jueves, 29 de mayo de 2014

Old School (y 2)








































Señalaba en una entrada anterior que a lo largo de los años la primera película de Patlabor había ido ganando en calidad, especialmente si se compara con lo que se estila hoy en día en el anime. No era ya que su animación, realizada antes del ordenador, fuera magnífica, como ocurre con tantas obras a caballo entre los 80 y 90, sino debido a los temas abordados y a su intento de hacer cine adulto utilizando la animación, se convertía en una película que podía seguir siendo apreciada por parte del espectador, una vez dejados atrás los años de la juventud. No es que fuera una obra redonda, en su estructura quedaban patentes algunos errores de guión, además del lastre de las limitaciones obvias impuestas por el género de mechas, aunque muy matizadas y tamizadas.

Patlabor 2, dirigida también poe Oshii Mamoru en 1993, es por su parte una de las obras imprescindibles del anime, categoría que consigue adoptando unas estrategías que serían ahora mismo suicidas para cualquier producción reciente. En primer lugar, si en Patlabor el foco se centraba sobre el de los componentes más jóvenes del equipo de policía protagonista, en claro intento por enganchar al público juvenil, ahora son los dos componentes de mayor edad, los oficiales Goto y Nagumo, quienes llevan el peso de la trama. Por otra parte, la trama de ciencia ficción queda un tanto aparcada, convertida en objeto decorativo, conexión necesaria de la franquicia, para proponer una visión desencantada y un tanto cínica del presente político japonés de ese tiempo, además de las posibles derivas, autoritarias y militaristas en las que podría desembocar.

Vale la pena examinar con algo de detalle ambos factores.

La atención a los personajes de mayor edad, tan contraria e la tendencia actual al rejuvenecimiento e infantilización, no es una decisión caprichosa, sino que sirve para dotar a la película de una atmósfera peculiar y propia, que al mismo tiempo es muy típica del director Oshii Mamoru. Si se toman como ejemplo películas más recientes suyas, como The Sky Crawlers, se recordará que su estilo es meditativo y contemplativo, proclive a dejar a un lado los momentos de acción o tratarlos de manera anticlimática, mientras prefiere adentrarse en largas digresiones, casi pequeños poemas visuales. Esta fascinación por los ritmos lentos, casi por los tiempos muertos, consigue que las películas de Oshii ilustren a la perfección situaciones y ambientes en el que el sentimiento principal es el de empantamiento y callegón sin salidad, esos problemas irresolubles donde todas las opciones pueden y serán equivocadas.

Tal posicionamiento estético casa a la perfección con el enfoque hacia la generación madura de Patlabor 2. Debido a su cargo, estas personas tienen que jugar en todo momento un complejo y peligroso juego de equilibrios, en el que el ingenio, la palabra y mantener las formas son armas tan poderosas como los mechas policiales que utilizan. La atmósfera es por tanto, una de tensión continua, donde lo no pronunciado, lo acordado en la obscuridad y llevado a cabo fuera de los cauces oficiales, es tan importante como lo que sucede a plena luz y ante las cámaras. En consecuencia, ese mismo ejercicio cotidiano del poder, el continuo conceder que conlleva, la consciencia de las componendas y fracasos, sólo para alcanzar sólo victorias parciales e incompletas, dota a los personajes y a su modo de actuar, de una visible amargura y cinismo. Son personas que tienen un pasado cuyas repercusiones siguen bien vivas en su actuar presente, pero cuyos sueños e ilusiones fueron abandonados mucho tiempo atrás, sin que puedan llegar a revivirlos, mucho menos realizarlos en su contemporaneidad.

Respecto a la vertiente política, el nudo de la película es el auto-golpe que realiza el gobierno japonés a mitad del metraje, objeto de una de sus mejores secuencias, que he querido ilustrar con las capturas que abren esta entrada. Lo más llamativo e inquietante, en esos tiempos y también en los nuestros, es la facilidad con que la excepcionalidad del despliegue militar se incrustar en la cotidianidad ciudadana, como si siempre hubiera formado parte de ella, como si fuera completamente irreversible. Parte del impacto de la película consiste precisamente en mostrar como la apariencia civil  y democrática de nuestras sociedades es sólo una fachada, que puede quebrarse de manera  sencilla para devolvernos a tiempos ya pasados. Una Involución que puede descadenarse no ya a frente a acontecimientos reales, sino ante meras sospechas o temores.

Ese posibilidad de un vuelco en el supuesto progreso de la humanidad no era una posibilidad descabellada a principios de los 90, mucho menos en un Japón en los que movimientos de ultraderecha como el liderado por Mishima Yukio habían intentado dar un golpe de timón militar, para terminar en el suicidio de sus participantes; mientras que movimientos de ultraizquierda, retirados a refugios de montaña, se habían visto inmersos en una serie de purgas internas en las que habían acabado exterminándose a sí mismos. En Patlabor 2, reflejando esos fenómenos políticos, tan similares por otra parte a los de los años 30,  es precisamente una asociación clandestina, formada por altos cargos del estado y del ejército, la que intenta dar ese golpe de timón a la estructura política del Japón. Sus tácticas son la realización de una serie de actos terroristas que demuestren la indefensión e impreparación de las estructuras estatales frente a amenazas exteriores o interiores, para así propiciar, en consecuencia el nacimiento de una sociedad más militarista, autoritaria y agresiva, también, curiosamente, al estilo del imperialismo japonés de los años 30.

¿Sueño? ¿Pesadilla? ¿Ilusión? Hace unos años, en los mismos 90, antes de esta crisis que va ya para una década, habría calificado a Patlabor 2 de agudo ejercicio intelectual con sólo una tenue relación con el futuro, mientras me empeñaba en defender la solidez de las instituciones democráticas. Sin embargo, en estos años iniciales del siglo XXI hemos visto como una superpotencia era incapaz de prever y evitar un ataque contra su propio territorio, actuando con una mezcla de impreparación, torpeza e impotencia que a demasiados ha hecho pensar en conspiraciones mundiales. Por otra parte, ese estado de emergencia ha llevado a progresivos recortes de las libertades y derechos, de forma que nos hemos acostumbrado a vivir, como los habitantes de Patlabor 2, en un ambiente de continua alerta y amaneza, en el que la guerra es una posibilidad más, sino la única. Por último, y en paralelo, hemos asistido a la disolución de las estructuras estatales, retornando a un mundo casi decimonónico, en la que la tentación de recurrir a la fuerza suministrada por organizaciones paraestatales comienza a ser irresistible tanto para quienes pretenden reformas como para quienes quieren bloquearlas.

Un mundo en definitiva donde paz y estabilidad comienzan a ser bienes escasos, privilegios que, como todo privilegio, deben defenderse con la coacción y la violencia. El mundo de Patlabor 2, en definitiva.