jueves, 8 de mayo de 2014

Serenity

The snow is deep on the ground.
Always the light falls
Softly down on the hair of my belovèd

This is a good world.
The war has failed.
God shall not forget us.
Who made the snow waits where love is.

Only a few go mad.
The sky moves in its whiteness
Like the withered hand of an old king.
God shall not forget us.
Who made the sky knows of our love.

The snow is beautiful on the ground.
And always the lights of heaven glow
Softly down on the hair of my belovèd.


Kenneth Patchen, Cloth of the Tempest, 1943

Ya les había hablado de mis sentimientos encontrados acerca de la obra poética de Kenneth Patchen, un escritor americano a quien descubrí a través del poema que abre esta entrada y que he podido al fin situar cronológicamente dentro de su obra.

Mis mayores problemas con lo que he leído pueden deberse, como ya apuntaba, a que la afición de Patchen por la experimentación torna su inglés en muy difícil de leer y comprender, un auténtico reto incluso para hablantes nativos. No obstante, tengo la impresión de que detrás de su habitual ensamblaje de palabras casi al azar, de sus agrías disonancias, de sus opuestos y contradicciones semánticas, se esconde un mensaje más humano y cálido, más cercano, que recorre su obra entera. No hay que olvidar que Patchen, en sus inicios, era un poeta social, preocupado por la denuncia de las injusticias y las miserias de su tiempo, la Gran Depresión, primero, la Segunda Guerra Mundial, después. Esa afinidades políticas que se traducen estéticamente en un intento por romper los corsés de la poesía tradicional, de manera que se restablezca la conexión perdida con el común de las gentes, restaurando el ideal del poeta-juglar que canta a su pueblo.



Estas sospechas mías se ven confirmada, a mi entender, por su poesía de tiempo de guerra, encajada de manera un tanto incómoda entre su juventud como poeta comprometido con la izquierda revolucionaria y su madurez como patriarca de los poetas beat de los cincuenta. Patchen era profundamente pacifista, hasta el extremo, como buena parte de la izquierda americana, de oponerse a la intervención de su país en la lucha contra Hitler, al parecerle fascismo y capitalismo dos caras de la misma moneda. El impacto del horror de la guerra en sus inicios, en lo que tenía de fin apocalíptico de la humanidad y la civilización, cuyos logros parecían limitarse desde ese instante al exterminio masivo de seres humanos, cristalizó en un libro único, desigual, inclasificable, pero impresionante en su propia desmesura: The Journal of Albion Moonlight, que ya reseñé en otra entrada.

Esa obra plasmaba a la perfección los miedos y temores del escritor en el tiempo anterior a la entrada en guerra de los EEUU, plasmados en su percepción de ser inútil por ser poeta, o peor aún, de haberse convertido en un enemigo de la humanidad en conflicto precisamente por su incapacidad innata para destruir u odiar. Podría pensarse que esa vena desesperada se acentuaría a medida que el conflicto se agudizase y la guerra invadiera todos los ámbitos sociales, pero da la impresión que ese libro constituyó una válvula de escape a sus conflictos interiores, ya que las dos siguientes colecciones de poemas, The Dark Kingdom de 1942, y Cloth of the Tempest de 1943, se adentran en un territorio completamente nuevo, constituyendo lo mejor que leído de su producción

We are so wonderfully done with each other
We can walk into our separate sleep
On floors of music where the milkwhite cloak of childhood lies

O my lady, my fairest dear, my sweetest loveliest one
Your lips have splashed my dull house with the speech of flowers
My hands are hallowed where they touched over your soft curving


It is good to be weary from that brilliant work
It is being God to feel your breathing under me

A waterglass on the bureau fills with morning
Don’t let anyone wake us


Kennet Patchen, The Dark Kingdom, 1942

Cuando hablo de territorio nuevo, no quiero decir que Patchen, repentinamente, deje de ser o se traicione así mismo. Sus miedos existenciales, su repulsa sin tapujos ante la guerra y la deshumanización que acarrea, siguen siendo más que visibles, quizás un poco atenuadas por la censura existente en unos EEUU ya beligerantes. Lo que caracteriza a esos dos libros, al contrario que su obra anterior, es su serenidad, inesperada en unos escritos compuestos in tempore belli, que se traduce en dos aspectos completamente ausentes en su obra anterior: la legibilidad de sus poemas y la irrupción del amor humano, eterno, perfecto y completo, en un mundo del que parecía haber sido desterrado a perpetuidad.

No es que Patchen se haya hecho más fácil - más comercial, diríamos ahora - o menos experimental. Cloth of the Tempest esconde los primeros ejemplos de sus poemas visuales, dibujos, casi garabatos, que buscan transmitir gráficamente lo que las palabras son incapaces de expresar. Bastantes son auténticos enigmas, jeroglíficos que apenas admiten explicación, pero que no se hayan exentos de un fuerza especial, resistiéndose a todo comentario escrito, como conviene a su propia naturaleza visual. Esto implica que si quiero que realmente los juzguen y los aprecien, no me queda otra que callarme y escanearlos, si tengo tiempo y ganas, claro.

Voviendo a los poemas, en concreto, a aquel que me hizo interesarme por Patchen. Se trata, como los esparcidos a lo largo de esta entrada, de una celebración del amor humano, en el que la plenitud que lo acompaña alcanza resonancias cósmicas, como si el propio Dios - o la naturaleza - se hubiera preocupado por cultivarlo, cual si fuera una planta a su cuidado. Aislado de su contexto es ya un poema notable, de los mejores de su autor, pero ahora que sé cuando fue escrito alcanza una resonancia aún mayor, como promesa de un tiempo en el que la locura de la guerra ya no existirá, su propio recuerdo se habrá extinguido, y la humanidad al fin habrá recuperado la razón, sanada por completo de su crueldad y violencia.

Es quizás ese descubrimiento del amor, en medio de una guerra sin fin y sin piedad,  lo que convierte a estos poemas en memorables, engarzándolos en esa larga tradición de poesía erótica que, en cierta manera, puede considerarse como el único y auténtico tema de la poesía desde sus orígenes. Frente al demonio de las armas, el amor humano se torna una fuerza cósmica, la única capaz de vencer y destruir a los monstruos de la destrucción y la crueldad, frente a que se verán impotentes, inermes antes su poder inagotable.

Amor, en fín, convertido en único medio de salvación, tanto personal como colectiva, en la única esperanza de la humanidad.

En la única causa a la que merece entregarse, dedicar la vida entera.

For losing her love all would I profane
As a man who washes his head in filth
She wakes so withely at my side,
Her two breasts like bowls of snow
Upon which I put my hands like players
In a child’s story of heaven

For gaining her love all would I protest
As a man who threatens God with murder.
Her lips part sleep’s jewelled rain
Like little red boats on a Sunday lake.
I know nothing about men who die
Like beasts in a war-fouled ditch-
My sweet…

O God what shall become of us!

Kennet Patchen, The Dark Kingdom, 1942