domingo, 26 de abril de 2015

La Lista de Beltesassar (XCII): The Grasshoper and the ants (1934) Wilfred Jackson






















Como todos los domingos, continúo mi con revisión de la lista de cortos animados realizada por el misterioso profesor Beltesassar. Esta vez ha llegado el turno a The Grasshopper and the Ants (La cigarra y las hormigas), corto realizado en 1934 por el director americano encuadrado en la Disney, Wilfred Jackson.

Encuadrado en la Disney. Subrayen esto. En la historia de la animación, los años 30 se caracterizan por el surgimiento y consolidación del estilo único (tm) encarnado en la Disney (también tm). Este estilo único disneyano sería dominante hasta la década de 1950, extendiéndose por todo el mundo y determinando el modo en que la animación se entendería y construiría en todos los países. Una uniformización de la animación comercial mundial que no se limitaría a los amigos o aliados de los EEUU, sino que contaminaría a los enemigos políticos de ese país, la Alemania Nazi, el Japón Imperial, la Rusia Comunista, donde la animación trataría de liberarse de esa dominación externa, mediante la paradoja de producir copias nacionales del estilo único aplicadas a la propagación de sus propias ideologías.

La influencia de la Disney de los años 30 y 40 fue tan grande y determinante que aún hoy amplios sectores del público y críticos siguen concibiendo a la animación en términos disneyanos, sea para alabarla o para denigrarla. Viendo The Grasshopper and the Ants, es fácil comprender como la empresa del ratón llegó a conseguir esa ascendencia sobre espectadores y profesionales. La factura técnica de estos cortos tempranos - estamos en 1934, no lo olviden - es impecable, difícil de conseguir incluso hoy en día, con el ordenador. Estamos hablando de animación casi en unos, realizada fotograma a fotograma, donde cada movimiento tiene un significado preciso y está descrito con la mayor precisión, donde se renuncia al viejo truco de animar sólo un personaje, pensando que la atención del espectador quedará fijada en él, para conferir vida también a los secundarios, que reaccionan ante la acción principal y participan a ella.

Si unimos a esto el uso temprano y espléndido del color, además de la armonización y sincronía de imágenes y música - aunque en este último  aspecto, Disney sólo tomaba el testigo de otros pioneros anteriores, como los Fleischer - es perfectamente comprensible la fascinación que los cortos de esta compañía ejercieron sobre el público y los animadores de ese tiempo... y que aún perdura aún día, aunque sólo en la faceta más técnica. Porque en lo que respecta a al contenido temático y narrativo, lo cierto es que los cortos de la Disney, incluido este The Grasshopper han envejecido bastante mal, cosa que no ha ocurrido con los de sus mejores competidores - de nuevo los Fleischer - de manera que las obras que pretendían ser cómicas han perdido toda su gracia, mientras que las que intentaban ser medio serias, ahora se muestran cursis y sensibleras.

Esto último es lo que ocurre con The Grasshopper. Lo que era una fábula bastante cruel y descarnada sobre la moral del trabajo, se transforma en manos de Disney en una versión aguada que no pretende ser otra cosa que mero entretenimiento. El texto original, como conviene a todo fabulista/moralista, pretendía educar a la fuerza mostrando el castigo sin paliativos de su protagonista, la cigarra, a quien su mala cabeza  y su falta de previsión la conducía a un destino desastrado, del que no merecía ser redimida ni rescatada. Este mensaje, a su vez, podía ser sometido  a una crítica no menos acerba, con origen en otro tipo de moral y donde cuestionasen los fundamentos ideológicos que regían el texto original. Nada de eso, no obstante, se encuentra en la versión Disney, donde el final feliz y la reconciliación última son obligados,  negando lo que la historia original pretendía, pero sin contradecir sus fundamentos, ya que a pesar de la oposición radical entre los mundos de las hormigas y el de la cigarra, al final ésta acaba integrándose en el mundo del trabajo, como miembro activo y productivo de esa sociedad, y por tanto, feliz y satisfecha.

¿O quizás no? Porque de nuevo hay que volver a la fecha de 1934, la de la gran depresión, un mundo y un tiempo que se había hecho tan duro y tan mortífero para la gente normal como el invierno lo era para la cigarra. Un mundo donde el arte, como el practicado por la cigarra, se había convertido en un lujo superfluo que la sociedad no podía permitirse, ya que no ni siguiera podía encontrar como alimentar a otras personas mucho más necesarias y más necesitadas. Un mundo, en fin, cuya curación sólo sería patente y manifiesta cuando todos volvieran, al fin, a ser integrados en él, pudiendo desarrollar su vocación sin miedo a ser marginados.

Como siempre, no les doy más la lata. Miren el corto y si no llegan a disfrutarlo, sea por la razón de sea, al menos tengan presente la importancia que estos cortos de la Disney de los años 30 tienen en la historia de la animación.