miércoles, 14 de mayo de 2014

From the Vault (V): Serial Experiments Lain (1998)

Lain, así en corto, fue la serie que a muchos nos llevó a enamorarnos locamente del anime, en mi caso, a finales del verano del año 2000. Como otras series de su tiempo prometía una nueva forma que aunaba la visión cotidiana del presente con la especulación propia de la Ciencia Ficción dura, presuponiendo siempre un espectador atento e inteligente. El viaje que proponían era así cualquier cosa menos difícil, plagado de vueltas y revueltas, de enigmas y contradicciones, que mantenían al espectador en vilo de en episodio en episodio, muchas de las cuales jamás alcanzaban resolución - no, Lost no inventó nada -.

las cosas han cambiado mucho en los últimos 14 años. La victoria del moe/kawai ha llevado a que sus tics infantiles invadan hasta las obras más serias y complejas. Lain, por otra parte, muestra ya su edad, tanto en la calidad de su animación, pre-ordenador, como en los avances técnicos que han convertido esa sociedad futura que ilustraba en un producto arcaíco y primitivo.

Aún así, sigue siendo una de las más grandes, si sólo porque pocas series hay ahora mismo que puedan hacerla sombra.


Serial Experiments Lain
1998, 13 Episodios


Junto con Neon Genesis Evangelion, esta serie dejó claro, para todo espectador medianamente atento, que algo se estaba moviendo en el mundo del anime, o más concretamente, que su ámbito no se reducía (y nunca se haba reducido) a los combates de Mechas o las mujeres de senos increíbles.

Para entender un poco lo que supuso en su momento esta serie, centrada en la Internet (la Wired en la terminología de la serie) y su impacto sobre los series humanos, hay que recordar que en aquellos tiempos el modem de 56 Kbits/s era el último chillido tecnológico y que la conexión full time a Internet era el privilegio de algunos afortunados... incluso en aquellas empresas del ramo.

No es de extrañar por tanto el revuelo que supuso entonces que una serie presentase el ordenador (El Navi según la serie) como un electrodoméstico imprescindible en los hogares, que se describiese a unos niños que reciban en el colegio cursos de informática casi de profesional y que utilizaban móviles y PDAs como los que sólo ahora empiezan a verse. En definitiva una la sociedad completamente interconectada, una civilización dependiente por entero de la red, cuya ausencia provocaría su hundimiento.



Sin embargo, la ciencia ficción que se ocupa sólo de predecir los adelantos futuros no pasa de ser un producto de temporada. Seguimos leyendo a Julio Verne, aunque sus máquinas voladores jamás podrían haber remontado el vuelo y el motor del Nautilus nunca habría funcionado, de la misma manera que Bradbury es uno de los grandes de la Ci-Fi, a pesar de no haberse preocupado nunca de los principios técnicos de sus mundos futuros. La esencia de la ciencia ficción radica en la libertad que permite al escritor el trasladar su narración al futuro, a una utopía o a una distopia, según se mire. Libres de la necesidad de reproducir el presente, es posible analizarlo en profundidad, incluyendo conflictos y situaciones que en el aquí y ahora de nuestro presente nos parecerían ridículos, pero que como los espejos nos enseñan lo que no queremos ver... planteamiento y resultados no muy distintos de los de la gran novela histórica o de poca.

Present day, present time es la frase con la que comienza la serie. Ahora mismo, en este momento, es la posible traducción. Con ese espíritu, la realidad del Japón de ese tiempo ha sido reproducida con un detalle casi obsesivo. Diseños de personajes completamente realistas (nada de ojos de plato), atención a las modas del momento, reproducción del paisaje urbano, puentes, túneles, escaleras, casas, trenes que van y vienen, pasos de cebra, calles abarrotadas, discotecas, oficinas, hasta el extremo de traducir al dibujo los transformadores de la luz y los cables del alumbrado. Sin olvidar por supuesto, la descripición las horas del da, la luz aplastante del mediodía, los rojizos del atardecer, el frescor de la mañana, los neones de la noche.

Todo lo enumerado en el párrafo anterior no es sino el medio de hacer desaparecer la incredulidad, a engañarnos y obligarnos a bajar las defensas, para permitir que el desasosiego se instale. La red de cables que une las casas es casi una telaraña que mantiene atrapada la ciudad y a sus habitantes. Su zumbido es omnipresente, como si algo estuviera acechando tras la realidad. Una presencia indefinida que se deja ver en las aguamarinas que aparecen en la sombra que Laín proyecta en el suelo, o cuando la figura humana, las figuras humanas que sólo Laín ve, se disuelven repentinamente en el decorado, o cuando otras presencias aparecen donde antes no había nada, o cuando al regresar a casa, ya de noche, encuentra que no hay nadie, ni padres, ni hermanos, que en realidad nunca los ha habido.

Lentamente, muy lentamente, en el hastío existencial que es la esencia de la vida en el mundo desarrollado, la rutina de Lain va cambiando. Primero por ser testigo de acontecimientos que les suceden a otros, los correos recibidos de los suicidas que han acabado con su vida por haber encontrado a dios en la Wired, el joven que toma drogas que distorsionan la consciencia y le permiten ver lo oculto a los ojos de los otros, los niños que son incapaces de volver a la realidad tras apuntarse a un juego en red, los niños, por último, que, en medio de la calle, alzan los brazos y adoran a un ser que aparece en un desgarrón del cielo. Luego, por los propios acontecimientos que le suceden a Laon, a medida que se va encerrando en su habitación, a medida que se aparta del mundo y su única realidad se convierte en aquella que le ofrece la conexión a la Wired.

Lentamente, el mundo real desaparece. Mejor dicho, el mundo real es absorbido por la Wired, nada puede existir en la realidad que no haya sido creado previamente en la Wired. Más aún, cualquier cambio en la Wired se traduce inmediatamente en un cambio en el mundo real, sin que nadie tenga conciencia de las transiciones. Esta confusión en la realidad se traduce en la propia estructura de la serie que poco a poco deja de dar respuestas a las misterios que se han planteado hasta ahora en el mundo de Lain, para adoptar una estructura fragmentaria, donde pequeños detalles se superponen y yuxtaponen, sin que podamos adivinar, en ese momento, su importancia. Similar en toda a un caleidoscopio, idéntica a la Internet de hoy, que es la plasmación perfecta de la biblioteca de Babel Borgiana, donde se pueden encontrar todas las verdades y todas las mentiras, sin que haya patrón válido para distinguirlas.

En efecto, ya no existe, en ese mundo en el que se adentra Lain, algo que podamos llamar intimidad, individualidad, consciencia. Todos los pensamientos, todos los sentimientos, todos los secretos están almacenados en la red y son accesibles por cualquiera, sin límite ni restricción. Aún más, en ese mundo interconectado donde todo es la Wired y la Wired es todo, nuestra persona es la imagen que hemos elegido en el mundo virtual, no existe un yo fuera en el que podamos refugiarnos y un yo dentro con el que juguemos, nuestro yo real es el el yo de la Wired, o ms bien todos los yos que hemos pretendido ser.

Sólo es real, por tanto, lo que está registrado y almacenado en la Wired. Lo que no está contenido en ella, no existe, no puede existir de ninguna manera, así como no puede continuar perdurando aquello cuyo su registro se modifique. De este modo, se nos da a entender, que a partir de la interconexión de todos los humanos, ha surgido una nueva entidad, la conciencia de la tierra y que los elementos que la componen, los seres humanos, son perfectamente prescindibles. El cuerpo, el ser humano no es necesario de ahora en adelante, al igual que en el cerebro no es una neurona partícular la que importa, si no la red que forman, y se puede eliminar cualquiera de ellas sin problemas, repartiendo sus funciones entre el resto, haciendo un simple backup de sus contenidos.

Y en medio de toda esta deshumanización es la amistad entre dos niñas, entre Alice y Lain, la que provocará una cierta redención.