sábado, 18 de junio de 2011

Otherness


Para un español, nacido en el extremo de Europa, la historia de Europa del Este es tan lejana, exótica y desconocida como lo pueda ser la del extremo oriente, excepto cuando algún hecho histórico de rango europeo, como las campañas napoleónicas o la segunda guerra mundial, provocaba repercusiones que afectaban a todo el continente.

Recuerdo, siendo aún muy joven, apenas quince o dieciséis años, cuando me aficioné a esto de la historia lo sorprendente y fascinante que fue para mí descubrir la intrincada historia de esos países tan lejanos de nuestro estrecho círculo de guerras y alianzas. Polonia se mostraba como un país en la frontera de la civilización occidental, como España, uno de esos baluartes que impedían que los bárbaros se adentrasen en el núcleo central de Occidente, y que por esa misma razón, habían sido arrasados una y otra vez por esos enemigos exteriores... y por aquellos mismos estados europeos a los que habían protegido y que los consideraban como estados de segunda, contaminados por el contacto directo con los otros, los invasores que vagaban fuera de las fronteras poco definidas y siempre en movimiento de Europa.

Una historia, que como digo, se me rebelaba como inesperada, insospechada, puesto que esa Polonia que había sido históricamente el límite a la expansión alemana, capaz de aplastar a los caballeros Teutónicos, afincados en Prusia Oriental, en la batalla de Tannenberg en el siglo XV, había sido también uno de los estados más extensos de Europa, que al unirse dinásticamente con el ducado de Lituania, no sólo abarcaba el territorio de la república báltica actual, sino Bielorrusia entera y la mitad de Ucrania, incluida Kiev. De hecho a finales del siglo XVI, muerto Ivan IV el terrible, los polacos habían llegado a ocupar Moscú, erigido y depuesto zares a su antojo, teniendo que abandonar su pretensiones ante la resistencia popular.

Más tarde, a finales del XVIII, Polonia sería desmembrada entre Prusia, Rusia y Austria y no recuperaría su independencia hasta después de la primera guerra mundial, pero antes habría de vivir más de un momento de gloria, como sería la batalla de Kahlenberg, en el que un ejercito multinacional al mando del rey polaco Jan Sobieski, derrotaría a los turcos en la batalla de Kahlenberg, a las afueras de Viena, levantando el asedio en el cual la ciudad había estado a punto de sucumbir. Un dato histórico sobre el que vale la pena meditar un instante, puesto que durante casi siglo y medio, tras la caída del reíno Húngaro, la frontera entre occidente y el Imperio Turco, estuvo a unas pocas decenas de kilómetros de Viena, y los emperadores austriacos tuvieron que pagar un pesado tributo para no ser aplastados como tantos otros estados en los dos siglos anteriores, de Bizancio a Hungría.

Una frontera, con el imperio Otomano que también tenía el reíno de Polonia, vía los principados de Moldavia y Valaquia, inestable y peligrosa, con alternantes victorias y derrotas de cada bando, y a través de la cual se filtraban influencias, que durante ese siglo y medio, provocaron que Polonia fuera pareciendo cada vez más oriental, y por tanto más extraña y despreciable, más indistinguibles de los otros, en definitiva, para los estados que formaban el núcleo duro de occidente.

Todos estos detalles como digo, no me eran desconocidos. Lo que no tenía en la cabeza, la imagen mental digo, es el aspecto de esas personas que habían participado en los hechos narrados en los libros de historia. Tan lejos y tan inaccesibles como esos países era su arte, esas representaciones pictóricas que nos hacen familiares los ambientes del pasado, creando la falsa ilusión de que podríamos caminar entre esos muertos olvidados allí representados. Por ello, hace unos meses, incluso alguien tan desanimado, desengañado y amargado como yo, no pudo evitar quedarse con la boca abierta al descubrir como entraban vestidos al combate los húsares de Jan Sobieski.

Tal y como pueden ver en la ilustración que encabeza esta entrada, lo que les valió el nombre de Húsares Alados, y aún hoy cuando esa imagen ya ha perdido parte del impacto inicial, no puedo evitar pensar en lo que sería ver una carga de esos soldados en pleno campo de batalla y la impresión que deberían causar en el enemigo que debiera aguantar su embate. Y es que la historia, por mucho que se quiera, nunca deja de sorprender a aquel que quiere adentrarse en ella.

¿Y a qué viene este rollo? Pues simplemente que si van al Palacio Real de Madrid, podrán disfrutar de una magnífica exposición sobre la Polonia de los siglos XIV al XVIII, desde que ese estado tras la unión con Lituania ascendió al rango de potencia europea, hasta ser aplastado por su vecinos, ansiosos por retirar cualquier obstáculo que les impidiese luchar directamente, como demostrarían las dos guerras mundiales del XX.

Una exposición que sólo tiene un pero, los 10 Euros que cuesta la entrada, pero es que ya saben, en tiempo de crisis hay que gravar todo lo imprescindible, sea material o espiritual.