miércoles, 28 de mayo de 2014

From the Vault (VII): Boogiepop Phantom (2000)

Siguiendo con este rescate de mis escritos en el agonizante foro de cine cinexilio, unido a la revisión de mis entradas sobre anime en este blog que voy reuniendo en página aparte,le ha llegado el turno de Boogiepop Phantom, serie que para mí es una de las grandes, aunque le perjudicó su parecido aparente con otra de las grandes, Lain.

Vista ahora, catorce años tras su producción, no sólo marca el inicio de la edad de plata de Madhouse, sino que muestra lo diferente que era el marco narrativo y temático en el que se movía el anime. Boogiepop se propone como un análisis descarnado de la adolescencia, de los problemas que supone buscarse a uno mismo en una sociedad egoísta e impersonal, en la que la soledad del individuo es absoluta.

Ahí queda eso. Porque este modo de mirar era habitual en el pasado de esta escuela de animación, mientras que ahora es impensable.

Boogiepop Phantom
2000, 13 Episodios


Por qué tengo que vivir, si voy a morir de todos modos?

Hablar de Boogiepop Phantom es hablar de un estilo visual. La serie fue rodada en color, pero una vez terminada, se fueron aplicando filtros, más o menos intensos, hasta dotarla de una tonalidad verdosa y apagar completamente los colores. No sólo eso, se aplica también un efecto de desenfoque a las tomas, de forma que los bordes de la imagen se vieran peor que un círculo central, que crecía y disminuía según las escenas, e incluso ciertas partes de la imagen fueron sometidas al mismo proceso hasta el extremo de convertir el plano en algo ininteligible.

No estamos hablando de un formalismo al estilo Dogma. En el Dogma el grano visible, la falta de luz, el desenfoque y el desaliño no son más que un medio de hacer visible la cámara, de dejar bien claro que hay alguien rodando y que lo que vemos, en cierta manera, no es más que un producto del azar, de un algo que escapa al control del cineasta y lo reduce a un puesto nímio. Sin embargo, el azar no existe en el dibujo animado. En esa forma todo es producto de la mayor de las planificaciones, lo que hay es lo que se quiso que hubiera desde el principio, así que el desaliño visual de esta serie constituye un principio moral. No es un ejemplo de que la cámara existe y que su visión distorsiona la realidad, es en cambio una constatación de que la propia realidad en que vivimos esta descompuesta, de que se ha convertido en un remedo y una burla de lo que es, un reflejo sin substancia en el que pasean sombras que viven encarceladas en su interior sin posibilidad de huir.





Hablar de Boogiepop, es hablar de su música. O más bien de su inexistencia. Su partitura es por entero electrónica, pero no en el sentido "tecno" y "beat" de los tiempos que corren, sino en el sentido de la música concreta de los 60. En ella se utiliza el ruido, o mejor dicho la distorsión y descontextualización del ruido, como elemento dramático. Si desasogante era el estilo visual, no menos agobiante y turbador es el uso del ruido en la serie, no para asustar cuando se marca un susto al espectador o para resaltar un momento culminante, sino para mantener en constante desequilibrio al espectador. De esta manera, enfrentado a fragmentos de temas, a ruidos sin significados, es incapaz de encontrar un punto de apoyo, una guía que le oriente en el mundo de Boogiepop, y se encuentra tan perdido, tan acosado en su interior como los propios personajes.

No menos relevante, en este sentido, es el uso de la cita musical, pero nuevamente, con una intención perversa y desnaturalizadora, lo que se esperaría de un mundo en el que los puntos de referencia han sido derribados y olvidados. Así escucharemos canto gregoriano, con su promesa de eternidad, en el momento que uno de los personajes va a ofrecerse para ser asesinado, de la misma manera que escucharemos a Bach, tambin con su promesa de belleza y permanencia, un momento antes de que sendos personajes estén a punto de suicidarse. O como escucharemos música de otras culturas, tradicional y conservadora, pero pasada por el filtro de la postmodernidad, hasta convertirse en un remedo y una burla de sí misma, precisamente cuando se nos habla de que el hombre es prescindible y de que el siguiente paso evolutivo, al cual ya no pertenecermos, está próximo.

Hablar de Boogiepop, asmismo, es hablar de su estructura narrativa, de la multitud de hilos narrativos que, captulo tras capitulo, se enroscan los unos con los otros, trayendo al primer plano un detalle para escamotearlo a continuación casi inmediatamente. Mostrándonos apenas un aspecto pasajero de los personajes y de sus conflictos, resaltando retazos que no aclaran nada, no explican nada ni concluyen nada, a menos que su final sea la muerte o la locura del protagonista... o la amnesia, que no deja de ser una muerte en vida. Una serie, en fin, donde los protagonistas que se nos muestran al principio de cada capítulo no son ms que secundarios en una historia mayor, mientras que los secundarios se transforman en los protagonistas. Un mundo donde todo puede ser importante, pero donde nada lo es en definitiva.

Porque toda la serie es un inmenso rompecabezas, pero un rompecabezas del que no sabemos si tenemos todas las piezas o si  en realidad son varios rompecabezas mezclados que tendremos que separar antes de poder montarlos. Así, en fogonazos, en imágenes que sólo duran décimas de segundos, se nos ofrecen pistas, hechos que conectan con otros hechos, certezas que fundamentan otras certezas, pero que juntas no tienen ningún sentido. Estructura que no deja de ser un símil de este mundo moderno donde la información es rey, donde todo es fotografiado, grabado y transmitido al instante, como marchamo de veracidad, pero donde cada canal presentan una versión distinta, sin que sea posible averiguar si alguna es la verdadera.

Pero hablar de Boogiepop, es hablar ante todo de soledad. De jóvenes que, en vez de disfrutar de su juventud, no encuentran más que dolor y desesperación ante sí. De personas que inevitablemente se pierden y se destruyen, sin que a nadie le importe, sin que nadie mueva un dedo por evitarlo, sin que nadie quiera hacer algo por impedir que vuelva a ocurrir, ni siquiera los más allegados o cercanos, puesto que en esa sociedad ya no existen colectividades, aunque sea la familia mínima, sino individuos en lucha permanente los unos con los otros.

Hablamos de una cultura que presume de crear hombres libres, capaces de vivir con plenitud, pero que sólo produce esclavos, incapaces siquiera de arrastrarse. De una sociedad que ofrece todos los placeres, pero que acaba con todos los sueños. De un mundo que sólo ofrece paraísos artificiales, que inevitablemente acaban derrumbándose. De un sistema que sólo conoce falsas vías de escape, callejones sin salida, que no llevan a otra parte que no sea la locura y el suicidio.

Y hablar de Bogiepop, ante todo, es hablar del tiempo, pero del tiempo implacable que todo lo arrastra y todo lo cambia, ante el cual intentamos crearnos refugios que nos protejan a nosotros y a nuestros sueños, pero que, hagamos lo que hagamos, son finalmente arrastrados y destruidos por la corriente, la misma corriente que terminará con nosotros. Como descubren los pocos personajes que han sobrevivido al final de la serie, la única certeza que existe consiste en cambiar con el mundo, en olvidar los problemas y dejarlos atrás. No hay otra forma de solucionarlos, no hay otra forma de vivir. Muertos están los que se aferrran al pasado, porque los muertos son los únicos que pueden habitarlo.


Y es que al final, hablar de Boogiepop, es hablar de la memoria y los recuerdos. De la fragilidad de los mismos, de su inutilidad, de como nos forjamos recuerdos que son sólo mentiras agradables, substitutos de la agría realidad.