miércoles, 8 de junio de 2011

Vertigo


Hay ahora mismo abierta, en el Museo Arqueológico Nacional (o lo que queda de él), una exposición que me va a hacer romper mi inveterada costumbre de no comentar las exposiciones hasta que están a punto de cerrar. Se trata, por supuesto, de la muestra Retratos del Fayyum, esas extrañas pinturas de difuntos encontradas sobre las momias egipcias de época romana, extraña resurrección de otra que no pudo ser en el Museo del Prado. Una exposición más que esperada y que, sin embargo, no ha provocado ninguna aglomeración descomunal, propia de esas exposiciones del siglo, que se anuncian en todos los medios.

Como digo, nada más que unos cuantos curiosos y despistados, lo cual es mucho mejor ya que permite disfrutar de estos hallazgos excepcionales de la arqueología, de estas obras maestras del arte en completa tranquilidad y silencio, como merecen y deben serlo.

Antes de comenzar con mis divagaciones habituales, debo decirles que hay expertos y eruditos que les pueden contar mucho más y mejor sobre estos retratos encontrados en la región egipcia de El Fayyum. de hecho lo que deberían hacer Uds. los pocos lectores de este blog es abandonar esta entrada inmediatamente y dirigirse al web de J.E. Berger, World Art Treasures, concretamente al área dedicada exclusivamente a estos retratos. Allí encontrarán todo lo que deseen saber y mucho más.

Lo único que yo les puedo decir (y es una pena que esta exposición me halla pillado ya, viejo y desengañado) es la doble impresión de extrañeza y eternidad que estos retratos producen en el espectador. Extrañeza porque no tenemos otras imágenes más poderosas que nos haya legado la antigüedad, unos retratos en los que personas completamente normales, no reyes, ni héroes, ni generales, nos miran directamente a los ojos, como si fueran nuestra propia imagen, reflejada en un espejo. De ahí la sensación de eternidad, puesto que por un instante, puede parecer que los siglos han sido abolidos y que nada, absolutamente nada, nos separa de esas gentes, a las cuales contemplamos en su propia carne aún viva.

Pero... ¿es eso cierto?

Como sabe cualquiera que se haya tomado el trabajo de rebuscar en la historia de la antigüedad grecorromana sabe que bajo la lista de emperadores, reyes, guerras y batallas, se oculta un inmenso vacío. Mejor dicho, un inmenso corpus de conocimientos parciales, muchos inconexos y con inmensas lagunas. De hecho, nada hay más difícil que imaginar qué podrían pensar, qué nos podrían decir, esas personas que  nos parecen tan vivas, tan presentes, en los retratos.

Unas personas que, de hecho, pertenecen a una élite, las únicas capaces de pagarse los costosos ritos de embalsamamiento, decoración y enterramiento. Una élite extranjera, medio griega, medio romana, vestida con ropas distintas a las del campesino egipcio y hablando también probablemente una lengua distinta, ya fuera griego o latín, no el copto que aún sobrevive en el Egipto actual. Unas personas que, no obstante, vivían en una cultura hibrida, donde los conceptos egipcios y los conceptos grecorromanos se habían mezclado, fusionado y disuelto en compuestos inesperados y sorprendentes, que aún no somos capaces de comprender enteramente, como demuestra esta asociación de retratos romanos, con su intento de representar al difunto, al antepasado tal y como era, con los ritos egipcios de preservación del cuerpo para la eternidad.

Unos objetos, en fin, que no sabemos muy como eran creados y utilizados antes de ser depositados en la sepultura, puesto que hay huellas de que estos retratos, antes de ser integrados en las momias, estuvieron colgados en alguna parte, a la vista de todos, y que fueron manipulados y modificados antes de ser añadidos al envoltorio funerario. Incluso, hay huellas de que las mismas momias fueron expuestas antes de ser enterradas y que en algún momento, todos esos despojos, conjuntos englobando varias generaciones, fueron retirados y enterrados juntos, quizás por algún cambio en la moda funeraria.

Pistas sorprendentes, que aumentan el misterio de esos retratos de un realismo y una proximidad inusitadas, y que nos demuestran cuan poco sabemos de esa gente, por muy cercanos y familiares que nos parezcan.