jueves, 30 de abril de 2015

Celebración




































En esta revisión de la obra de Vertov, les he señalado ya varias veces como es imposible separar la estética de la política -  o la propaganda - en sus películas, que hacerlo sería una impostura, además de una traición a los ideales del propio director. El caso de Odinnádtsatyy (El undécimo año, 1928) no es una excepción, ya que la idea que inspira la película es la celebración del undécimo aniversario de la revolución soviética, cuyo éxito se plasma en sus logros técnicos e industriales.

La URSS, en la visión de Vertov, es un país dinámico y moderno, cuyo ejemplo señero es la la presa y central hidroeléctrica del río Dnieper, cuya construcción se convierte en el principal protagonista de la primera parte del filme. Esa construcción se muestra como una fuerza de origen humano cuyo poder es capaz de doblegar a las fuerzas naturales - el caudaloso río ucraniano - y que no se detendrá ante nada, sean paisajes naturales, restos del pasado o lugares habitados, con tal de conseguir sus objetivos económicos y políticos.

Estos fines, cuya ilustración cubre el resto de la película, consisten en llevar la electricidad a granjas, industrias y minas, proveyéndolas de la energía que necesitan para multiplicar su producción. El resultado de este esfuerzo, heroico y casi bélico, es la transformación de la nueva Rusia soviética en una inmensa factoría industrial, en oposición al carácter rural del imperio zarista. Esa industrialización se convierte así tanto en la prueba de la superioridad de la superioridad del sistema soviético como en la garantía de su supervivencia frente a amenazas exteriores... además de la promesa de su extensión victoriosa al resto del mundo.

En breves palabras, este es el mensaje del filme, tan mentiroso y tan falso como cualquier propaganda proveniente del sistema politico, o la empresa comercial, que sea. En otras manos hubiera devenido una película pesada, aplastada por el peso de sus propias mentiras, convincente sólo para aquellos que ya eran creyentes de antemano. Sin embargo, nos hallamos en manos de Vertov, de forma que Odinnádtsatyy, se convierte en un nuevo ejercicio de estilo - de su éstilo -, repleta de hallazgos y recursos, que la vuelven casi una obra maestra, aunque no a la altura de la inimitable Chelovek s kinoapparátom (El hombre de la cámara, 1929). Y esto a pesar de que la versión que nos ha llegado está mutilada en casi 10/15 minutos... probablemente por el propio Vertov, que utilizo segmentos del negativo original para Chelovek s kinoapparátom.

¿Y dónde estribaría la diferencia entre un Odinnádtsatyy con Vertov y otro sin Vertov? La primera es que el director ruso es un documentalista de raza, como sería por ejemplo, y para no decir obviedades cinéfilas, alguien como Humphrey Jennings unas décadas mas tarde.  Vertov sabe colocarse en medio de aquellos a quienes retrata, de manera que su visión no es externa, sino interna, la de alguien que vive, comparte, trabaja con esas personas, con las que apenas pasamos unos segundos, minutos a lo sumo, pero parece que conozcamos desde siempre. De esa manera, las acciones más normales, más triviales, se recubren de un halo de grandeza, de heroísmo, y al mismo tiempo de sinceridad y de naturalidad, en donde, por ejemplo, el duro trabajo de las mujeres ucranianas que separan el carbón recién extraído, no oculta su carácter de labor extenuante y descorazonadora, sin que esto suponga ningún desdoro para quienes tienen que ejercerlo, sino más bien un timbre de gloria.

A este instinto y cariño por el ser humano y sus labores, se une un ojo extremadamente perceptivo, capaz de descubrir la belleza y la armonía en los lugares más insospechados, como podrían ser la minas o las inmensas instalaciones metalúrgicas, para traducirlo en planos de composición impecables y que al espectador le parecen únicos, nuevos y frescos, imposibles de repetir e imposibles de copiar, aunque muchos, en los ochenta años transcurridos, así lo hayan intentado. De esa manera, es posible ver, amar, Odinnádtsatyy sólo por los largos travellings que cruzan las plantas industriales, o los planos fijos que nos ilustran, sin moverse ni explicarlos, procesos de fabricación que una generación virtual y computerizada, como la nuestra, apenas llega a comprender y descifrar.

Y por encima de ello, unificándolo y dominándolo, está el montaje, ese complejo edificio de planos y secuencias, que nos va llevando de una idea a otra, convenciéndonos sin que lleguemos a darnos cuenta de que estamos siendo manipulados, para estallar al final en pura alegría, baile, avalancha, catarata de imágenes, en la que no importa el mensaje, sino que es simplemente válido por el goce visual que provoca, por la euforia, la borrachera que provoca ese jugar sin límites y limitaciones con lo que la cámara ha capturado y conservado.

Para que otros, a su vez, lo vean y lo disfruten, se embriaguen con ello.