viernes, 16 de mayo de 2014

In Homage















Hace unos meses falleció en Nueva York el animador independiente Michael Sporn. Completamente desconocido para el gran público, me temo que demasiados de los aficionados a la animación sólo le conocíamos por su blog, fuente inagotable de referencias sobre la animación mundial (y el cómic y la ilustración) además de guía más que necesaria para todos aquellos que buscábamos adentrarnos en esta terra incognita cinematográfica que es la animación 2D.

Sporn era un proponente y defensor de la animación 2D al modo clásico, entendida como aquélla que utiliza la línea y el color para dotar de expresividad a las historias que intenta adaptar en imágenes. En ese proceso de ilustración el uso de cualquier tipo de influencias artísticas esta permitido, así que una buena parte del proceso de animación consiste en una revisión de la historia del arte, para buscar ese estilo, esa manera que mejor se adapte al material narrativo elegido. En ese sentido, el modo de hacer animación de Sporn no puede ser más opuesto que la manera Disney (tm), ya que esta persigue crear modelos reconocibles y comercializables que luego se repliquen de manera casi mecánica una y otra vez en obras sucesivas, eliminando en el proceso cualquier tipo de huellas que denoten la personalidad u originalidad de un artista. Se trata, por tanto, de hacer dinero, no de creación artística.

Estos fundamentos estéticos - llamémoslos así, a falta de un apelativo mejor - los aprendió Sporn de su trabajo en el estudio de los esposos Hubley, John y Faith. De ambos ya he hablado largo y tendido en otras ocasiones, pero baste señalar aquí que John fue uno de los responsables de la revolución UPA en la animación americana de la década de los cincuenta, de manera que durante toda su carrera en esa productora y luego en solitario, procuró introducir los modos de la modernidad artística del siglo XX en el arte de la animación. Esa revolución, como saben, se tornó duradera, y la animación quedó desde entonces dividida en sus formas independiente/experimental opuesta a la comercial de los grandes estudios, que desgraciadamente parece ser la única que conocen público y crítica.

La suerte de Michael Sporn es que consiguió mantenerse fiel a esos principios durante toda su carrera, fundando un estudio que con mayor o menor frecuencia, con mayor o menor fortuna, se las arreglo para producir una larga serie de cortos animados, interrumpida sólo por su muerte, justo cuando se iba a embarcar en una adaptación de Edgar Allan Poe. El mayor logro de este animador es por tanto, que con su mera presencia demostró que era posible una animación alejada de los duras restricciones estéticas impuestas por los grandes estudios, además de señalar una y otra vez que la llegada del ordenador no debía  suponer un empobrecimiento de las posibilidades a disposición del animador, como así ha ocurrido en demasiadas ocasiones. Su estudio se erigió así en una escuela donde otros animadores neoyorquinos consiguieron formarse o al menos tenerlo como ejemplo de lo que podía conseguirse si se tenía voluntad.

No obstante, no todo eran luces en su obra. Por razones obvias, la mayor parte de su producción estaba destinada al público infantil, perpetuando ese prejuicio del que animación no logra librase, aunque ya se sabe que para un artista, un auténtico artista, no hay trabajos mayores o menores. Otro problema es que sus obras suelen ser de 20/30 minutos de duración, lo que fuerza, se quiera o no, a que la animación tenga que adoptar los modos de la animación limitada y sólo en ocasiones llegue a ser completa, evitando así la brillantez que podría alcanzarse en un corto de siete minutos y años de trabajo.

Por ese motivo, sus obras no llegan a ser tan redondas como cabría esperarse. Aún así de lo que he visto pueden extraerse algunas obras aisladas realmente notables como el Abel's Island que he ilustrado al principio, la vigorosa adaptación de The Hunting of the Snark de Lewis Carroll, los alegatos antirracistas o simplemente antidiscriminación como Whitewash o Champagne, o la mágica e inspiradora The Man who Walked between the Two Towers. En definitiva, un artista a mantener en el recuerdo, quizás no tanto por su obra como por su labor de difusión y documentación del arte de la animación.

Por último, me hubiera gustado incluir algún corto suyo, pero desgraciadamente, no están disponibles, por razones obvias.