martes, 6 de mayo de 2014

Visitors and quotations

Jean Fouquet, Virgen con el Niño y ángeles
Desgraciadamente, este año las circunstancias me han llevado a acumular un fuerte retraso en mi programa de visitas a exposiciones, así que no se extrañen de que acabe comentándolas cuando ya han cerrado sus puertas o están a punto, como es el caso de las cuatro minimuestras que hasta el domingo pasado coincidían en el museo madrileño de El Prado.

La estrella sin discusión, aun colgada en ese museo, es el préstamo realizado por el Louvre de la Virgen con el Niño y ángeles de Jean Fouquet. Ese cuadro, como muchos del siglo XV, algunos en salas anejas, ha acabado en convertirse en uno de los favoritos incontestables de cualquier aficionado, en parte porque parece situarse fuera de su tiempo y de su ámbito estético, para alcanzar esa extraña región que no puede calificarse de otra forma que inmortalidad/atemporalidad.



El pintor francés Jean Fouquet es una excepción en el arte de su tiempo, ya que su obra, de inmensa calidad, se situa fuera de los dos focos, Flandes y Toscana, que estában transformado entonces la pintura tardogótica en la nueva sintesis renacentista. La tabla del Louvre prestada a El Prado es un ejemplo perfecto de las contradicciones y grandezas de este pintor, ya que mientras la anatomía de la modelo que representa a la virgen - supuestamente la amante del rey Carlos VIII - es imposible, dado su tinte ebúrneo, casi de estátua o la colocación y forma antinatural de los pechos, los detalles de su indumentaria son de un realismo sobrenatural casi irreproducible, incluso para los miniaturistas flamencos coetáneos.

Eso sin contar la pureza e intensidad, casi radical, de su paleta, que se atreve con una combinaciones y oposiciones  de colores que deberían esperar a la llegada de la vanguardia a finales del siglo XIX para ser repetidas y apreciadas

Ticiano, Ticio
Las restantes exposiciones son de calidad variable, pero no por ello menos interesantes. La de las Furias abarca un fenómeno que no pasa de ser una nota al pie en la historia de la pintura y que abarca poco más de un siglo. Se trata de la fijación de algunos pintores, Tiziano, los caravagistas holandeses, Ribera y la escuela Napolitana, por el tema de los condenados en el infierno de la mitología grecorromana, específicamente por la descripción naturalista de sus sufrimientos, que en el caso de algunos artistas llega al ridículo más absoluto, caso de Salvatore Rosa.

No obstante, y a pesar de este interés un tanto relativo de esta muestra, la exposición brilla por contar con varias obras maestras de Tiziano, Ribera y Rubens. En el caso de Tiziano podemos apreciar la diferencia entre su estilo medio, que hizo que las cortes Europeas se lo disputasen, frente a la compleja manera, incomprendida en su tiempo, de su estilo final, del que aún se discute si fue producto de la audacia del artista o de su decadencia física. El lienzo de Rubens, con colaboración de Teniers, es un ejemplo magnífico de la pirotécnia de ese artista, que a muchos disgusta y a mí me apasiona, mientras que los dos de Ribera, muestran que nadie, antes o después de él, ha sabido describir la piel humana, sus variaciones de tonalidad, sus defectos, como este artista valenciano afincado en Nápoles... y perteneciente, mal que nos pese a esa escuela pictórica.

Ribera Ticio



Única, por su contenido, es la sala dedicada a reconstruir la biblioteca del pintor cretense afincado en España, que llamamos El Greco. Los libros que poseía eran pocos, como era normal en esos tiempos, a pesar del aumento de la variedad de obras disponibles gracias a la imprenta. Si las bibliotecas privadas eran pequeñas, salvo excepciones muy señaladas, era debido tanto a que los libros seguían siendo un artículo de lujo, como a  los artistas y literatos se mudaban de domicilio con cierta frecuencia, con lo que sólo podían permitirse una bibliotéca que fuera fácilmente transportable.

Lo interesante de esta muestra, como pueden imaginarse, es la visión que permite de la mente de El Greco, cuya personalidad, como la de todos los artistas de ese tiempo, permanece oculta tras la sobriedad de los registros oficiales. Llama la atención que un pintor eminentemente religioso apenas contase con obras de devoción, superadas en número por los volúmenes de historiadores clásicos. Es también curioso que el Greco contase con casi todas las obras de arquitectura disponibles en su tiempo - Vitrubio, Serlio, Palladio -, en principio un tanto lejanas de su práctica artística, y que las comentase profusamente, como si fuera un profesional de la arquitectura. Por otra parte, la única obra completamente de pintura que poseía eran  Las Vidas de Vasari, también llenas de anotaciones, en este caso para defender a ultranza a la pintura veneciana - Tiziano y Tintoreto - frente a los modelos del Alto Renacimiento - Miguel Ángel y Rafael.



El Greco, manuscrito anotado
Para terminar, queda la restaruación de los bocetos que realizó Rubéns para una serie de tapices con el tema de la defensa de la Iglesia católica, la eucaristía y la religión verdadera. Ya les he dicho anteriormente cuanto apreció el uso desmedido del material pirotécnico que caracteriza a este pintor y, en este sentido, debo confesarles que las obras opuesta no defraudan. Cada una de ellas es un auténtico castillo de naipes en el que la exageración sin limites amenaza con derrumbarlo en cualquier momento, algo que no ocurre así gracias al genio de Rubens, capaz de triunfar en auténticos imposibles... y a las pruebas me remito, como muestra este triunfo de la religión verdadera que aplasta a su paso a todos los herejes, entre ellos un Lutero y un Calvino perfectamente reconocibles.


Rubens, Derrota de la herejía