domingo, 5 de abril de 2015

La Lista de Beltesasar (LXXXIX): Rubicon (1997) Gil Alkabetz






















Como todos los domingos, continúo mi con revisión de la lista de cortos animados realizada por el misterioso profesor Beltesassar. Esta vez ha llegado el turno a Rubicon, corto realizado en 1997 por el animador israelí, afincado en Alemania, Gil Alkabetz.

Alkabetz es más conocido por su corto posterior Morir de Amor (2004), de acabado más artístico, pero Rubicón, a pesar de que puede parecer más simple, incluso más torpe, es un magnífico ejemplo de las posibilidades de la animación para construir complejos edificios partiendo de (casi) nada. La excusa argumental es mínima: un antiguo problema de lógica de solución conocida por todos, con el que poco más se puede hacer que ilustrarlo. En otras manos menos hábiles el corto se habría quedado en mera ilustración de un chiste, convirtiendo en reales los prejuicios de muchos hacia ese formato "menor". Sin embargo, como si fuera un matématico, Alkabetz utiliza esa simple base de partida para embarcarse en un juego de combinaciones de creciente complejidad que parecen no tener fin, ni conclusión alguna, excepto el capricho del tejedor.

Ese desarrollo infinito se plantea así como una serie de imposibles con los que se ponen en duda las expectativas del espectador sobre lo que habrá de suceder a continuación, no sólo en términos de personajes y formas, sino dimensionales y espaciales. La apuesta y las audacias van subiendo continuamente, hasta que la cadena de metamorfosis deja de ser un mero juego argumental para adentrarse en otras diferentes posibilidades y estilos de la animación, desde el mero slapstick a la pura abstracción, sin olvidar un claro guiño a lo que fuera la animación antes del cine, todos esos artilugios mecánicos decimonónicos que permitían reconstruir el movimiento partiendo de una secuencia de dibujos.

El corto de Alkabetz, bajo su apariencia inocente y lúdica, hace referencia por tanto a dos aspectos fundamentales de la animación, aparentemente contradictorios, pero en realidad inseparables e indisociables. Por una lado, esa característica de juego y divertimento, que en sus mejores productos, propone variaciones sin fin sobre un mismo tema de partida, necesitando para mantener en pie ese castillo de naipes, un perfecto conocimiento de los tiempos y de los ritmos, similar al instinto teatral que todos los buenos dramaturgos poseen. Pero, por otra parte, todo gran corto de animación es asímismo un estudio de las capacidades formales de esa forma, en la que cada una de las variaciones supone la apertura de nuevas posibilidades, de cuya correcta selección y exploración - y de las nuevas aperturas, selecciones y exploraciones a las que ésta lleva - depende el éxito, valor e importancia del corto.

Rubicón es, por tanto, al mismo tiempo chiste y análisis, juego y silogismo, conjunción de contrarios cuya conclusión no es un final, sino un nuevo principio. Una invitación a repetir todo el proceso, a embarcarse, tanto director como espectadores, en un nuevo laberinto de posibilidades, durante el que se recorran todos esos caminos y recovecos que se dejaron de lado en el primer intento.

No les entretengo más. Como siempre, les dejo aquí el corto. Disfrutenlo, aprecien su elegancia y (falsa) falta de pretensiones, para comprobar al final como la animación, la auténtica y mejor animación, no necesita de efectos espectaculares y pirotécnicos, sino de talento y del gusto por el juego. Sin que importen para conseguirlo que los materiales que se utilizan sean (aparentemente) pobres.