jueves, 1 de mayo de 2014

Abyection






Ya les he señalado en muchas ocasiones como el mayor problema al que se enfrenta el aficionado a la hora de valorar las producciones del cine silente es precisamente el eliminar lo que hay de mito en la percepción recibida. Como en otras artes, es preciso limpiarlas de toda la suciedad acumulada, de los barnices obscurecidos, de restauraciones bien intencionadas, para intentar verlas como si nadie nunca antes las hubiera analizado, juzgado y clasificado. Sin pretender verlas como los espectadores de tiempo de su estreno, eso es imposible, pero sí haciéndolo con ojos inocentes y sin prejucios. La labor es especialmente difícil con obras como The Birth of a Nation (1915) de David W. Griffith, producción ya centenaria, puesto que la leyenda crítica que rodea a la película la convierte tanto en obra fundacional, primer largometraje o al menos el primero que mereciera la pena, borrando así el recuerdo de todos los demás; como en modelo canónico de lo que debería y no debería ser el cine, establecido y fijado así para la eternidad desde los orígenes, sin posibilidad de modificación o evolución.

Como pueden imaginarse, lo anterior es, cuando menos, inexacto. La obra de Griffith podría haber seguido así el camino de otras muchas obras venerables, antaño ensalzadas a los altares: acabar siendo relegada a un rincón de honor, mientras conserva su prestigio simplemente porque nadie la ve ya... o, en un inesperado giro del destino, ser descubierta por un público nuevo, generalmente minoritario, que la aprecia por razones opuestas a aquellas que la encumbraron. The Birth of a Nation, paradójicamente, sigue viva a pesar de su avanzada edad, pero no por sus cualidades artísticas, hace largo tiempo convertidas en normas de un estilo clásico del que las generaciones jóvenes buscan apartarse, sino por su calidad de escándalo, de producto que promueve, sin ningún tipo de complejos o excusas, una ideología aborrecible.

Ese contenido polémico de la obra de Griffith se conocía desde hace mucho tiempo, pero, por alguna razón se había mantenido oculto a la sombra de las virtudes cinematográficas innegables de una obra fundacional. Si alguien lo señalaba explícitamente, inmediatamente se disculpaba con la excusa de que eran otros tiempos, la percepción social no era la misma que ahora, la licencia artística y la libertad de expresión permiten todo, lo se que cuenta no es tan extremado, incluso justificable - sí, hay quien es capaz de utilizar este arma -, o si estos argumentos no bastaban, que la figura de Griffith quedaba exonerada por una obra tan social, tan humanista, tan igualitaria, como Intolerance (1916). Unos argumentos que, si se dan cuenta, son los que surgen una y otra vez, normalmente en boca de elementos de la derecha que se cree liberal, cuando intentan justificar atropellos artísticos a los derechos y dignidad de las personas.

A estas alturas, se estarán preguntando qué cosa es que hace tan escandalosa la película de Griffith. Si no estaban en el asunto o no se han coscado con las captura que abren esta entrada, el problema es similar al de Tintin en Afrique de Hergé, una obras casi, casi contemporáneas. El cómic de Hergé era un compendio de los peores prejuicios del colonialismo, con los que se intentaba justificaba la expansión colonial europea: por África y Asia: el negro como ser infántil, cuya inteligencia sólo le daba capacidad de parodiar la civilización occidental, el hombre blanco como ser superior, portador de la ciencia, la moral y el progreso, que tenía como misión autoimpuesta la pesada carga de educar y civilizar a las razas inferiores...  mientras se callaban sistemáticamente los horrores de la salvaje colonización belga del Congo. Por su parte, la película de Griffith sólo ve mal en el sistema esclavista del sur de los EEUU en tanto que factor de división del país, mientras que crea y propaga el mito de que esta región era una arcadia feliz antes del inicio de la guerra civil. Siempre y cuando cada raza ocupase el lugar que le estaba destinado: los blancos como señores y gobernantes, los negros como sirvientes y subordinados, sin posibilidad de igualdad, ni por supuesto mezcla.

El problema no es ya que The Birth of a Nation se erija como la plantilla de los mitos sobre el sur que  poblarón la cinematografía norteamericana hasta tiempos recientes, piénsese en el folletón Gone with the Wind (1939). No, eso sería en cierta manera disculpable. El auténtico punto de escándalo es que la película es un panfleto propagandístico de las ideas de lo que en EEUU se llama White Suprematism (Supremacía Blanca), ideología que Griffith compartía y que nunca llegó a abandonar ni a condenar, como muestran los segmentos introductorios de The Birth of a Nation rodados en 1930, en los que el director sigue defendiendo la necesidad del Ku-Klux-Klan, para poner en cintura a los negros tras la guerra civil y salvar, supuestamente, a la población blanca, del saqueo de sus propiedades, la violación de sus mujeres y el exterminio final.

¿Se piensa que exagero? Para muestra un botón.


Como puede verse, uno de los argumentos centrales del filme es que la guerra civil entre norte y sur fue un error, un derramamiento de sangre innecesario, ya que la auténtica guerra "civil" es la que existe entre razas. un combate en que ambos lados enfrentados en la guerra deberían reconciliarse para formar un frent eúnico , con el objetivo de defender a ultranza la pureza sangre blanca, frente a mulatos y negros que amenzaban con quebrantarla mediante el mestizaje.

Una y otra vez, a lo largo del filme, Griffith reincide en las premisas básicas del White Suprematism. Los negros y los blancos no pueden ser iguales, ambas razas no deben mezclarse puesto que sólo llevará a la decadencia de ambas, el papel de gobierno y dirección debe recaer en los blancos, la raza elegida, mientras que los negros sólo pueden ser felices, plenos, si admiten su inferioridad y se someten a las decisiones de sus señores naturales. Cualquier intento de modificar este orden de cosas, sea o no por vías democráticas, debe ser parado mediante la via de la violencia, aunque esto implique quebrantar las leyes de la república o enmbarcarse en actos terroristas. El Ku-Klux-Klan, por tanto estaba plenamente justificado en sus acciones, puesto que pretendía defender a ancianitos indefensos y vírgenes puras de la bestialidad y la lujuria animal consustancial a las razas inferiores.

Acciones  violentas e ilegales que, no se lo pierdan, incluían impedir esas mismas razas inferiores el  derecho voto concedido por las leyes de emancipación, como ilustra el final de la película. No fuera que se les ocurriera transformar el mundo por medios pacíficos.













Escenas que hoy resultan repulsivas, abyectas, sin defensa posible, aunque haya quien lo intente con toda desfachatez, y que, más importante aún, en 1915 también lo eran, aunque la leyenda creada alrededor de The Birth of a Nation haya intentado ocultarlo una y otra vez, apelando al consabido argumento de "eran otros tiempos".

No, no eran otros tiempos. Era un tiempo en que grandes sectores de la población americana veían esta defensa del Ku-Klux-Klan como una ofensa a las esencias más sagradas de la democracia americana. Así, la NAACP, National Association for the Advancement of Colored People.- ya ven que la palabra colored existía en 1915 - se manifestó frente a los cines en los que se proyectaba la película y lanzó una campaña para mostar lo falsas y e interesadas que eran las tesis de la película: ni más ni menos que un insulto y una injuría contra parte de la sociedad estadounidense contemporánea.