jueves, 16 de junio de 2011

Seeking God


De todos es conocido como Stanislav Lem, el escritor de Solaris, aborrecía la adaptación cinematográfica realizada por Andrei Tarkovski, lo cual si se analiza fríamente es completamente comprensible.

Como es sabido la novela de Lem es profundamente cerebral, perteneciente a la rama más egregia de la ciencia ficción, la dura, que se propone el análisis lógico y científico de los cambios sociales, técnicos y culturales que puede depararnos el futuro. Sin embargo, y de forma paradójica, esta novela de ciencia ficción está escrita por un autor que confiesa esencialmente escéptico frente a la ciencia y frente a la divinidad. Frente a la ciencia, porque el momento futuro que se nos describe es aquel en que la práctica científica ha encontrado un objeto que se muestra refractario a su estudio, ese planeta Solaris que se supone animado por una consciencia global, pero ante el que han fracasado todos los intentos de análisis y comunicación. Frente a Dios, porque en el momento que esa comunicación se obra y el planeta Solaris acaba asemejándose a la idea que podría tener la humanidad de un ser trascendente, se descubre que esa inteligencia superior está más cerca de la de un niño de diez años que la de un ser todopoderoso, y que en realidad lo único que ha hecho es jugar con los humanos de la estación espacial en órbita a su alrededor.

O al menos así recuerdo la novela, que hace ya algunos años que no lo recuerdo.

Tarkovski, por el contrario, era una personalidad esencialmente mística, extraño producto para una nación comunista, pero no para la idea que tenemos en Occidente de la Santa Rusia. Aunque sería difícil atribuirle una adscripción a una fe, si que es cierto que al menos era deísta, y creía en algún tipo de ser superior, acompañada por la trascendencia del ser humano tras la muerte. Estas creencias básicas suponen que el enfoque que recibe un tema común, extrañamente fiel a la novela de Lem aunque con no menores diferencias abismales, sea completamente opuesto.

La película de Tarkovski, durante la mayor parte de su metraje se articula como una meditación sobre la memoria, sobre aquellos recuerdos que definen nuestra personalidad, expresada por los largos planos meditativos del cosmonauta a punto de partir en una misión a Solaris, y que intenta grabar en su memoria hasta el mínimo detalle de su hogar, las personas y los objetos que le acompañan; para luego continuar con la aceptación de la réplica que Solaris crea de su mujer muerta, a la cual termina por considerar como la auténtica resurrección del ser perdido, al ir paulatinamente poco a poco siendo incapaz de distinguir lo que ve ante él, de lo que recuerda.

En paralelo, y resulta difícil darse cuenta de ello en un primer visionado, Tarkovski (y Lem en cierta manera) nos insinúa que esas réplicas de los recuerdos más queridos de los cosmonáutas no son sino un medio que tiene esa inteligencia extraterrena para comprender a las criaturas que le están estudiando y de las cuales repentinamente ha percibido su presencia, por una insubordinación de los científicos a cargo del proyecto, hartos de no obtener resultados. Un camino de conocimiento, magníficamente ilustrado por Tarkovsi, al mostrarnos a la Hari enviada por Solaris, examinando detenidamente los cuadros de la biblioteca de la estación (inquietante paradoja, la de una biblioteca de las antiguas en medio de la técnica más avanzada), es decir, aprendiendo a sentir y a emocionarse con eso que los humanos llaman arte, y que tan importante parece ser para ellos.


Y es en este momento donde las referencias cristianas, que por su omnipresencia en la cultura occidental son utilizadas hasta por los ateos, se hacen patentes. Porque Hari, ese enviado de la divinidad tiene que morir para que Kris encuentre su redención, una redención que pasa por un descenso a los infiernos, en el cual encuentra a su propia madre rediviva, que le sana y calma (y de cuya presencia un aguamanil olvidado en la estación nos hará darnos cuenta de que no fue un sueño), para un culminar en una vuelta al paraíso, en su hogar recreado por Solaris sobre la superficie del planeta, en donde se topara con Dios encarnado en la figura de su padre, y frente al cual se arrodillará.

Momento en que la película termina, puesto que todo ha sido completado y a nada más se puede aspirar, frente a la desesperación y la soledad absoluta con la que concluye la novela de Lem.