos. Porque en ese trabajo, en esa labor, por un instante se cruzaron con la belleza, la auténtica belleza, de forma que sus creaciones acabaron tornándose en una de tantas corrientes subterráneas de las que se alimentó y se alimenta el arte contemporáneo, entonces y ahora.

Formas de ver y de sentir, que acaban por surgir en los lugares más inesperados, como el cine o la animación.


Sonia Delaunay, Patrón textil